GANO BIDEN. PERDIÓ TRUMP. ¿QUE SIGNIFICA ESTO PARA CHILE?
Noviembre 10, 2020 Por Antonio Ramírez – Doble Clik Finalmente se resolvió la larga agonía de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Biden es el nuevo presidente de la potencia del norte de América. Sin embargo, tras el resultado de estas elecciones se aprecian situaciones que requieren de la atención de todo el mundo democrático, …

Noviembre 10, 2020 Por Antonio Ramírez – Doble Clik

Finalmente se resolvió la larga agonía de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Biden es el nuevo presidente de la potencia del norte de América.

Sin embargo, tras el resultado de estas elecciones se aprecian situaciones que requieren de la atención de todo el mundo democrático, progresista y, por sobre todo, de los amantes de la Paz.

El lector se preguntará ¿Por qué tantas palabras altisonantes? Las elecciones fueron en Estados Unidos, ¿por qué debería preocuparnos un tema que debe ser resuelto por los propios ciudadanos de ese país? ¿Y qué tiene que ver todo esto con la Paz en el mundo? Y, finalmente, ¿de qué manera esto podría afectarnos a los chilenos? Los resultados electorales en Estados Unidos han puesto en evidencia la existencia de una sociedad profundamente dividida (suena conocido ¿no?), fracturada por la precariedad económica en que vive parte importante de la población, así como por una sensación de injusticia y fraude, alimentados por un periodismo servil a sus dueños y medios de comunicación “vendedores” de una realidad desconocida para la mayoría de los ciudadanos. Todo ello agravado por el deterioro de las condiciones laborales, que ya se arrastraba desde la época de Obama; un sistema de salud que ha hecho de los Estados Unidos el país más afectado por la Pandemia; un sistema educacional público de dudosa calidad y, finalmente, una economía cada vez más dependiente de un sistema de comercio global, donde la posición hegemónica norteamericana hace ya tiempo viene cediendo posiciones a China, la Unión Europea y Japón.

El New York Times destacaba hace unos días que, “Como sea que quede la votación final, ya quedó claro que la cantidad de estadounidenses que dicen ‘ya es suficiente’ no fue suficiente” y, agrega, “No hubo una ola política azul”, refiriéndose al color asignado al Partido Demócrata. “Pero, lo que es más importante, no hubo una ola moral. No hubo un rechazo generalizado del tipo de liderazgo que nos divide, especialmente durante una pandemia”. Estados Unidos se ve inmerso así entre los países con regímenes políticos caracterizados por una profunda ruptura política, con divisiones marcadas por la contraposición de posiciones entre “los de este lado”, y “los otros”. Baste referirnos a los contenidos y descalificaciones que caracterizaron la campaña política norteamericana.

Estamos lejos de afirmar que la polarización sea un tema nuevo. Los países latinoamericanos, particularmente el nuestro, conocemos bien de la forma en que se manifiestan estos extremos. Desde la prensa oficial se subraya que este tipo de antagonismos siempre ha existido, y que el contraste de ideas y propuestas es parte inmanente de la democracia. Pero, hoy la novedad radica en que, por lo menos hasta ahora, este nivel de polarización, con situaciones de gran disfuncionalidad gubernamental y política, nunca habían sido apreciadas en la principal potencia del mundo occidental.

Como sardónicamente se ha destacado en las redes sociales, si la polarización que hoy muestra Estados Unidos se hubiera registrado en cualquier otro país, que contara con la presencia de una embajada norteamericana, sería casi inevitable esperar un golpe de estado. Y de eso los chilenos, así como los demás países de la región, sabemos bastante.

La raíz de esta situación no radica, sin embargo, en la colorida (el lector puede agregar todos los epítetos que estime conveniente) personalidad de Trump. Por el contrario, la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos fue el resultado de un antagonismo cada vez más creciente entre los sectores “pro industria” y aquellos que apoyan un modelo neoliberal, de economía abierta sin limitaciones, y con claro predominio de los bancos y del sistema financiero (que conocido ¿no?). Los primeros veían reducir sus condiciones de competencia ante un mercado global (no solo Chile), donde la “competitividad” y la “eficiencia” están marcados por la búsqueda de factor trabajo de bajo costo, políticas tributarias pro inversión extranjera y mínimas expresiones de defensa de los derechos de los trabajadores.

Los segundos, por su parte, ligados al llamado “Capital Financiero” fortalecen sus posiciones a costa del deterioro de los sectores productivos de las economías de sus países, fundamentalmente de los sectores productores de bienes. Su principal instrumento movilizador son los Tratados de Libre Comercio, como generadores de una normativa supranacional que supedita los intereses de la producción local a su capacidad de competir con competidores de otras latitudes.

El triunfo de Trump sobre Hillary Clinton fue el corolario de esta disputa, abriendo espacio para que los sectores “pro industria” impusieran sus criterios en contra de la política internacional de libre comercio, y a favor de proteger sectores claves para la producción industrial manufacturera. Esto derivó en la renegociación del NAFTA y en el retiro de Estados Unidos del Acuerdo TPP (TransPacific Partnership). El ansia por modificar las reglas por ellos mismos creadas, llevaron al gobierno de los Estados Unidos a poner en entredicho al sistema global de comercio, resultante de las arduas negociaciones Post 2-da Guerra Mundial.

El cambio de las reglas del juego, por parte de uno de sus principales actores, derivó rápidamente en el deterioro del clima político-comercial global y, particularmente en las relaciones de EEUU con China, país al que hace ya años se definió como el principal enemigo norteamericano, tras la desaparición de la URSS. Ya el año 2012, el National Intelligence Council del gobierno norteamericano definía que “La difusión del poder entre países tendrá un efecto impacto dramático para 2030. Asia habrá superado América del Norte y Europa combinados en términos de poder global, basado en el PIB, el tamaño de la población, gasto militar e inversión tecnológica. China sola probablemente tendrá la economía más grande, superando al de los Estados Unidos unos años antes 2030 .

La nueva política adoptada por el gobierno de Trump facilitó la generación de un rebrote de la crisis económica mundial iniciada en el sector inmobiliario norteamericano, y con profundas repercusiones en Europa y más tarde en América Latina. Nuestros países se encontraban bajo estos efectos cuando estalla una guerra comercial entre EEUU y China, seguida por una Pandemia global, con severas consecuencias para la organización de los procesos globales de producción, así como el reordenamiento de los principales centros de producción mundial. Apabullado por el poderío económico de una China cada vez más gravitante, el gobierno norteamericano presiona a sus empresas a abandonar el mercado asiático y redireccionar sus centros de producción hacia otras latitudes.

Todo ello con un fuerte daño a la política neoliberal de un libre comercio dominado por las grandes corporaciones multinacionales, e incrementando de manera sustantiva los niveles de inseguridad para los flujos financieros y, por ende, el descontento del sector de la economía y la política norteamericanos derrotados por Trump.

La política implementada por Trump y su gobierno arrojaron determinados resultados, beneficiosos para los sectores pro industria: numerosas empresas retornaron sus capacidades productivas a territorio norteamericano, con el consiguiente positivo efecto en la generación de empleo y el incremento de PIB. El trabajador promedio percibía mayor seguridad en sus empleos y, chauvinismo nacionalista mediante, se sentía más protegido del mercado abierto que impusiera la concepción neoliberal. Todo ello acompañado de un lenguaje vulgar, prepotente y guerrerista, de un presidente que llamaba a recuperar la grandeza norteamericana.

Hasta que llegó la Pandemia, desnudando la capacidad del sistema para proteger a la ciudadanía de una enfermedad que fue cobrando víctimas hasta poner al país a la cabeza de los más afectados. Y mostrando la irresponsabilidad de sus dirigentes, preocupados solo de proteger sus propios intereses. La manipulación de los medios de comunicación poco y nada podía hacer contra redes sociales cada vez más en rebeldía, y una ciudadanía que aprovechó esta vía para manifestar y organizar su descontento. En este escenario, Biden logra agrupar la voluntad ciudadana en contra de un Trump cada vez más despreciado por una parte importante de la población. Los resultados son ya conocidos.Tras el triunfo de Biden la población celebra. Sin embargo, es una celebración a medias, por cuanto el país se encuentra quebrado en dos. En el plano externo, su triunfo pareciera dar un respiro, aunque sea temporal, al ya recalentado escenario internacional

Sin embargo, es preciso tener claro que con Biden ha triunfado el retorno al sistema neoliberal en Estado Unidos, al predominio del capital financiero y las concepciones vinculadas a los Tratados de Libre Comercio.

Este retorno necesariamente se hará sentir en nuestras economías en un plazo breve. Por lo pronto, cabría esperar para los próximos meses el retorno de Estados Unidos al TPP y a la preconización de los beneficios del modelo neoliberal y un mayor apoyo a este modelo en América Latina. Para Chile, cabe esperar que, asumido el nuevo presidente norteamericano, se reponga al embajador de ese país en nuestro país, ausente hace ya más de 2 años, y con ello se restablezca el apoyo a la defensa del modelo neoliberal en Chile, con los consiguientes efectos sobre el proceso constituyente.

GENTILEZA DE DOBLE CLIK