¿QUÉ VIOLENCIA CONDENAMOS HOY?
Por: Trinidad Poblete | Publicado: 08.02.2021 – El Desconcierto Los llamados genéricos a condenar la violencia no sirven de nada si no se detiene el aparato de brutalidad policial primero, pues de lo contrario la pregunta eterna de qué es lo que condenamos va a seguir costándonos vidas y al Estado de Derecho mismo. Hoy …

Por: Trinidad Poblete | Publicado: 08.02.2021 – El Desconcierto

Los llamados genéricos a condenar la violencia no sirven de nada si no se detiene el aparato de brutalidad policial primero, pues de lo contrario la pregunta eterna de qué es lo que condenamos va a seguir costándonos vidas y al Estado de Derecho mismo. Hoy pareciera que esa herida sólo la ven quienes están en el poder cuando algo arde. Y esa, justamente, no es la forma.

Cuando nadie se lo esperaba, el pasado viernes en la tarde circuló un vídeo donde se muestra a un carabinero con su arma de servicio y en posición de tiro frente a un malabarista, el artista callejero Francisco Martínez. La grabación termina con el ciudadano en el piso, retorciéndose. Supimos después que esto se trataba de un control policial; particularmente, de la negativa a un control de detención en la ciudad de Panguipulli, el que terminó con un ciudadano muerto.

El video muestra que la desproporcionalidad del actuar de Carabineros es evidente; siendo al menos el doble en número, uno de ellos decidió que era el momento de disparar por lo menos 4 veces contra el malabarista. Algunos dirán que éste estaba armado, aunque ello reflejaría una ignorancia absoluta, al estarse comparando instrumentos de utilería, parecidos a machetes con armas de fuego. Peor aún, ciertas personas hicieron circular el supuesto prontuario de la víctima para apoyar el actuar de Carabineros. El “prontuario” terminó siendo falso, pero incluso si no lo hubiera sido la lógica macabra de quienes lo difundieron es que, ante la posible y eventual condición de ser un infractor de ley, los disparos son un resultado factible frente a un control de detención. Insostenible.

La muerte del artista callejero a manos de la policía provocó una serie de disturbios en Panguipulli y ante estos el discurso oficial sí fue categórico: debe condenarse la violencia porque es intolerable que se quemen edificios públicos como forma de manifestación. Las palabras oficiales para referirse a la proporcionalidad, objetividad y profesionalismo con el que deben actuar las fuerzas policiales (cuando lo ocurrido tenía justamente que ver con este punto) no existieron o fueron del todo acalladas por aquellas referidas a los límites aceptables de las manifestaciones y aquello que los supera. De una manera bastante burda, lo expresó el mismo subsecretario del Interior, quien se molestó con la prensa que le seguía preguntando por la víctima. Él venía a hablar de otra cosa y quería dejarlo claro. El límite de todo reclamo, al igual que durante el estallido social, sería “excederse” en la forma de manifestación, anulando automáticamente la posibilidad de seguir conversando. No es la forma, así que no trataremos el fondo.

Cuesta ver sin un nudo en la garganta cómo autoridades y candidatos de toda especie hablan de heridas sin sanar de los chilenos y que nuestro principal deber es recuperar las confianzas. Como si se tratara de un mal sueño del que sólo bastara despertar para confiar nuevamente en las instituciones, en particular Carabineros de Chile, a la que ya nadie llama por su nombre. La sugerencia para lograrlo es condenar la violencia “venga de donde venga”, pero sin mencionar siquiera la posibilidad que la brutalidad policial sea una forma de violencia desmedida también. Y es que si algo no han logrado entender ni el gobierno ni la oposición –a pesar de numerosos informes internacionales sobre derechos humanos y todo el tiempo transcurrido desde el 18 de octubre de 2019– es que detrás de manifestaciones como las de Panguipulli no hay organización alguna, sino rabia ante lo que se considera injusto. Cuando se amenaza con aplicar más fuerza en la represión, o se trata de ordenar el asunto con el paternalismo propio de nuestra clase política, de quitarle dramatismo al asunto, sólo se apaga el incendio con más bencina. A estas alturas, la masa enardecida no discierne ni discrimina.

Los llamados genéricos a condenar la violencia no sirven de nada si no se detiene el aparato de brutalidad policial primero, pues de lo contrario la pregunta eterna de qué es lo que condenamos va a seguir costándonos vidas y al Estado de Derecho mismo. Hoy pareciera que esa herida sólo la ven quienes están en el poder cuando algo arde. Y esa, justamente, no es la forma.

Trinidad Poblete - Abogada. Coordinadora de Recursos en Momento Constituyente.

GENTILEZA DEL DESCONCIERTO