“IDEOLOGÍA DE GÉNERO” Y DISCURSO DEL ODIO
Fernando García – 21 de febrero 2021 – Colaborador de UTE-NOTICIAS En los últimos días, la Policía de Investigaciones daba cuenta que había identificado al autor de un video juego que incitaba a asesinar a Daniela Vega, Rafael Cavada, el colectivo Las Tesis, integrantes de la “primera línea”, el perro “negro matapacos”, entre otros. Según …

Fernando García – 21 de febrero 2021 – Colaborador de UTE-NOTICIAS

En los últimos días, la Policía de Investigaciones daba cuenta que había identificado al autor de un video juego que incitaba a asesinar a Daniela Vega, Rafael Cavada, el colectivo Las Tesis, integrantes de la “primera línea”, el perro “negro matapacos”, entre otros.

Según cita la prensa “El autor reconoció estar en contra de la “ideología de género” (las comillas son nuestras) y de la postura política del comunicador”.

Crímenes bestiales por la postura política tuvimos durante los 17 años de dictadura, sin perjuicio que antes ya habíamos tenido experiencias horrorosas, como las masacres de la Escuela Santa María o Ranquil, por recordar sólo las más masivas. En los últimos años hemos tomado conciencia del asesinato de numerosas personas por su condición sexual, siendo el de Daniel Zamudio probablemente el más conocido, y sin lugar a dudas uno de los más deleznables cometidos en por esa razón en nuestro país.

Es precisamente esta realidad la que nos obliga a preguntarnos ¿Qué puede hacer que desconocidos torturen y asesinen a alguien por su condición política o sexual?

Por supuesto que para cada caso en particular pueden ser múltiples los factores significativos que se asocian a la preparación y desencadenamiento de cada delito, pero como fenómeno social hay un elemento común, la existencia de un “discurso del odio”, esto es, un contenido que manifiesta hostilidad, repugnancia, desprecio hacia un determinado colectivo, a cuyos integrantes no les reconoce igual condición humana, igual dignidad, frente a los cuales se siente claramente superior. El discurso del odio estigmatiza y denigra. Sus víctimas no lo son por ser determinadas personas, sino simplemente por pertenecer a un colectivo determinado (transexuales, homosexuales, inmigrantes, judíos, comunistas, etc…). En ese discurso la víctima es absolutamente intercambiable, basta que pertenezca al colectivo agredido.

Dicho discurso puede poseer motivaciones diversas.

Defendiendo los intereses del imperialismo norteamericano y de la oligarquía nacional, el principal discurso del odio difundido por la dictadura cívico militar encabezada por Pinochet fue el anticomunismo, que en esa época tomaba la forma de Doctrina de la Seguridad Nacional. Elaborada - ¡cómo no! - en los Estados Unidos, como consecuencia del exitoso movimiento guerrillero que llevó a Fidel Castro al poder, su principal postulado señalaba que las democracias occidentales estaban amenazadas no sólo por los enemigos externos, sino también por un “enemigo interno”, al que los militares debían exterminar.

Contra las personas transgéneros, -el caso de Daniela Vega-, homosexuales –el caso emblemático de Daniel Zamudio, y en general, contra todos quienes participan de la diversidad sexual, y/o manifiesten postulados feministas, el principal discurso del odio es la “ideología de género”.

Y aclaremos de inmediato lo señalado.

Durante siglos, sexo y género se entendieron prácticamente como sinónimos. Durante la segunda mitad del siglo XX, sin embargo, y desde diferentes disciplinas científicas, especialmente historia, antropología, sociología y psicología, se fue poniendo de manifiesto la existencia de una realidad social que se manifestaba en todos los ámbitos, laboral, político, económico, educacional, familiar, sexual, entre otros y que constituía una desigualdad brutal contra las mujeres. A partir de esta realidad, y de diferentes discursos filosóficos y políticos que la denuncian, se van perfilando conceptos que permiten, desde una perspectiva científica, comprender mejor esa situación, y, sobre todo, luchar por cambiarla por una sociedad igualitaria. Esta es precisamente la idea central de todo “feminismo”.

Es así, como sexo y género van diferenciándose, refiriéndose el primero en lo esencial a las características y diferencias biológicas, anatómicas y fisiológicas que distinguen a un hombre de una mujer, y el género, también en lo esencial, al conjunto de ideas, creencias y atribuciones que una cultura determinada y en momento histórico preciso posee sobre los roles propios de hombres y mujeres. Así, por ejemplo, es un tema de género –y no de sexo- el menor sueldo que en nuestro país reciben las mujeres frente a los hombres, aun cuando realicen el mismo trabajo, o el muy diferente rol que se les exige en relación con el cuidado de los niños o las labores domésticas. Por su parte, el enfoque o perspectiva de género es aquel punto de vista, que, al analizar una situación determinada, considera precisamente los diferentes roles y las diversas oportunidades que tienen hombres o mujeres.

Por supuesto que esta toma de conciencia de la brutal discriminación en perjuicio de la mujer con que opera nuestra sociedad – y en general todo el mundo occidental- ha ido acompañado de una verdadera lucha social, política e ideológica por lograr un reconocimiento a sus derechos y de una mayor igualdad.

Esta mejor comprensión de una realidad mucho más compleja de lo que aparecía en un primer momento, se fue cruzando también con una mejor comprensión de la diversidad sexual existente, minoría aún más explotada que las propias mujeres, y así, ha resultado que, con frecuencia, luchas feministas por el reconocimiento y respeto a las mujeres, vayan de la mano con luchas por el reconocimiento y respeto a la diversidad sexual.

Producto de estas luchas, en nuestro país se eliminó –al menos parcialmente- el delito de sodomía, se promulgaron las leyes como las de divorcio, de Acuerdo de Unión Civil, de aborto en tres causales, la que establece medidas contra la discriminación. Y la verdadera “insurgencia feminista”, producida a partir de mayo del 2018 en nuestro país, ha generado cambios significativos en la mentalidad de muchos chilenos, y es así como temas como el aborto libre, o la adopción homo parental, que hasta un tiempo atrás habrían sido impensables siquiera de proponer, hoy están en el debate público y ganan adeptos.

Pero, así como el triunfo del proyecto político de la Unidad Popular recibió el activo rechazo del imperialismo norteamericano y la oligarquía nacional, el triunfo de ideas feministas y de respeto a la diversidad sexual también ha sido rechazado activamente por quienes ven desvanecerse sus antiguas ideas, y sienten la pérdida de poder que eso va significando.

La principal reacción contra el feminismo, y lo que ha venido junto a él, se dio luego de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tuvo lugar en Beijing en 1995. Aquella reunión constituyó un hito relevante en la búsqueda de la igualdad hombre – mujer, produciéndose un verdadero punto de inflexión en las propuestas de políticas públicas sobre el tema.

Ante esta nueva realidad, quienes más afectados se consideran, los defensores de la moral conservadora tradicional, elaboran una nueva estrategia, para continuar defendiendo la penalización de aborto, la condena a la homosexualidad y en general la diversidad sexual, el matrimonio sólo entre un hombre y una mujer, el rechazo a la adopción homo parental, y esta es, la creación de la supuesta “ideología de género”.

Por ello, a diferencia de lo que suelen afirmar los llamados grupos “pro vida”, y otras agrupaciones anti derechas de las mujeres y de la diversidad sexual, la expresión “ideología de género”, con clara connotación despectiva, no surge desde el feminismo, sino desde el Vaticano, como una estrategia discursiva para enfrentar precisamente los logros alcanzados en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing. Tal como lo ha señalado Karina Bárcenas, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la llamada “ideología de género” es una construcción ideológica de origen religioso, diseñada desde el Vaticano, como una estrategia de desinformación, que se emplea especialmente en redes sociales, pero también en artículos y libros, y entre grupos de la sociedad civil, para popularizar un discurso que va en contra de derechos de mujeres y de la comunidad LGBTI+.

Este verdadero discurso del odio, como por lo demás lo refleja claramente el caso que comentamos, en el que se descalifica, menosprecia, desvaloriza al otro, y que puede incluso llegara a incitar al asesinato, se construye esencialmente sobre la base de mentiras y verdades a medias. Por un lado, identifican la moral conservadora tradicional, la de ellos, como propia del orden “natural”, y las propuestas feministas y de reconocimiento y dignificación de la diversidad sexual, como “anti natural” y con objetivos propias de perversión, especialmente de los niños, pedofilia, destrucción de la familia, entre otros antivalores. En el paroxismo de la irracionalidad, frente a un fenómeno prácticamente universal, no faltan los que manifiestan que todos esto es obra del “neo marxismo”.

Como en todo discurso del odio, esta campaña publicitaria, que por lo demás lo que hace es combatir la igualdad que significa valorar a la mujer y a la diversidad sexual, no es sólo una afrenta, un insulto a todos a todos los seres humanos, sino además una postura canallesca. Condenar ese discurso criminal, promover su retiro de las redes sociales y generar acciones que impidan su circulación, son verdaderos actos de defensa de la dignidad humana que es preciso promover.