PATRIMONIO CULTURAL EN DÍAS AGITADOS: SOBRE ALGO NI IMPERIOSO, NI URGENTE, SÓLO IMPORTANTE
Fernando García Díaz -  25 de mayo 2021 – Para UTE-NOTICIAS El próximo fin de semana, los días viernes 28, sábado 29 y domingo 30 de mayo, se celebrará el “Día del Patrimonio Cultural”, en todo el país. Durante esos días, y probablemente uno antes y uno después, el patrimonio cultural tendrá su minuto de …

Fernando García Díaz -  25 de mayo 2021 – Para UTE-NOTICIAS

El próximo fin de semana, los días viernes 28, sábado 29 y domingo 30 de mayo, se celebrará el “Día del Patrimonio Cultural”, en todo el país. Durante esos días, y probablemente uno antes y uno después, el patrimonio cultural tendrá su minuto de fama. Después de eso y por los próximos 360 días, desaparecerá del escenario, salvo que algún robo a un museo o a un coleccionista importante vuelva a ponerlo de moda por un par de días más. Es la visión tradicional de la cultura. Pero la verdad es que el tema no sólo es trascendente, sino que en estos tiempos bien vale la pena mirarlo desde otra perspectiva.

Recordemos que el Chile que despertó el 18 de octubre puso de relieve una serie de temas de alta significación para la marcha del país. En la mayoría de los casos lo hizo de manera directa, mediante rayados, pancartas, y manifestaciones explícitas de las personas o grupos que participan en las actividades de protesta. Así, la salud, la educación, los salarios, el patriarcado, una nueva constitución, la propiedad del agua y muchos otros temas más, se pusieron de manifiesto expresamente en las múltiples expresiones con que la ciudadanía dio a conocer sus demandas. Hubo otros, sin embargo, cuya relevancia surgió indirectamente, esta vez como resultado de hechos ocurridos durante el estallido social, que obligan a asumirlos. No aparecen explícitamente mencionados, pero claramente nos exigen reflexionar sobre ellos. Uno de estos últimos es el que dice relación con el patrimonio cultural material. Y es que el estallido social se tradujo, entre otras cosas, en canciones, música, pinturas, grafitis, performance y muchas otras manifestaciones artísticas y culturales, pero también en el daño o destrucción de decenas de objetos previamente definidos como “patrimonio cultural”. Estatuas derrumbadas, destruidas o semi destruidas, pintadas y aún iglesias y museos incendiados, son los casos que más llamaron la atención. Y entre estos últimos, la estatua de Baquedano, ubicada en el centro del principal espacio de manifestación pública, resultó emblemática.

Frente a estos hechos, la primera reacción fue y para algunos sigue siendo la única, la condena. Especialmente desde los medios de comunicación de la derecha, en sucesivos artículos se denunció y condenó esta situación. Con frecuencia esas denuncias buscaron también que disminuyera el apoyo ciudadano a las manifestaciones, pero sea ese el objetivo principal o secundario, lo cierto es que ha existido en muchas personas una preocupación auténtica por esta situación. Algunos lo han expresado como preocupación por “nuestro patrimonio cultural común”.

Entendido así, el patrimonio cultural se presenta como selectivo, en cuanto las diferentes piezas son resultados de una elección que separa a aquellas a las que atribuye valor cultural de aquellas a las que no atribuye dicho valor, dinámico, por cuanto su concepción y el contenido de éstas se encuentra permanentemente cambiando, y acumulativo, en el sentido de aumento, crecimiento, por cuanto la existencia de un determinado bien como patrimonial no requiere la eliminación de otro.

Pero si sólo vemos esas características quedamos con una falsa concepción de la realidad. Se trata de una concepción del “patrimonio cultural” que, con ciertas dificultades secundarias, nos presenta una realidad que ha sido aceptado mayoritariamente, y cuya principal característica podría ser su permanente expansión. Es decir, un concepto “funcional” del patrimonio cultural, con variantes atribuibles a pequeñas modificaciones sociales propias de la evolución histórica. Pero la verdad es que no es así. El patrimonio cultural es una realidad en permanente conflicto, es un espacio en que las luchas políticas y sociales se dan con enorme fuerza, un lugar en que unas concepciones buscan imponer hegemonías, mientras otras se esfuerzan por establecer lo contrario. Es, si se quiere, un espacio privilegiado de la lucha ideológica, en donde los intereses de clases se enfrentan día a día. Hoy, como se puede apreciar con una simple mirada a los diversos textos de historia, en verdad nada hay más engañoso que esa idea de patrimonio cultural común. Las manifestaciones de la cultura, y especialmente las que se ubican en el espacio público, monumentos, placas recordatorias, estatuas, monolitos o simples nombres, que de una u otra manera se presentan como elementos dignos de conservarse, por supuestamente poseer un valor excepcional para las artes la ciencia o la historia, lejos de representar valores comunes, compartidos por todos o simplemente ser reflejos de la memoria natural de una sociedad determinada, son imposiciones de una visión de la historia y del sentido de sociedad, sobre otra u otras, que se quieren ocultar u olvidar.

Desde la creación de la República hemos ido generando una historia oficial, una historia que no sólo no reconoce al pueblo como protagonista, sino que simplemente lo ha querido olvidar, dejarlo fuera. Esa historia, que olvida sus luchas, sus masacres, sus triunfos y derrotas, además de estar escrita en los libros con que enseñan a nuestros niños, está también escrita en piedra, en metal, en cemento, en las calles y esquinas de nuestro país, y en una gran cantidad de aquellos objetos que hoy son presentados como parte de nuestro “patrimonio cultural”. Un ejemplo icónico de esta realidad la constituyen las calles o lugares dedicados a Pedro Montt o Roberto Silva Renard, Presidente de la República y militar responsable de la masacre de Santa María de Iquique, respectivamente. Pero por cierto no son los únicos, nuestra oligarquía tiene una calle “Los Conquistadores”, y ninguna “Los Libertadores”, una rotonda y un monumento dedicado a Edmundo Pérez Zujovic, responsable de la masacre de once pobladores desarmados, incluyendo un bebé de meses, en Puerto Montt, en 1967.

Pero esa historia oficial hoy claramente está en crisis. Y lo que ha pasado con la estatua de Baquedano es un fiel reflejo de ello.  Lo está, tanto desde la teoría misma de la historia, que ha cambiado radicalmente desde los tiempos en que se instaló esa estatua, pero, sobre todo, desde la visión político social que a menudo se refiere a ella, y que hoy también ha cambiado. Preguntas como ¿Qué es el patrimonio cultural? ¿Qué bienes lo integran? ¿Quién los selecciona? ¿Con qué criterios?, son algunas de las interrogantes que hoy se formulan sobre esta materia, y que presentan una multiplicidad de respuestas.

Durante siglos, reyes, emperadores, iglesia, es decir los grupos dominantes, fueron los que determinaron qué, cuándo y cómo se podía valorar como culturales determinados bienes. Hoy ¿Se continua con el mismo criterio y definen los grupos dominantes? Si la respuesta es positiva, no hay más preguntas. Pero si la respuesta es negativa y creemos que debe ser el pueblo quien defina al menos lo que debe estar en nuestros espacios públicos, en estos días, en que relevamos el tema del patrimonio cultural y aún resuenan los aires de victoria sobre un modelo económico y político moribundo, es también tiempo de preguntarnos ¿De qué manera rendiremos homenaje a esos estudiantes que en octubre del 2019 saltando el torniquete fueron los que encendieron “la chispa” que más tarde incendió la pradera? Ellos, como había ocurrido ya en otras oportunidades, mostraron un camino que más tarde abrió el pueblo en masivas protestas en las calles. Las puertas de las grandes alamedas, que se habían quedado trabadas luego del triunfo sobre la dictadura, las había vuelto a empezar abrir el movimiento estudiantil el 2011, exigiendo educación gratuita –algo absolutamente contrario al modelo que se imponía- pero el golpe definitivo que terminó por abrirlas de par en par, para que pasara el hombre libre, empezó con aquellos estudiantes secundarios que saltaron los torniquetes y mostraron un camino de rebeldía que nadie se había atrevido a transitar hasta ese momento.

Y por eso, si bien no es ni imperioso, ni urgente, sólo importante, se hace necesario ir pensando en la manera en que el pueblo deberá simbolizar, en uno o muchos espacios públicos y con una o muchas obras, que poseyendo un valor excepcional para la historia, para las generaciones venideras, el acto potente y simbólico de saltar los torniquetes, y de este modo, rendir un homenaje sincero, potente, y agradecido, a aquellos héroes anónimos que iniciaron una revuelta que no sólo “prendió”, sino que fue capaz de incendiar el modelo y poner fin a décadas de opresión e ignominia.

Santiago 25 de mayo de 2021