“TE INVITO A DESCOLONIZARTE”
Por: Javier Agüero Águila | Publicado: 04.08.2021 – EL DESCONCIERTO En 21 palabras, Elisa impulsa un gesto deconstructivo de gran intensidad, al tiempo que descarrila, a partir de un poderoso ejercicio lingüístico, la tradición compulsiva –iniciada con Pinochet– de la derecha chilena de hablar con términos marxistas sin haber, en la mayoría de los casos, nunca leído a …

Por: Javier Agüero Águila | Publicado: 04.08.2021 – EL DESCONCIERTO

En 21 palabras, Elisa impulsa un gesto deconstructivo de gran intensidad, al tiempo que descarrila, a partir de un poderoso ejercicio lingüístico, la tradición compulsiva –iniciada con Pinochet– de la derecha chilena de hablar con términos marxistas sin haber, en la mayoría de los casos, nunca leído a Marx, ni tampoco saber si los conceptos que utiliza pertenecen al marxismo propiamente tal, como veremos. Elisa Loncon deja a la derecha a la intemperie, descubierta en la plenitud de sus imponderables infracciones teóricas, de lenguaje, terminológicas y tartamudeando en el que es su único y gran espacio de saber: el técnico.

“Limitado análisis @marcela te invito a leer y descolonizarte en la práctica para dejar de mirar al otro como tú amenaza”. Esta fue la respuesta de Elisa Loncon a Marcela Cubillos por twitter, quien con anterioridad había posteado en la misma red social: “La presidenta Elisa Loncon en El Mercurio se niega a condenar la violencia e insiste en su discurso de lucha de clases”.

En 21 palabras, Elisa impulsa un gesto deconstructivo de gran intensidad, al tiempo que descarrila, a partir de un poderoso ejercicio lingüístico, la tradición compulsiva –iniciada con Pinochet– de la derecha chilena de hablar con términos marxistas sin haber, en la mayoría de los casos, nunca leído a Marx, ni tampoco saber si los conceptos que utiliza pertenecen al marxismo propiamente tal, como veremos. Elisa Loncon deja a la derecha a la intemperie, descubierta en la plenitud de sus imponderables infracciones teóricas, de lenguaje, terminológicas y tartamudeando en el que es su único y gran espacio de saber: el técnico.

Pero intentemos concentrarnos en la frase de Elisa, en la que cada expresión podría significar una página de la historia. La primera palabra de la que se sirve para construir su frase es “invito”, “te invito”. “Invitar” viene del verbo latino, muy antiguo, invitare, que normalmente entendemos como “hacer un llamado a alguien para que se nos acerque”, “que vaya a nuestra casa”, en fin. Sin embargo, una descomposición algo más fina de la palabra, nos indica que el prefijo in en latín tiene una connotación negativa (como in-decente o in-digno, por ejemplo), mientras que el adjetivo vitus expresa algo que se hace voluntariamente, de buena gana, con gusto. Lo que nos queda entonces, es que la in-vitación es algo que se hace contra la propia voluntad y de manera casi obligada. Para una lingüista del nivel de Elisa Loncon no hay concepto al azar sino siempre pre-meditado en relación al sentido que busca y del que, ciertamente, toca desentrañar más allá de lo puramente performativo, de la puesta en escena o de la literalidad.

Elisa invita entonces a Marcela a una zona a la que no quiere ir (la de la descolonización) y que –y entrando en el ámbito casi de la ciencia ficción–, de hacerlo, no lo hará nunca por voluntad propia. Es lo que ocurre, sólo por intentar graficarlo en Cubillos, con todos/as los/as militantes del “Rechazo” que hoy están en la Convención Constituyente, los/as que se encuentran en un espacio que les es extraño, bizarro, en el que son minoría y donde el poderoso dispositivo del veto, al que tenían derecho por ley, se evaporó; un espacio del que jamás participaron como convocantes o artífices, sino que, por el contrario, al que más bien se opusieron con todos los medios de los que en su momento dispusieron y al que fueron invitados e invitadas por la fuerza de un devenir histórico que no les dejó alternativa. Era sumarse o desaparecer.

Por otra parte, tenemos la palabra “descolonizarte” (“colonizar” viene del latín colonia y puede entenderse como “territorio establecido por gente que no es de ahí”; la palabra lleva el compositivo izar que viene del griego idzein: “convertir en”; bautizar, analizar, por ejemplo). La invitación es a sustraerse contra su propia voluntad de aquel significante histórico, político, social y económico del cual Marcela Cubillos es heredera típica y que está en directa proporcionalidad con la saga conspicua de los/as privilegiados/as. Ahora, Elisa no sólo invita a Cubillos a sacudirse de la tradición colonialista –persistente, abyecta y punzante en Chile– que se ha desplegado a lo largo de los diferentes siglos como una coordinada rapsodia del abuso, y que ha buscado su inspiración suprahistórica en la usurpación, el exterminio, el sometimiento, la abdicación forzada de la identidad, la manipulación político-jurídica de la subordinación territorio-cultural, etcétera. La invitación de Elisa Loncon a la ex-ministra a des-colonizarse es, también, un llamado genérico a lo desconocido, a una suerte de dimensión que no le es ni siquiera difusa, sino que ausente de toda significación. No se trata aquí únicamente de la descolonización cultural del invasor/a, sino que al desprendimiento de todo aquello que una historia entera ha avalado permitiendo la reproducción de una sociedad descalcificada en su desigualdad, en la segregación, en las rutas de vidas enteras que vienen pavimentadas desde la cuna, en los viáticos heredados de generación en generación y que para algunos ha significado la gloria mientras que para otros el margen.

Junto con lo anterior, es inquietante la “invitación a leer” que Elisa le hace Marcela al principio de la frase. No es posible una generalización absoluta, pero lo que parece ser cierto es que una buena parte de la derecha chilena habla de lo que no lee; o derechamente es menos culta en relación a lo que la vertiente occidental ha definido como tal. En este punto Loncon hace de bisagra entre lo ancestral y lo occidental, convocando a Cubillos a sostener lo que dice a partir de la literatura de Occidente mismo, de la que, por cierto, la presidenta de la Convención es una especialista conocedora. Efectivamente, su trabajo rodea este espacio de intersección entre el lenguaje, simbología y tradición mapuche, la cultura europea y el resultante de lo que, en palabras de Gabriel Salazar, sería “lo propiamente chileno”: lo mestizo. Esto lo demuestran sus libros: Crear nuevas palabras: innovación y expansión de los recursos lexicales de la lengua mapuche (Instituto de Estudios Indígenas/UFRO, 1999); Violeta Parra en el Wallmapu. Su encuentro con el canto mapuche (CIIR/Pehuén, 2017); o, dentro de sus numerosos artículos: “Derechos educativos y lingüísticos de los pueblos indígenas de Chile”, (ISEES, 2021); “Las mujeres mapuches y el feminismo” (Ciper, 2021), y un largo etcétera.

En la misma línea diremos que resulta cuando menos difícil –sin querer hacer de la descalificación la razón de esta columna, pues nada hay de interesante cuando se disparan palabras al voleo que apunten al insulto o la estigmatización voluntarista– imaginar que en el momento que Cubillos se refiere a la “lucha de clases” lo hace sabiendo que la noción misma no encuentra sus orígenes ni en Marx ni Engels, sino en Nicolás Maquiavelo, el que hablaba en su fantástico libro Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1531) del conflicto inherente a cualquier sociedad. Maquiavelo escribe: “En toda República hay dos espíritus contrapuestos, el de los grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la libertad nacen de la desunión de ambos…” (Ed. Alianza, 2003, pp. 41-42). También es dificultoso creer que la constituyente Cubillos leyó que, posterior a Maquiavelo, la idea del conflicto entre sectores específicos de la sociedad fue desarrollada en profundidad por Rousseau, Quesnay o el mismo Adam Smith. La interpretación marxista de la “lucha de clases” pertenece a la tradición post Revolución Francesa y en la que habría que sumar, entre otras, la mirada anarquista de Proudhon, sólo por dar un ejemplo.

Para el final, quisiéramos referirnos a la última parte de la frase de Elisa: “dejar de mirar al otro como tú amenaza”. Este “tú”, con acento, estaría mal escrito si el sentido de la frase fuera que Marcela Cubillos mira al otro como “su” amenaza. No obstante, si a la frase le insertamos una coma después del “tú”: “dejar de mirar al otro como tú, amenaza”, la amenaza es Cubillos misma y no el otro. El “tú” operaría aquí como el pronombre con el que la persona que habla o escribe se refiere a su interlocutor. Quiero creer que no se trata de una falta de ortografía sino de un fino y elegante juego lingüístico, donde una sola coma invertiría el significante del sentido expreso. Finezas encriptadas que sólo se las puede permitir una brillante estratega del lenguaje.

Con todo, hemos querido decir que Elisa Loncon nos deja siempre mensajes que hay que saber leer, intentar ir algo más allá de lo puramente dicho porque siempre en ella hay un misterio, una zona por descubrir que no se enfrenta, tal como lo hace Marcela Cubillos, aludiendo a frases rancias, descontextualizadas y de las que no se tiene idea alguna más que la de la fobia y el miedo por un discurso que tensiona los privilegios.

Elisa Loncon trae consigo una enorme fuerza deconstructiva; esto es, por decirlo rápidamente, desarticular la tradición. Sólo al hablar nos interpela y exige estar atentos/as a cada uno de los símbolos que expresa y representa, cuidando siempre el hecho de que estamos frente a un personaje mayor que, estoy seguro, pondrá su lenguaje (después su firma) en la historia de este país.

Javier Agüero Águila

Director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

GENTILEZA DEL DESCONCIERTO