ELECCIONES SIN ÉPICA, ÉTICA NI ESTÉTICA
Juan Pablo Cárdenas S. | Domingo 31 de octubre 2021 Todos coincidimos en que las próximas elecciones presidenciales serán muy relevantes para el futuro del país, pero seguramente son las que menos han concitado interés en la población. Por cierto, menos atracción despiertan todavía los comicios parlamentarios, toda vez que está instalada una Convención Constituyente …

Juan Pablo Cárdenas S. | Domingo 31 de octubre 2021

Todos coincidimos en que las próximas elecciones presidenciales serán muy relevantes para el futuro del país, pero seguramente son las que menos han concitado interés en la población. Por cierto, menos atracción despiertan todavía los comicios parlamentarios, toda vez que está instalada una Convención Constituyente que, de convenir una nueva Constitución, seguramente va a imponer la necesidad de renovar a corto plazo el Parlamento y, acaso, el propio Gobierno.

No hay candidatos presidenciales que conciten gran fervor ciudadano. Ninguno de ellos ha consolidado real liderazgo y solo logran, en los mejores casos, interpretar a no más del 15 o 20 por ciento de los ciudadanos, la mayoría de los cuales, a solo tres semanas de los comicios, no marca preferencia por ninguno de ellos y una vez más podrían provocar una alta abstención electoral.

Seis abanderados que, incluso, mantienen con dificultad el apoyo de sus propios partidos, cuando se han hecho públicas las disensiones internas en cuestiones tan importantes como la propuesta de un cuarto retiro de los fondos de pensiones o la posibilidad de dictar una amnistía o indulto general en favor de los detenidos del estallido social del 18 de octubre del 2019, como en sus incesantes réplicas callejeras en todo el territorio nacional.

Por supuesto que en ninguno de los candidatos puede descubrirse un proyecto histórico como los que se expresaban en el pasado. Por lo mismo es que no se aprecian diferencias sustantivas en sus discursos, salvo si se trata del postulante de la extrema derecha que hasta por su apellido se le imputa simpatía con el Nacional Socialismo de Adolfo Hitler. Por supuesto que a él ninguno de los otros competidores quisiera apoyarlo en una segunda vuelta electoral, en caso de que llegara al balotaje.

Lo que ha predominado en la campaña, sin embargo, son los más severos reproches a la consecuencia y trayectoria de cada uno. Incluso se ha sido descortés con la única mujer postulante, al tiempo que ella ha fustigado también muy severamente a los dos candidatos de la derecha. Sin cejar en sus críticas contra el actual Mandatario del cual prácticamente todos buscan mantener distancia conocida la falta de popularidad con la que Piñera termina su gestión.

Se prometió discutir con ideas, pero estas realmente no aparecieron, siendo reemplazadas por las descalificaciones mutuas en cada uno de los foros, como en la propia franja televisiva concebida para que unos y otros expusieran sus programas de gobierno, algunos de cuyos textos recién empiezan a conocerse y difundirse.

Ya sabemos que las promesas muy habitualmente son traicionadas después en La Moneda y las cámaras legislativas. Incluso con las intensas demandas de las protestas sociales se podría asegurar que un próximo gobierno le va a poner término al cuestionado sistema de pensiones o a las abusivas isapres que se enseñorean en la salud. Tampoco se ha expresado una seria decisión de mejorar los deprimidos sueldos de los trabajadores, más exiguos todavía con los altos niveles de cesantía, el enorme endeudamiento familiar y la desatada inflación que le ha hecho perder la esperanza de una vivienda propia a millones de chilenos.

Menos todavía los postulantes presidenciales hablan de cortar con los privilegios de la clase militar, rebajar sustantivamente el presupuesto para la compra de armamentos y, desde luego, castigar debidamente a los oficiales corruptos que se han apropiado de los gastos reservados. Habrían de tener para ello coraje y un sentido ético que realmente no asoma en esta contienda, salvo en las expresiones de algunos candidatos que saben muy bien que no tienen posibilidad alguna de alcanzar el poder.

Se promete también acabar con la delincuencia y barrer a los narcotraficantes, pero en realidad nadie se propone terminar con las causas de estos fenómenos que tienen en ascuas a las poblaciones y barrios de ricos y pobres. Por el contrario, lo que asoma en estos días son las espurias relaciones de algunos ediles con el crimen organizado, en una realidad que tiene alarmada a la Contraloría General de la República abocada a instruir constantes sumarias que no logran resolver los casos y condenar efectivamente a los culpables. Así como en pleno proceso electoral se suceden nuevas colusiones empresariales y transgresiones graves a los derechos de los consumidores en que se teme, como siempre, que no pase nada, salvo multar a algunos empresarios que ya han obtenido ilícitamente mucho más dinero que del castigo pecuniario que podría recaerles.

El tema “verde” es un común caballito de batalla electoral, pero hasta el final del actual gobierno se descubren proyectos ecocidas que involucran incluso al actual gobernante y a su familia. Sin embargo, a pesar del intento de algunos diputados, nada asegura que el Mandatario pueda ser destituido a pocos meses del término de su horrible gestión, pese al enorme daño que le ha ocasionado a la imagen internacional del país. En un feo y antiestético panorama, sin duda, en que el conjunto de la clase política se convierte de nuevo en protagonista y afila sus garras para hacerle frente a la propia Convención Constituyente, si es que a sus miembros se les ocurriera hacer carrera política para desplazarlos de los mejores puestos de la administración pública. Recordemos que un legislador o ministro de estado percibe un sueldo treinta veces por encima del salario mínimo que reciben millones de trabajadores.

La izquierda ya no pone énfasis en la justicia distributiva y prácticamente acota su discurso a las demandas sexuales y reproductivas de los jóvenes y las mujeres. Los Derechos Humanos aparecen ahora muy limitados y la necesidad de una nueva ley de aborto parece predominar en sus objetivos. Lo que, por supuesto, es bien aprovechado por el conservadurismo o la pacatería política, es decir, por los mismos que auspiciaron la dictadura de Pinochet y alentaron el terrorismo de estado y las violaciones sistemáticas a la dignidad de las personas. Incluidos ahora los inmigrantes cuyos modestos enseres son quemados por turbas de fanáticos que, curiosamente, dicen defender la vida.

Mientras tanto, en la derecha no se teme alentar de la boca para afuera el castigo a los malos empresarios, a los llamados delincuentes de cuello y corbata, pero estos saben que se trata de toda una impostura y no trepidan en otorgarle recursos millonarios a aquellos candidatos que después les serán dóciles operadores en los poderes del Estado. Aunque la Ley se los prohíbe, ahora, ya saben ellos como sortear las disposiciones, expertos como son en evasiones y elusiones tributarias, paraísos fiscales y otras triquiñuelas. A sabiendas, también, que todavía cuentan con poderosos y venales aliados en los tribunales de “justicia”.

Para colmo de lo anterior, en las últimas semanas un buen número de militantes y adherentes políticos ha decidido cambiar de candidato para volcarse en favor de los que las encuestas les asignan mayores posibilidades de ganar o imponerse en una segunda vuelta. Toda una serie de desafecciones oportunistas, especialmente bochornosas para los partidos, que demuestra la ínfima gravitación que estos mantienen en la opinión pública, después de convertirse en meras maquinarias electorales. Sin valores ideológicos e idearios más allá de mantenerse en el poder.