LA SALUD MENTAL DE LOS CHILENOS EN LOS TIEMPOS DEL COVID
Por Jorge Elgueta – 28 de marzo 2022 – ex dirigente de la Universidad Técnica del Estado - PARA UTE NOTICIAS   “Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza” - Eduardo Galeano Desde hace varias décadas, distintos especialistas del mundo médico y de las ciencias sociales de nuestro país, vienen advirtiendo acerca del creciente deterioro …

Por Jorge Elgueta – 28 de marzo 2022 – ex dirigente de la Universidad Técnica del Estado - PARA UTE NOTICIAS  

“Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza” - Eduardo Galeano

Desde hace varias décadas, distintos especialistas del mundo médico y de las ciencias sociales de nuestro país, vienen advirtiendo acerca del creciente deterioro de la Salud Mental de los chilenos. Algunas cifras que datan desde el año 2013, daban cuenta de las alarmantes tasas de depresión, estrés y adicción que presentaba la población hace una década

Al respecto y según cifras oficiales, por esa fecha, 2 de cada 10 chilenos presentaba síntomas depresivos suficientes para provocar algún grado de incapacidad funcional

El suicidio en niños y adolescentes estaba en aumento, mientras en los otros países de la OCDE (a excepción de Corea del Sur) se mantenía en cifras estables o disminuía.

Una encuesta aplicada por Adimark señalaba que 3 de cada 4 niños chilenos, declaraba que en su casa había situaciones de violencia física y/o psicológica, y que 1 de cada 10 niños reportaba que había sido víctima de abuso sexual

El mismo informe afirmaba que Chile presentaba una de las tasas más altas del mundo, en conductas de bullying, de maltrato de niños por otros niños y de delincuencia infanto-juvenil.

Cabe agregar que un experto aseguraba entonces que “somos el país con la mayor tasa de internación en cárceles. La tasa de institucionalización en hogares del SENAME, por situaciones de violencia intrafamiliar y otras, es de las más altas del mundo”. En Chile - afirmaba el mismo experto – “las dos causas principales de muerte entre jóvenes y adolescentes, es muerte violenta, ya sea por suicidio o por homicidio. Uno de cada 3 santiaguinos se declaraba altamente estresado”

 Según todos los indicadores, Chile atravesaba por una severa crisis de Salud Mental, inédita en occidente por la prevalencia y la severidad de las enfermedades diagnosticadas.

Como es dado suponer la deteriorada Salud Mental que experimenta la población de nuestro país, desde hace décadas, lejos de mejorar se ha visto agudizada con la aparición de la pandemia provocada por el Covid y la severa tensión política, social y económica que experimenta nuestro país en la actualidad.

Estudios recientes entre los cuales destaca el llamado «Termómetro de la Salud Mental en Chile», realizado por UC y ACHS, en abril del año recién pasado señala que un 23,6% de los chilenos presenta en la actualidad  sospechas o problemas de salud mental, y que el 45,9% evalúa que su estado de ánimo es peor o mucho peor que antes de la pandemia.

Un artículo publicado en la prestigiosa revista Lancet en octubre del año 2021 estima que en nuestro país, los trastornos depresivos han aumentado un 27,6%; y los de ansiedad, un 25,6%. Dicho estudio se realizó a partir del análisis de bases de datos de 204 países —incluidos los latinoamericanos—, comparando la prevalencia de éstos, previo a la pandemia y lo que se espera posterior a esta, lo cual evidencia aún más la necesidad de hacerse cargo de quienes engrosan este segmento de la población.

Pese a las cifras alarmantes arriba compartidas, Chile continúa presentando un significativo déficit en su financiamiento de salud mental si se le compara con el promedio mundial. El presupuesto fiscal destinado a la salud mental apenas supera el 2% del total del presupuesto en Salud, cifra que está muy por debajo del 5% que se propuso como meta en el Plan Nacional de Salud Mental y Psiquiatría de los períodos 2000-2010 y 2015-2025, cifra de acuerdo al promedio mundial. A su vez, la cobertura de atención en salud mental en Chile alcanza aproximadamente a no más de un 20% de la población, mientras que en países de medianos ingresos la cobertura llega a un 50%.

Como corolario a toda la evidencia presentada, es necesario mencionar además los crecientes niveles de violencia e inseguridad ciudadana que está sufriendo actualmente nuestra población, tanto en la capital como en la principales ciudades del país y que deteriora aún más, nuestra dañada salud mental; situaciones de bullying, riñas y agresiones en los colegios; narcotráfico, sicariato, asaltos, secuestros, “encerronas y portonazos” en las calles; VIF y maltrato infantil en los hogares

Considerando este desolador panorama en lo que respecta a nuestra Salud   Mental y a los episodios de violencia que se viven de manera cotidiana en Chile, cabe preguntarse

¿Cómo fue que nuestro país se fue enfermando hasta llegar al actual estado?

¿Podemos buscar sus causas en las vertiginosas transformaciones tecnológicas, y culturales que ha experimentado nuestro país en las últimas décadas?

¿Es la pandemia y el confinamiento – con su secuela de enfermedades, fallecimientos, cesantía, disminución de los ingresos y/o precariedad laboral, lo que nos llevó a esta situación de malestar social y violencia?

¿Tendrá relación con los fenómenos migratorios que experimenta nuestro país desde hace algunos años?

Sin lugar a dudas los factores señalados -  aunque con distintos matices-  tienen alguna incidencia, pero la causa estructural del malestar psicofísico y social que nos aqueja hasta el día de hoy, debemos buscarla en nuestra historia reciente y radica en el tipo de sociedad en la que hemos estado viviendo desde hace casi 5 décadas

En tal sentido es imprescindible señalar que el severo deterioro de nuestra convivencia nacional tiene su punto de inflexión, en el quiebre institucional que se produce cuando los sectores más acomodados y reaccionarios de nuestro país, deciden destruir el programa de transformaciones sociales que impulsaba el Presidente Salvador Allende y derrocarlo mediante un Golpe de Estado; ello por cierto, como una forma de defender sus intereses y privilegios conservados por más de 200 años de vida republicana.

A partir de ese día, de algún modo nuestro país “perdió la inocencia”  y supo lo que era el miedo generalizado, la rabia contenida, el sometimiento y la desesperanza; nuestro lenguaje cotidiano incorporó  términos  desconocidos hasta entonces tales como DINA, CNI, Estado de Excepción, Ejecución Sumaria, Habeas Corpus, Detenidos Desaparecidos, PEM Y POJH; También supo de otros significados para palabras antes  inofensivas como “El submarino”, “La parrilla” “la chapa” “ El Paquete” “Traslado de televisores” y “ Porotear ”

Fueron años de terror, persecución, encarcelamiento, exilio, tortura y/o muerte para miles de compatriotas, cuyas secuelas psicológicas aún permanecen entre quienes las sufrieron; incluidas sus familias extendidas, hijos y /o nietos

Durante largos 17 años los trabajadores vieron conculcados sus derechos políticos y de asociación, arrebatadas sus conquistas laborales y disminuidos drásticamente sus salarios.

Miles de personas debieron enfrentar la angustia de la cesantía y con ello el empobrecimiento, la carestía y un severo deterioro en su calidad de vida.

De esa manera y tras el Golpe Militar, llegaba a Chile la versión más extrema – sólo posible de implementar en un ́país  bajo una dictadura – el Modelo Neoliberal que condiciona nuestras vidas hasta el día de hoy, y que básicamente consiste en que el estado se transforma en subsidiario; es decir las necesidades de la ciudadanía  en materias de salud, vivienda, educación y previsión social, son abordadas por empresas particulares y el estado sólo interfiere cuando  dichas empresas no pueden resolver estos problemas. Eso significa en los hechos que cada chileno tiene que arreglárselas por su cuenta; generado en la población sentimientos de desconfianza, de inseguridad, de abandono e indefensión.

Las personas se sienten desamparadas, y experimentan sentimientos de angustia, al constatar que no hay nada, ni nadie, que las pueda proteger o ayudar

 A esto se fue sumando otro fenómeno propio del neoliberalismo económico, que es la individualización, entonces, se minimizó el rol de los sindicatos, de los colegios profesionales; se desarticularon las federaciones estudiantiles y con ello se fue destruyendo el tejido social.

Lo que sucedió después ya lo sabemos: después de todo “no hay mal que dure 100 años…” la rabia, el descontento, la rebeldía frente a tantos abusos e injusticias fueron generando en la mayoría ciudadana - cual volcán por décadas inactivo-  la energía suficiente para movilizarse,  hasta que el Magma social, por tanto tiempo reprimido, estallo y salió a la superficie en forma de descontento ciudadano; movilización social que remeció a nuestro país hasta sus actuales cimientos, contenidos en la Constitución de 1980 aún vigente.

 A contar de las movilizaciones ciudadanas de octubre del 2019 se iniciaba para Chile una nueva era política, un nuevo ciclo en su vida como república.

Es cierto que por estos días se escribe - por primera vez en nuestra historia - una constitución que acoge todas las voces y representa a todas las naciones que habitan Chile

Es cierto también que el Presidente Boric ganó de manera inapelable las elecciones y que nuestro país se reencuentra después de décadas con la esperanza de un mejor futuro.

Pero las heridas de nuestra historia reciente aún permanecen, hay desconfianza y sentimientos de incertidumbre frente al porvenir

Aún nuestro país está enfermo de tantas injusticias, de tanta desigualdad, de tanta represión, de tanta desesperanza, de tantos crímenes, mutilaciones e impunidad

Confiamos en que el actual gobierno, con el apoyo de todas las fuerzas progresistas que anhelan un mejor país, pueda avanzar en las transformaciones que Chile requiere y logre devolvernos algo de la Paz Social que por años ha estado ausente. Para ello es imperativo entonces, que la Salud Mental de quienes habitamos Chile, sea parte sustantiva del mandato presidencial que recién comienza.

Jorge Elgueta Olivares -  Psicólogo, Magister en Psicología Social