Escrito por Jorge Coulon julio 24, 2025 – La Nueva Mirada
Imagina esto: hace más de mil años, una idea radical empezó a circular entre culturas distantes. No era un objeto ni una tecnología, sino un concepto vacío y poderoso: el cero. Nació en India, fue refinado por matemáticos árabes, viajó a través del comercio y la traducción hasta cambiar la forma en que pensamos el mundo.
No fue propiedad de nadie. Fue una invención colectiva que transformó para siempre el conocimiento humano.
Lo mismo ocurrió siglos después con los primeros desarrollos de inteligencia artificial. Detrás de cada avance hubo redes de colaboración: ingenieros, científicos, filósofos, lingüistas y programadores que compartieron ideas, datos, preguntas.
Grandes logros como estos nunca fueron obra de individuos aislados. Fueron posibles gracias al trabajo compartido, la conversación, la transmisión libre de saberes.
Es increíblemente bello todo lo que el ser humano ha hecho con su inteligencia y su capacidad de colaboración: el fuego, la rueda, el cero, la IA, la poesía, el alfabeto y un infinito etcétera.
La máquina es una maravillosa creación humana, con todo lo que implica: invención, cuidado, imaginación, estructura, lenguaje.
Ahora bien, preocupa profundamente que el estado de ánimo actual vea toda esa enorme cadena de valor como una amenaza. Cada vez con más fuerza, se tiende a negar el valor de la colaboración, el sentido de comunidad, y se le pone precio al conocimiento como si fuera una mercancía más.
Lo que antes se aplicaba a productos tangibles, hoy alcanza también a lo intangible. Se intentó patentar el genoma humano. Se siguen blindando medicamentos esenciales tras extensas disputas de propiedad. Publicar en una revista científica de prestigio —como las del conglomerado Elsevier— puede costar miles de dólares, y acceder a un solo artículo puede ser inaccesible para quienes no están afiliados a instituciones con poder económico.
Incluso en las universidades, la educación se transforma en un “servicio”, evaluado por su retorno financiero, no por su aporte a la sociedad.
La ciencia, presionada por métricas y competencias, se vuelve más solitaria. Las redes sociales amplifican el “yo” y disuelven el “nosotros”. Hasta los algoritmos que usamos para buscar conocimiento están programados para captar atención… no para compartir, sino para vender.
Cuando el conocimiento se encierra, la innovación se estanca. Cuando se impone la competencia, la confianza se resquebraja. Cuando todo tiene precio, lo que no puede venderse —como el cuidado, la generosidad, la conversación, la ternura, el amor— queda relegado, como si no tuviera valor.
Y esto no ocurre sin consecuencias anímicas. Vivimos un estado de ánimo social marcado por la frustración, la tristeza, la rabia acumulada. Se vuelve difícil proyectar el futuro. Las relaciones humanas se tensan. La violencia —invisible o explícita— crece donde faltan sentido, comunidad y horizonte. Lo vemos en la polarización digital, en el desencanto con las instituciones, en la sensación de que “nada cambia” salvo para peor.
No es que falte inteligencia. Lo que falta es ánimo colectivo, el que hizo posible nuestras mayores creaciones. Ese ánimo de construir juntos, de buscar sentido compartido, de avanzar como comunidad.
Proyectos como Wikipedia, Linux o las plataformas de conocimiento abierto muestran que es posible colaborar a gran escala sin convertir todo en propiedad privada.
Las cooperativas científicas, los movimientos por el acceso libre al saber, las redes de aprendizaje comunitario…
Y también la movilización de estudiantes y académicos que, en distintas partes del mundo, se resisten a la transformación de las universidades en empresas con fines de lucro.
Todos ellos nos recuerdan que la inteligencia colectiva no es una utopía, sino una posibilidad ya en curso.
La pregunta, entonces, no es técnica. Es ética y política: ¿Qué tipo de sociedad queremos ser?
Una donde el conocimiento se encierra, se negocia y se fragmenta… ¿O una donde el saber es un bien común, y compartirlo es un acto de confianza?
Cada uno de nosotros puede elegir: compartir una idea, apoyar una iniciativa comunitaria, abrir una conversación honesta, o simplemente escuchar al otro con curiosidad. ¿Por dónde empezarías tú?
El futuro no está escrito. Y aún estamos a tiempo de recordarlo: lo más humano que hemos hecho, lo hicimos juntos.
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