Por Ricardo Candia
El Clarín Chile. 6 agosto, 2025
Hace mucho tiempo, si usted quería ofender a un militante comunista, bastaba decirle que era un socialdemócrata. Peor que sacarle la madre. En la mística militante, ser comunista era una condición con la que se moría. Y muchos heroicos viejos fueron fieles a esa impronta y prefirieron la muerte antes de hablar o traicionar. De esa gente incomparable el Che Guevara tenía una crítica con un tinte de dulzura y reconocimiento, pero crítica al fin: son capaces de morir en una cámara de tortura sin abrir la boca, pero son incapaces de asaltar un nido de ametralladora.
Se escucha decir que la metamorfosis de la compañera Jara, su evolución de comunista a socialdemócrata, viene siendo una especie de acomodo de placas tectónicas políticas en momentos en que se necesita mucha energía, ergo, votos, para enfrentar las próximas elecciones.
Se parte del convencimiento de que ser socialdemócrata es mucho menos peligroso que ser comunista, los que, como se sabe, no pierden oportunidad de lanzarse en contra de la democracia y los demócratas con un cuchillo entre los dientes dispuestos a la degollina de los ricos y de quienes no piensen como ellos.
Que tal cosa no pueda ser demostrada ni por el más derechista de los historiadores, pasa a ser un dato irrelevante. Lo importante es que, si se dice muchas veces y por bocas de cierta respetabilidad, esas afirmaciones pasan a ser ciertas en la gente desprovista y ávida de que le mientan, que son increíblemente muchas.
Hay que decir, eso sí, que en la militancia vieja del PC hay una cierta incomodidad a partir de estos acomodos y renunciamientos, hasta donde la férrea disciplina partidaria no estaría llegando. Pero, según dicen otros, el principio de la acción común luego de la discusión que define un camino se estaría imponiendo.
Pero lo interesante y dramático de toda esta discusión está en que se ha logrado instalar una campaña anticomunista que ha dado resultados y que, en ciertas trazas, se parece mucho a la que precedió y de cierta manera justificó el golpe de Estado de 1973.
Porque si a alguien se le ha olvidado o no sabía, lo que pasa hoy tiene sus orígenes en esa mañana de martes nublado que dio pie a una matanza que hasta hoy cobra la desaparición de más de 1.400 compatriotas.
Muchos de ellos comunistas, habría que agregar.
La historia enseña que el anticomunismo nunca ha terminado en nada bueno, no solo contra los comunistas, sino contra todo lo que se mueva.
Y he aquí que intentar la camaleónica opción de desdecirse de lo que, al parecer, se era, contribuye a confirmar en la gente, sobre todo en la más inadvertida, que ser comunista es lo peor si hasta la misma candidata con mayores opciones abjura de la hoz y el martillo.
Se dirá que es cosa de la táctica, de los giros necesarios de la política, de la necesidad de cerrar filas ante la arremetida histórica y mundial de la ultraderecha, incluso como una demostración de la generosidad comunista que destiñe del rojo original a su mejor carta para ponerla al servicio del arcoíris unitario.
Mucha experiencia tiene el PC para saber que entre sus aliados que hoy juran lealtades y apoyos, hierve un anticomunismo larvado que hará eclosión no más se den las condiciones necesarias.
Será cosa de tiempo.
Luego del fascismo y el orden capitalista, hay dos cosas que el comunista promedio detesta en profundidad y para siempre: el que traiciona al partido pasándose al enemigo, y al que abjura de su condición. A estas razones se le viene agregando otra: el que está ingresando al partido por ubicarse en un trabajo en el Estado, pero eso es parte de otro cuento.
El caso es que no sería mala cosa asumir ser socialdemócrata si fuera sobre la base del perfil y legado de uno de los más grandes de ese movimiento: el sueco Olof Palme.
Vea usted: fue amigo y viajó a Cuba, colaboró con los movimientos insurgentes de América Latina, se acercó a los países no alineados, se opuso a la política injerencista de USA, al apartheid sudafricano y a la invasión soviética a Afganistán. Durante su gobiernos expandió la cobertura del sistema de salud y del sistema de bienestar, hizo grandes inversiones en educación y aumentó el poder de los sindicatos.
No se vería mal una compañera socialdemócrata inspirada en objetivos como los descritos supra. Pero no llegaría muy lejos. Cada una de esas reformas socialdemócratas en el Chile en el que manda la ultraderecha, serían consideradas revolucionarias, extremistas, propias del castrochavismo, y en breve estarían exigiendo que los militares, la reserva moral de la patria, intervenga para poner orden.
¡Qué se han creído!
Ricardo Candia Cares
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