Por Walter Garib
El Clarín Chile. 9 septiembre, 2025
Siempre la nostalgia permea nuestro recuerdo. Hubo una época, no muy lejana, donde había establecimientos comerciales, de toda naturaleza, que se llamaban las tres B. Alusión a bueno, bonito y barato. En las calles de cualquiera ciudad, los vendedores ambulantes voceaban: “Yo no vengo a vender; vengo a regalar”. Nadie los perseguía ni les daba de patadas, pues representaban parte de nuestra idiosincrasia, o si usted prefiere, carácter criollo. Llamados “falte” en el campo, surtían las regiones más olvidadas del país, donde arribaban en destartaladas camionetas, provistos de un aire de gitanería. También a lomo de caballo, dotados de faltriqueras. Si alguien por ejemplo les encargaba una máquina “Singer” de coser, pues la llevaban donde fuese.
A estas tres B, se acaba de agregar la b de bots. No piense mal usted, si alguien, sea escribidor, cronista o cagatintas, habla de esta invención lingüista venida del imperio y la incorpora en su léxico. Obra en defensa de la libertad de expresión. Hay quienes las desprecian por sonar mal o tratarse de un inútil extranjerismo. Aunque usted discrepe y ponga el grito en el cielo o la Vía Láctea, las palabras tienen olor, musicalidad y color. Huelen a algo; de ahí entonces que bots, viene a alterar el lenguaje que se utiliza a diario. A revolver el gallinero, donde siempre hay un gallo mandamás, que controla esa sociedad avícola, cuyas costumbres nos remiten a los antiguos serrallos del oriente. A sacarnos de la modorra.
La palabreja comentada, es decir bots, surgió justo mientras los candidatos a la presidencia en nuestro país, desplegaban sus propuestas electorales, empeñados en parecer el elegido de los dioses. Todo un hallazgo, entre tantas turbulencias. Claro que, este elegido es uno solo, por su aspecto sandunguero, en el amplio sentido de la expresión. No cualquiera posee ese airecillo de chicuelo bien, educado en colegios de la elite, donde los apoderados los llevan en auto. A veces, educados por institutrices europeas, se convierten en quienes logran llegar a la universidad. Después, se les abre el mundo de las finanzas y el carácter de señoritos, les viene de gracia.
Aunque la palabreja bots suena a excrecencia y nos recuerda los desechos intestinales de la ganadería, ha servido para engalanar nuestro lenguaje coloquial, desde siempre, enriquecido por los poetas. A nadie se le ocurriría escribir un poema dedicado los bots. Ni siquiera, empeñado en reírse de la cursilería criolla, tan propensa a utilizar el inglés, empeñado en darse ínfulas. Puristas o no, debemos admitir que bots, llegó para quedarse. No tendrá aires de señorío, belleza en su pronunciación, sí esa fuerza telúrica que tenemos bajo los pies, en un país donde tiembla a diario. Por algo ese candidato afirolado de frente o de perfil, que mientras sonríe enchueca la boca, instruyó a sus sirvientes a buscar nuevas fórmulas para enfrentar la campaña presidencial. Se caía a pedazos como el tinglado de una obra mal construida. Urgía inyectarle pasión, nuevos bríos a un proyecto desdibujado. En el olvido quedaron diluidas, las acusaciones de demencia senil que tendría, quien fuera alcaldesa de Providencia. Ahora, flamante candidata a la presidencia de una derecha amarillenta, que aún no logra olvidar su amor senil hacia la dictadura.
Bots posee la fuerza de la novedad, venida de otras latitudes. Símbolo de nuestro tiempo, marcado por el miedo al futuro, donde se ignora si de súbito, va a oscurecer para siempre. Frente a esta disyuntiva, bots logra inyectar pasión, donde no la había.
Walter Garib
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