Por Simon Del Valle
El Clarín de Chile. 11 noviembre, 2025
En el último debate presidencial, Jeannette Jara hizo algo que pocos esperaban: se corrió del marco del oficialismo y se instaló fuera del debate tradicional. Lo hizo con una calma calculada, sin sobreactuaciones, pero con una claridad estratégica que la separó del gobierno del cual proviene. No habló como ministra, ni como heredera del proyecto de Gabriel Boric, sino como una figura que busca construir su propio territorio político. Esa distancia, bien ejecutada, puede ser su mejor movimiento hasta ahora.
Mientras los demás candidatos se enredaban en acusaciones o lemas repetidos, Jara pareció mirar el debate desde afuera. Renunció a la defensa cerrada del gobierno y habló con libertad sobre los errores cometidos, especialmente en materia económica. Dijo, sin decirlo abiertamente, que la continuidad no basta, que la gente espera algo más. Su postura marcó un punto de inflexión: ya no se trata de administrar el legado de Boric, sino de disputarle el sentido.
Esa posición de “afuera” no es improvisada. En un escenario donde la política chilena vive una crisis de representación, colocarse por encima del ruido tiene valor simbólico. Jara comprendió que en esta elección nadie quiere ser vista como parte del problema. Su apuesta fue aparecer como la excepción dentro del mismo bloque, la dirigente que entiende el desencanto y que no pretende justificarlo con excusas.
Pero esa jugada también entraña riesgos. En política, distanciarse del poder sin romper con él exige equilibrio. Si la estrategia se lleva demasiado lejos, puede generar ambigüedad: ¿qué representa exactamente Jara si no es la continuidad del actual gobierno ni tampoco su ruptura? Esa es la frontera sobre la que camina desde el debate.
Su discurso amplió la agenda. Ya no se limitó a los temas sociales o previsionales —los que la habían definido como ministra—, sino que se atrevió a hablar de seguridad, orden público y migración, con un tono firme pero sin concesiones populistas. La candidata busca ocupar un espacio que parecía vacante: el del reformismo con autoridad moral. No es un gesto menor. Durante años, la izquierda chilena evitó el lenguaje del orden, dejando que la derecha se adueñara de esa palabra. Jara la recupera, la resignifica y la vincula con la idea de justicia.
En términos de forma, optó por la sobriedad. No interrumpió, no levantó la voz, no cayó en provocaciones. Frente a un escenario saturado de agresividad y desconfianza, esa templanza puede ser leída como una virtud. Su tono pausado, su seguridad técnica, la colocan en un registro que contrasta con el ruido. Sin embargo, en la televisión política —donde la emoción suele imponerse sobre el argumento— esa contención también puede ser leída como falta de garra.
El debate, más que una disputa de ideas, se pareció a una competencia de estilos. Kast y Kaiser apostaron por el dramatismo, por la amenaza y el miedo; Matthei insistió en la prudencia y la experiencia; Jara, en cambio, se corrió de la escena. Jugó a la distancia, dejando que los demás se desgastaran en el barro. Desde ahí, logró algo difícil: instalar temas sin gritar, aparecer distinta sin parecer débil.
Ese “afuera del debate” no significa indiferencia, sino cálculo. En un momento en que el oficialismo está desgastado y la oposición dividida, Jara entendió que su mayor fortaleza es no parecer prisionera de ninguno. Su mensaje fue simple: ni Boric ni Kast; ni continuidad ni ruptura ciega. Una línea delgada, pero eficaz, para una ciudadanía que ya no busca revoluciones ni reformas cosméticas, sino estabilidad con cambio.
La apuesta tiene coherencia con el clima social. Los chilenos parecen cansados de la polarización y de los discursos apocalípticos. Quieren resultados concretos. En ese contexto, Jara encarna algo poco común: una candidata de izquierda que no ofrece épica, sino solvencia. Un liderazgo técnico, casi administrativo, pero con una sensibilidad política que conecta con las preocupaciones cotidianas.
No obstante, al alejarse del gobierno, Jara también se aleja de una estructura militante que podría serle crucial. Su fuerza no está en los partidos, sino en la opinión pública. Y esa base, volátil por naturaleza, puede girar tan rápido como se entusiasma. En ese sentido, su distancia del gobierno es también una apuesta por una forma de liderazgo más personalista, más directa, más dependiente de su propio desempeño mediático.
Lo interesante es que esa jugada no ocurrió en el vacío. En el mismo escenario, otro fenómeno se asomó: el ascenso de Johannes Kaiser. En términos performáticos, Kaiser superó a José Antonio Kast. Mostró más soltura, más ritmo y una agresividad calculada que conecta con un público hastiado de eufemismos. Kast, por el contrario, se vio acartonado, anclado en su propio personaje. El riesgo para la derecha dura es evidente: que un extremista más frontal logre desplazar al candidato tradicional y radicalizar aún más el eje del debate. Kaiser ha pasado de ser un actor marginal a un contendiente que, si sigue creciendo, podría reconfigurar completamente la escena del conservadurismo chileno.
Mientras tanto, Jara parece moverse en otro plano. Su lenguaje busca reposicionar la política como un espacio de racionalidad en medio del ruido. Sabe que la rabia no le pertenece —esa energía la monopoliza la derecha radical—, y por eso intenta convertir la serenidad en un valor político. En una cultura saturada de gritos, su silencio medido puede ser más potente que cualquier eslogan.
La clave será si logra sostener ese tono sin volverse invisible. Porque la distancia puede ser virtud o abismo. Hasta ahora, le ha permitido crecer sin polarizar, ampliar su base sin provocar rechazo. Pero en la recta final, la contienda se decide por contraste: quien no polariza, corre el riesgo de diluirse.
El debate de anoche mostró un mapa de fuerzas en transformación. Kast encarna un pasado ideológico; Kaiser, un presente inquietante; Matthei, una promesa de estabilidad que ya no entusiasma; Jara, una apuesta por el equilibrio. De todos, es ella quien más se parece al país real: cansado, desconfiado, pero aún dispuesto a creer en una política que no renuncie a pensar.
En esa sobriedad, casi anticlimática, reside su mayor potencia. Si logra mantener la distancia justa —cerca del poder, pero no sometida a él—, Jeannette Jara podría consolidarse como la figura que encarne el cambio sin caos. No es poco en un tiempo donde todo parece gritar. Su desafío, ahora, será demostrar que el silencio también puede gobernar.
Simón del Valle
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