Por Antu - Para UTE-NOTICIAS - 06 DE DICIEMBRE 2025
El control marítimo global de Estados Unidos, sostenido desde 1823 (Doctrina Monroe) y consolidado tras 1945, está entrando en su fase terminal debido a la capacidad de China y Rusia para enfrentar el dominio naval estadounidense en regiones clave.
Durante casi doscientos años, Estados Unidos no necesitó negociar su poder en América Latina: lo ejerció. El hemisferio occidental funcionó como su zona de influencia exclusiva. La Doctrina Monroe no fue una proclama idealista, sino una declaración de hegemonía. El mensaje era simple: ninguna potencia externa sería tolerada en este espacio. Y durante más de un siglo, Washington pudo imponer esa regla sin grandes costos. Ese principio no era idealismo. Era realismo puro. Era geopolítica desnuda.
No es casualidad. No es un error. No es una “crisis interna”. Es un método. Chile, Cuba y Venezuela no son historias separadas: son capítulos distintos de un mismo manual de castigo imperial contra quienes se atreven a romper la obediencia.
A Chile desde 1970 con el asesinato del general Rene Schneider y el plan de Estados Unidos ordenando “hacer chillar la economía” . Hoy ese mismo crimen se llama “sanciones”. El efecto es idéntico: desabastecimiento, inflación, caos social, desesperación .
A Cuba la intentan matar de hambre desde hace más de sesenta años, es la prueba histórica de la crueldad sin fecha de término. Bloqueo, sabotaje, atentados, aislamiento total. No para “promover la democracia”, sino para castigar a un pueblo completo por haber expulsado a los dueños del país. El mensaje ha sido siempre claro: el que se libera, paga.
Venezuela es la obra completa del siglo XXI. Golpe de Estado en 2002. Sabotaje petrolero. Guerra mediática. Sanciones criminales. Robo de miles de millones de dólares en el exterior. Intentos de fractura militar. Incursiones mercenarias. Un “presidente” de cartón fabricado en estados unidos, sin país, sin votos y sin pueblo, sostenido por potencias extranjeras, un tal Juan Guaidó, una premio nobel de la paz Carolina Machado que llama a invadir a su propio país . Todo eso se llama invasión, aunque no lleve uniforme. Cambia el instrumento, no cambia el verdugo. Hoy lo ejecutan bancos, embajadas y organismos internacionales.
En política internacional no gobiernan la ética ni el derecho, gobierna el poder. Los estados buscan sobrevivir, maximizar su seguridad y ampliar su margen de maniobra. Mientras Estados Unidos fue la única superpotencia indiscutida del sistema, pudo castigar, aislar y disciplinar a quien desafiara su autoridad en el hemisferio. La presión económica extrema, el sabotaje financiero, el bloqueo diplomático e incluso la amenaza militar funcionaban porque no existían contrapesos reales.
El ascenso de China como potencia global, la reingeniería militar de Rusia y la proyección estratégica de actores como Irán han transformado la estructura del sistema internacional. La unipolaridad terminó. Lo que existe hoy es competencia entre grandes potencias. Y cuando hay competencia, las zonas de influencia dejan de ser estables.
Venezuela no resiste por razones ideológicas. Resiste porque ya no está sola. Cuando China financia, Rusia protege e Irán comercia, el castigo deja de ser absoluto. Y en relaciones internacionales, un castigo que no es total pierde su eficacia estratégica. Estados Unidos puede seguir sancionando, pero ya no puede aislar completamente. Puede seguir presionando, pero ya no puede estrangular sin interferencias. Su herramienta central de control —la soledad del adversario— se ha debilitado. Este es el punto decisivo: Washington ya no puede imponer obediencia automática ni siquiera en su propia vecindad geopolítica.
Desde el realismo, esto no es una derrota moral, es una derrota estructural. Estados Unidos enfrenta hoy una sobre extensión estratégica evidente. Compite con China en el Indo-Pacífico. Sostiene una guerra indirecta contra Rusia en Europa. Administra múltiples frentes de tensión en Medio Oriente. Y al mismo tiempo intenta preservar su dominio tradicional sobre América Latina. Ninguna potencia puede sostener simultáneamente todos esos frentes sin pagar un precio.
Venezuela es parte de ese precio. No porque sea un actor poderoso, sino porque se ha convertido en un punto de inserción de potencias rivales dentro del espacio que Estados Unidos consideró durante un siglo como cerrado. Cada acuerdo energético con China, cada cooperación militar con Rusia, cada intercambio con Irán es leído en Washington como lo que realmente es: una intrusión estratégica en su zona histórica de influencia. China y Rusia no están en Venezuela por razones ideológicas ni por solidaridad romántica. Están allí porque cada punto de presión sobre Estados Unidos en el hemisferio occidental debilita su posición global. Para ellas, Venezuela es una pieza más en un tablero mucho más amplio.
La reacción estadounidense, por tanto, no es racional en el largo plazo, pero sí previsible: más sanciones, más presión, más desestabilización, más guerra híbrida. Así actúan las potencias cuando perciben que su hegemonía se erosiona. No retroceden: reaccionan con rigidez.
Venezuela no es una excepción histórica. Es una señal temprana de un proceso más amplio: el debilitamiento del control hemisférico estadounidense en un sistema internacional cada vez más competitivo. Otros estados observan, calculan y aprenden. Cuando el castigo deja de ser automáticamente letal, la desobediencia deja de ser impensable.
Las transiciones hegemónicas nunca son pacíficas. Cuando una potencia pierde supremacía, el sistema entra en una fase de fricción permanente. América Latina comienza a entrar en esa fase. Ya no es una región políticamente sellada. Vuelve a ser un espacio de disputa entre poderes.
Durante los años noventa, Washington creyó que había alcanzado el “fin de la historia”. Expandió la OTAN, intervino militarmente en Medio Oriente, rediseñó economías, derribó gobiernos, impuso sanciones, bloqueos, cambios de régimen. Todo en nombre de la democracia, los derechos humanos y el libre mercado. Pero en realidad, lo que estaba haciendo era consolidar un proyecto clásico de dominación hegemónica. Ese proyecto hoy muestra signos claros de agotamiento.
Estados Unidos sigue siendo una gran potencia, pero ya no es una potencia sin rivales. Y lo más importante: ya no puede imponer su voluntad de manera barata. Cada movimiento le cuesta más. Militarmente más. Económicamente más. Políticamente más. La era dorada del Dólar barato termino, imprimir ya no es solución,
Estados Unidos, enfrenta hoy límites que no enfrentaba en el siglo XX. Está atado a una competencia estratégica decisiva con China en el Indo-Pacífico. Está profundamente involucrado en la guerra de Ucrania frente a Rusia. Sus recursos, su atención y su cohesión interna están cada vez más tensionados. En ese contexto, la capacidad de Washington para concentrar poder de forma sostenida en América Latina simplemente ya no es la misma.
Esto nos lleva a una conclusión clave: Venezuela no se ha “liberado” porque haya derrotado militarmente a Estados Unidos, sino porque el sistema internacional ya no permite a Estados Unidos ejercer un dominio incontestado. La liberación de Venezuela es, en realidad, un síntoma directo del declive relativo del poder estadounidense.
Este fenómeno no se limita a Venezuela. Lo veremos repetirse, con matices distintos, en otras partes de América Latina. Países que durante décadas vivieron bajo la sombra directa de Washington ahora perciben que existe un mayor margen de autonomía. No es que Estados Unidos haya desaparecido del continente; sigue siendo una potencia formidable. Pero ya no es un árbitro absoluto.
Desde la lógica del realismo, este proceso traerá más inestabilidad. Cuando una potencia dominante pierde control sobre su esfera de influencia, los conflictos aumentan. Estados Unidos no aceptará fácilmente esta pérdida de autoridad. Intensificará sanciones, presiones diplomáticas, operaciones encubiertas y esfuerzos por recomponer alianzas. Pero cada uno de estos instrumentos será menos eficaz que en el pasado.
Estamos entrando en una etapa histórica completamente distinta. El orden unipolar posterior a la Guerra Fría ha terminado. Lo que emerge en su lugar es un mundo de competencia abierta entre grandes potencias, donde incluso regiones que antes parecían políticamente “cerradas” se convierten en escenarios de disputa estratégica.
Venezuela, en este sentido, no es una excepción exótica. Es una señal temprana de hacia dónde se dirige el sistema internacional. La pregunta ya no es si Estados Unidos podrá recuperar su control absoluto sobre América Latina. La verdadera pregunta es cuánto conflicto generará su intento de hacerlo.
China no solo compite en armamento o comercio. Compite en infraestructura, energía, financiamiento, tecnología, inteligencia artificial, telecomunicaciones. Compite en África, en Asia Central, en Medio Oriente y, cada vez con más claridad, en América Latina, exactamente donde Washington decía tener su “patio trasero”.
Ese concepto —el patio trasero— es uno de los símbolos más claros del viejo orden. Durante décadas, ningún país latinoamericano fue verdaderamente soberano en política exterior si sus decisiones entraban en conflicto con los intereses estratégicos de Washington. Gobiernos fueron derrocados, economías saboteadas, líderes asesinados, pueblos castigados.
Y ahora, por primera vez en 200 años, Estados Unidos enfrenta una situación que no puede controlar plenamente en su propio hemisferio. No porque América Latina se haya vuelto poderosa por sí sola, sino porque ahora dispone de alternativas externas reales.
Eso cambia todo.
El fin del control absoluto de Estados Unidos no implica un mundo más justo automáticamente. Tampoco garantiza mayor democracia. Lo que sí garantiza es un mundo más inestable, más competitivo y más peligroso. La multipolaridad no es un escenario de cooperación armoniosa. Es un sistema de fricción permanente entre grandes poderes.
Y Estados Unidos no ha terminado de aceptar esa realidad.
Washington sigue hablando como si el mundo estuviera obligado a obedecerlo. Sigue usando sanciones como si fueran instrumentos quirúrgicos cuando en realidad son armas de desgaste masivo. Sigue creyendo que puede disciplinar a países enteros sin consecuencias estratégicas. Pero cada sanción empuja a más países fuera del sistema dominado por el dólar. Cada intervención erosiona la legitimidad que alguna vez tuvo.
La paradoja es clara: cuanto más intenta Estados Unidos conservar su dominio unipolar, más acelera su propia pérdida de influencia.
Estamos entrando en una era donde el poder se mide de otra forma: cadenas de suministro, control de datos, rutas marítimas, semiconductores, minerales críticos, energía. No basta con portaaviones. No basta con bases militares. El poder ahora es estructural, no solo militar.
Y en ese terreno, Estados Unidos ya no está solo en la cima.
El mundo que viene no será el mundo que EE.UU. diseñó tras 1945 ni el que celebró tras 1991. Será un mundo de zonas de influencia disputadas, de alianzas flexibles, de pactos transitorios, de competencia constante. Un mundo donde la soberanía real volverá a tener un precio alto. Y donde ningún país podrá darse el lujo de vivir de ilusiones morales.
El fin de 200 años de control estadounidense no es un acto de justicia histórica ni una tragedia inevitable. Es simplemente el resultado lógico del desplazamiento del poder en el sistema internacional.
Así funciona la historia. Así funciona la política de las grandes potencias . y así, nos guste o no funcionara el siglo XXI
ANTU- Ex dirigente de la Universidad Técnica del Estado
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