AMARGOS (E INEVITABLES) RESULTADOS

por Danilo Araneda – Para UTE-NOTICIAS  -  15 de diciembre 2025

Indiscutible triunfo de la derecha, marcando su retorno al gobierno. Pero, en esta ocasión se trata no solo del retorno de la derecha tradicional, sino de la derecha pinochetista.

No se trata solo del simple triunfo electoral, sino de la magnitud de la derrota. La derecha gana en todos y cada una de las regiones del país, con una diferencia de casi 20 puntos. La votación ganadora muestra una enorme expansión hacia sectores que anteriormente se ufanaban de ser ajenos a la derecha.

Es probable que algunos de los partidarios de Jara se desquiten hablando en contra del “pueblo ignorante” que ha permitido el triunfo de quienes vienen a conculcar sus derechos laborales, sindicales y sociales, además de marcar un retorno al oscurantismo en lo cultural. Tampoco faltarán quienes digan que este pueblo tiene solo lo que se merece.

Sin embargo, lo cierto es que no se puede culpar al pueblo por esta derrota. Y ello por varias razones:

Lo primero, es preciso reconocer que éste es el país que hemos construido durante todos estos años post dictadura, donde la ciudadanía, los asalariados, los pobladores, las dueñas de casa han acusado de manera directa los efectos de haber preservado el sistema económico heredado del pinochetismo.

Se argumenta que nada más podíamos hacer en el marco de un retorno pactado a la democracia, pactado en parte por los mismos que propiciaron el Golpe de Estado. En realidad, aquí radica buena parte de los problemas: la política adoptada por el Gobierno de Aylwin para desmontar todas las luchas sociales, eliminar los medios de comunicación que comenzaron a criticar la connivencia con las políticas heredadas de la dictadura, y el “acomodamiento” (hasta el día de hoy) de los partidos, que cambiaron ideología por prebendas de poder, derivaría en la “imposibilidad” de terminar con los pilares económicos e institucionales de la dictadura, y que habrían de constituir una de las principales barreras para implementar cambios estructurales. Una interrogante, aún sin respuesta, es ¿En quién recae la responsabilidad por esto?

En este mismo país post-dictadura, el marco impuesto por “en la medida de lo posible” también significó encadenar las posibilidades por desarrollar una cultura de la Memoria. Ciertamente, no fueron suficientes los informes Rettich y Valech, ni el Museo de la Memoria, ni las reparaciones pecuniarias, si en el camino poco a poco iban siendo olvidadas las demandas de los familiares de los desaparecidos y torturados políticos. Los resultados son patentes, la memoria no logró hacerse parte del sistema educacional y la sociedad chilena guarda débiles recuerdos de lo que fue la dictadura del fascismo en Chile. Al extremo que la palabra “fascismo” fue simplemente borrada del léxico nacional. Hoy gritar “¡El que no salta es facho!” es inútil, la ciudadanía ya no entiende su significado.

Lo segundo, es reconocer la incapacidad de los partidos políticos tradicionales para visualizar la demanda ciudadana por soluciones, atendiendo los requerimientos de los desposeídos, de los asalariados. La incapacidad para entender el tremendo daño que hacía a las causas populares el no poder resolver las carencias del sistema de salud pública, del sistema educacional, de la vivienda, de la situación de los pueblos indígenas (hasta hoy sometidos a un nivel inusitado de militarización).

Muchas de estas preocupaciones fueron puestas en la palestra por el enorme “estallido social” del año 2019. Sin embargo, las fuerzas opositoras a la derecha fueron incapaces de comprender el mensaje del pueblo chileno, y limitaron sus discursos a los escenarios elaborados por la derecha y los movimientos anarquistas. La violencia absurda del lumpen y la represión desatada sepultaron las justas demandas de la población. El estallido fue apagado convenientemente por la derecha y la pseudoizquierda. Baste solo recordar que el fatídico “acuerdo por la paz” que transformó las demandas en un plebiscito y la épica en un recuento delincuencial, así como las posteriores declaraciones del Presidente Boric en los funerales de Piñera.

Algo que pasó desapercibido en ese momento (o convenientemente ignorado), fue la enorme brecha entre los intereses populares y quienes pretendían ser sus representantes, lo que se reflejó en una enorme desorganización e incapacidad de estructurar intereses comunes. Esta carencia de capacidad para dar una organicidad a las demandas sociales derivó en un paulatino alejamiento de la población y la búsqueda por representantes que los escucharan y dieran voz a sus demandas.

Lo tercero, se debe reconocer de una vez por todas la incapacidad de las fuerzas populares para estructurar intereses comunes, que permitan construir una plataforma única a través de las organizaciones sociales, sindicales, profesionales y estudiantiles. Cierto es que en ello influyeron, además, las políticas directas implementadas por el oficialismo y que facilitaron el desarme de las redes sociales. Nunca antes en la historia de Chile el movimiento social se había enfrentado a tal grado de desintegración.

La falta de organización social es una de las principales características del Chile de hoy, con un predominio apabullante de lo individual por sobre el interés colectivo, social.

Lo cuarto, la derecha ha mostrado una notable habilidad para apropiarse de las principales consignas de las demandas populares. Por la vereda del frente ha sido notable el cómo el movimiento popular perdió toda capacidad de reacción. Hoy las demandas por justicia social, por seguridad, por mejores ingresos, por mejor salud, etc., son demandas que aparecen afianzadas a la derecha. Como resultado de ello, enormes sectores de la población parecieran haberse “desclasado” y abrazan las banderas que les ofrece la derecha.

Vienen días difíciles:

Deben ser días de reflexión, autocrítica. Pero, lo principal, debemos avanzar en la creación de unidad de los asalariados, de unidad programática y de organización. Sin embargo, no podrá haber unidad sin claros acuerdos programáticos ni metas que reflejen de manera fiel las necesidades de los asalariados y el resto de la población, permitiendo al mismo tiempo terminar con las malas prácticas al interior del movimiento popular. Es preciso recuperar toda la organización social que ha caracterizado a la historia de los trabajadores en Chile.


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