JOSÉ ANTONIO KAST GANA EN CHILE, PERO ¿PODRÁ GOBERNAR?

Marcelo Mella Polanco -* Marcelo Mella Polanco

Profesor del Departamento de Estudios Políticos en la Universidad de Santiago de Chile - Doctor en Estudios Americanos y máster en Ciencia Política por la Universidad de Santiago de Chile. Licenciado en Historia por la Católica de Valparaíso (Chile) - 17 de diciembre de 2025 – agendapublica.es/

La amplia victoria del candidato de derecha radical José Antonio Kast choca con las "intensas negociaciones" políticas que tendrá que llevar a cabo en los próximos meses. El politólogo chileno Marcelo Mella identifica tres escenarios para el país, que van desde las sinergias entre la derecha tradicional, la libertaria y la radical de Kast hasta una posible "gobernabilidad obstruida" con un aumento de las tensiones sociales.

La elección de José Antonio Kast como presidente de Chile en la segunda vuelta, con un 58,2% de los votos, encierra una paradoja. Si bien el candidato republicano obtuvo una votación histórica —7.249.850 sufragios—, con respaldo tanto del votante obligatorio como de sectores de mayor vulnerabilidad social, la correlación de fuerzas en el Congreso Nacional lo situará, al menos en la fase inicial, al frente de un Gobierno en minoría. Esta singular condición de ejercer la presidencia con un respaldo popular considerable, pero con apoyo legislativo minoritario, constituye una contradicción recurrente del presidencialismo cuando coexiste con una elevada fragmentación del sistema de partidos.

"La similitud de este balotaje con el resultado del plebiscito del 4 de septiembre de 2022 resulta evidente, reflejando la incapacidad de los partidos de izquierda para canalizar el malestar ciudadano"

En relación con la primera vuelta celebrada en noviembre, José Antonio Kast experimentó un crecimiento de 4.147.694 votos en el balotaje, incorporando las votaciones de Johannes Kaiser y Evelyn Matthei, además de una parte significativa del electorado de Franco Parisi. Por su parte, Jeanette Jara aumentó su votación en 1.733.406 sufragios. Estos resultados convirtieron a ambos candidatos en los más votados de la historia electoral chilena. La similitud de este balotaje con el resultado del plebiscito del 4 de septiembre de 2022 —que selló la derrota del proyecto refundacional impulsado por el Gobierno de Gabriel Boric— resulta evidente, reflejando la incapacidad de los partidos de izquierda para canalizar el malestar ciudadano y consolidando un impulso reaccionario posterior al estallido social del 18 de octubre de 2019.

Pese a la contundencia del triunfo de la derecha radical, el Gobierno de Kast hereda restricciones estructurales que han condicionado la suerte de administraciones anteriores en Chile. La principal de ellas es su condición de Gobierno minoritario, lo que compromete la viabilidad legislativa de la nueva administración. En este contexto, el primer desafío del Gobierno de Kast será la articulación del frente interno. La intuición podría sugerir que el principal obstáculo provendría de una izquierda derrotada electoralmente; sin embargo, la evidencia indica que la amenaza más inmediata para la gobernabilidad emana de la fragmentación interna y de la incongruencia ideológica de la propia derecha. El bloque de apoyo no será monolítico: la derecha chilena se caracteriza por una elevada heterogeneidad ideológica y, además, el Partido Republicano —la fuerza del presidente electo— constituye solo la segunda bancada del sector, estructurándose una "tríada" de fuerzas con intereses y lealtades contingentes.

La composición del oficialismo supone la articulación de una gran coalición, o bien de una coalición programática, entre tres espacios políticos que presentaron candidaturas propias en la primera vuelta y que, más aún, representan ethos ideológicos diferenciados (Figura 1). En primer lugar, Chile Vamos (A), expresión de la derecha tradicional encarnada por Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), actores centrales de la transición y hoy debilitados —al igual que la centroizquierda— por el pragmatismo hegemónico de ese periodo, que desdibujó la identidad de sus partidos. En segundo lugar, el Partido Republicano (B), núcleo ideológico del liderazgo de Kast, de orientación ultraconservadora, surgido como escisión de la UDI en rechazo a su pragmatismo electoral. En tercer lugar, el Partido Nacional Libertario (PNL) (C), un actor de menor peso parlamentario, pero decisivo para la construcción de mayorías y el más cercano a la corriente representada por Javier Milei y La Libertad Avanza.

Como se observa en la figura, a nivel de la Cámara de Diputados la correlación de fuerzas es la siguiente: Chile Vamos (A = 21,3%), Partido Republicano (B = 20%) y PNL (C = 5,2%), configurando una relación A > B > C, donde además se cumple que A + C > B. Esta distribución vuelve prioritaria la coordinación temprana de Kast con el PNL, ya que le permite reducir el riesgo de una oposición bilateral en el inicio de su administración y, al mismo tiempo, contener expectativas desbordadas de Chile Vamos. Con todo, el poder de negociación de la denominada "derechita cobarde" —como ha sido motejada por la derecha radical— reside tanto en la experiencia de sus cuadros en la administración del Estado como en el tamaño de su contingente parlamentario.

"Una cosa es la disposición a integrar el Gobierno pese a las diferencias ideológicas y otra muy distinta es la capacidad de sostener dicha articulación en el mediano plazo"

Es probable que la conformación del nuevo bloque oficialista no se demore. No obstante, una cosa es la disposición a integrar el Gobierno pese a las diferencias ideológicas y otra muy distinta es la capacidad de sostener dicha articulación en el mediano plazo, donde persiste un eclecticismo no resuelto. Después de todo, en el corto plazo los intereses suelen pesar más que las buenas razones. Esta configuración contingente tenderá a generar un "equilibrio dinámico" marcado por tensiones ideológicas y estratégicas, lo que elevará los costos de coordinación y aumentará el riesgo de que los propios aliados terminen bloqueando la agenda presidencial, dependiendo del nivel de "sacrificio ideológico" requerido para asegurar la gobernabilidad. En otras palabras, aun cuando la votación de Kast en el balotaje fue significativa, el sostenimiento de una gran coalición constituye un desafío complejo, dado que los tres bloques de derecha comparten solo un reducido conjunto ganador de intereses comunes (winset) para definir prioridades legislativas y coordinar estrategias.

Desde esta perspectiva deben leerse las señales emitidas el propio día de la segunda vuelta. Entonces, Evelyn Matthei señaló a los medios que se avecinaba un tiempo "interesante", en el que sería posible observar cómo Kast cumpliría sus compromisos de recorte fiscal por "seis mil millones de dólares en dieciocho meses", la eliminación del pago de contribuciones para los adultos mayores y el sellado de la frontera para impedir el ingreso de inmigrantes irregulares. Más allá de si el nuevo oficialismo opta por la tesis de una gran coalición que articule a los tres bloques, o por una coalición programática más autolimitada orientada a viabilizar ciertos temas prioritarios, no está en discusión que un Gobierno de coalición constituye la única vía realista para hacer gobernable una administración de ultraderecha, con independencia de las demandas identitarias de las distintas tribus partidarias. El siguiente gráfico muestra los beneficios de la articulación en coalición en la Cámara de Diputados y en el Senado.

En el caso de la Cámara de Diputados, el contingente parlamentario del futuro Gobierno aumenta de 20% a 49% con la posibilidad de construir mayoría con parte del contingente legislativo del Partido de la Gente que actuará como pivote. En cuanto al Senado, la formación de una coalición efectiva permite que el Gobierno de Kast llegue al 50% de los escaños, sin embargo, en la Cámara alta, estructurada en dos bloques y con riesgo de esclerotización, solo puede consolidar una posición mayoritaria con el concurso de senadores pivotes como Francisco Huenchumilla (PDC) y Karim Bianchi (Indep.).

Dadas estas condiciones iniciales, el presidente electo deberá trabajar en los próximos meses antes de asumir la arquitectura de su coalición de respaldo generando condiciones para asegurar eficacia legislativa y consolidar un escudo de protección en ambas cámaras en torno a tres posibles escenarios. 1. Escenario optimista: gobernabilidad consolidada. En este escenario, el Gobierno logra articular una coalición estable que integra a la nueva derecha (PNL y Partido Republicano), a la derecha tradicional (UDI, RN y Demócratas) y a sectores moderados. Las reformas en materia de seguridad, política migratoria y control fronterizo exhiben resultados tempranos, lo que se traduce en un aumento de los niveles de aprobación ciudadana. La economía se ve favorecida por un entorno de estabilidad institucional, mayor inversión y un fortalecimiento de la confianza empresarial. En este contexto, el Ejecutivo consigue aprobar reformas clave mediante mecanismos de negociación política y una clara priorización programática. 2. Escenario base: gobernabilidad limitada pero funcional. Aquí, el Gobierno enfrenta tensiones legislativas recurrentes, aunque logra avanzar en la aprobación de medidas centrales en seguridad y eficiencia del Estado. La relación con la derecha tradicional se mantiene en términos colaborativos pero de manera intermitente, especialmente en materias valóricas o presupuestarias. La presión social permanece en niveles moderados y la economía registra un crecimiento acotado, pero sostenido. La gobernabilidad se preserva gracias a acuerdos tácticos acotados y a ajustes pragmáticos en la agenda gubernamental.

  1. Escenario crítico: gobernabilidad obstruida y conflicto social. Finalmente, en este caso el Gobierno no logra articular mayorías estables en el Congreso, lo que deriva en un bloqueo legislativo persistente. Las políticas de seguridad no muestran resultados en el corto plazo, erosionando rápidamente la legitimidad del Ejecutivo. Aumentan las protestas sociales y se intensifica la conflictividad con el poder legislativo y los tribunales. La derecha tradicional se distancia del Gobierno y comienza a actuar como un veto player. La caída en los niveles de aprobación debilita significativamente la capacidad de iniciativa y control de la agenda gubernamental. "Este giro implica necesariamente distanciarse de cualquier impulso de Gobierno monocolor y reconocer los límites estructurales de la acción unilateral"

Considerando las correlaciones legislativas que enfrentará José Antonio Kast a partir del 11 de marzo de 2026, resulta paradójico que un liderazgo surgido desde la crítica al pragmatismo y a la supuesta pérdida de convicciones de su propio sector deba asumir que la tarea central para asegurar la gobernabilidad de su administración consiste, precisamente, en construir cooperación y coordinación política. Ello puede materializarse ya sea mediante la conformación de una gran coalición de derechas o, al menos, a través de una coalición programática. En ambos casos, este giro implica necesariamente distanciarse de cualquier impulso de Gobierno monocolor y reconocer los límites estructurales de la acción unilateral en un contexto institucional caracterizado por la fragmentación.

En el discurso pronunciado la noche de su victoria, José Antonio Kast reemplazó el mensaje del candidato republicano —marcado por compromisos de resultados inmediatos frente al crimen organizado y la migración irregular— por un tono más cauteloso, al advertir explícitamente que "los resultados no se verán al día siguiente". Con ello anticipó que, en las intensas negociaciones de los tres meses siguientes, su principal desafío no estará únicamente en el plano externo, sino en el flanco interno: contener las pulsiones del triunfo y sofocar desde el inicio el impulso autoritario de su propia tribu política.


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