CHILE Y SU VIRAJE A LA DERECHA: ALGUNAS LECCIONES QUE DEJA LA DERROTA

EDITORIAL: 30 DE DICIEMBRE 2025

«En los momentos de derrota y crisis es cuando se vuelve posible empezar de nuevo.» Antonio Gramci

El contundente triunfo político-electoral de las derechas chilenas en el balotaje y su próximo arribo a la Moneda de la mano de J.A Kast, abre numerosas interrogantes respecto a las razones que expliquen una de las mayores derrotas sufridas por las fuerzas progresistas durante el presente siglo.

Resulta evidente que no existe una razón única que explique dicho fracaso,  sino que como suele ocurrir con los fenómenos históricos, políticos y sociales, el triunfo de la ultraderecha chilena es multicausal y debiera ser analizado en profundidad, como única forma de reformular las propuestas progresistas y con ello lograr una mayor sintonía con las demandas de las mayorías ciudadanas; particularmente en lo referido a dimensiones fundamentales para su dignidad y su Calidad de Vida, como lo son la Salud, el Trabajo, la Vivienda, la Educación y la Seguridad Ciudadana, por mencionar algunas de  las más urgentes.

Desde una perspectiva global el triunfo de Kast se encuentra íntimamente ligado con el resurgimiento de Movimientos y gobernantes de Ultraderecha en el mundo como Trump, Bolsonaro, Vox, Meloni, Orban y Milei en Argentina,  quienes lograron instalar un discurso con tinte totalitarios, que reivindica el autoritarismo como el único  sistema que brinda orden y seguridad, que  exacerba los nacionalismos como fenómeno identitarios, que se opone a movimientos y fenómenos transformadores como el feminismo e instala el Negacionismo Histórico y la desconfianza en la democracia.

Ya en el plano nacional, es relevante señalar el rol jugado por los medios de Comunicación vinculados a los grandes grupos económicos, quienes actuaron como una eficiente maquinaria fabricante de “miedo al comunismo”, como caja de resonancia de los innegables desaciertos del Gobierno del Presidente Boric y como una cortina de humo que fue capaz de minimizar los evidentes logros en materias relevantes para la ciudadanía.

Análisis posteriores abordaran con mayor profundidad las distintas razones que expliquen las causas de la derrota, sin embargo la experiencia subjetiva del miedo a la delincuencia y el rechazo a la inmigración desbordada, parecen ser algunos de los  factores que más  gravitaron en el sentir ciudadano, al momento de emitir el sufragio.

En ese escenario, con una población desinformada y bombardeada por los medios de comunicación bajo la violenta y falaz consigna de que “el país se cae a pedazos”, las derechas chilenas —“jugando al juego que mejor juega y que más les gusta”— capitalizaron el miedo y lograron erigirse como la supuesta única alternativa capaz de enfrentar la delincuencia y la inmigración irregular, instalando una dicotomía tan simplista como peligrosa: orden versus derechos, seguridad versus democracia.

De este modo, la seguridad ciudadana, una demanda legítima y transversal de la población, fue reducida discursivamente a un problema exclusivamente policial y represivo, invisibilizando sus causas estructurales y desconociendo que no existe seguridad duradera sin cohesión social, sin políticas públicas integrales y sin un Estado presente y suficientemente vigoroso que garantice derechos básicos. Esta operación política no solo deja vacío de contenido el debate público, sino que además promueve la normalización de discursos autoritarios, históricamente conocidos en nuestro país.

El avance de la ultraderecha también interpela  a las fuerzas progresistas, obligándolas a  realizar una autocrítica profunda y honesta. No basta con atribuir la derrota a la manipulación mediática o al miedo social: es imprescindible reconocer la desconexión con amplios sectores populares, la dificultad para traducir proyectos transformadores en mejoras concretas y perceptibles en la vida cotidiana, y la incapacidad de disputar con eficacia el sentido común instalado desde la derecha.

La derrota electoral, por dura que sea, no debiera ser leída como el fin de un ciclo histórico, sino como una señal de alerta. Tal como sugiere Gramsci, las crisis no solo clausuran procesos: también abren la posibilidad de recomenzar, de revisar prácticas, discursos y prioridades, y de reconstruir un proyecto político que vuelva a situar en el centro la dignidad, la justicia social y la convivencia democrática.

Chile ya conoce las consecuencias del autoritarismo, del miedo como herramienta política y de la subordinación de los derechos humanos en nombre del orden. La tarea que se abre hoy para el progresismo no es menor: recuperar la confianza ciudadana, disputar el relato de la seguridad desde una perspectiva democrática y demostrar, con hechos y no solo con consignas, que es posible vivir mejor sin renunciar a la libertad, la memoria y los derechos conquistados.

Porque las derrotas, aunque dolorosas, también pueden ser —si se las enfrenta con lucidez y voluntad— el punto de partida para un nuevo comienzo.

CORPORACION SOLIDARIA UTE-USACH