Cristopher Yáñez-Urbina - Doctor en Psicología. Académico Colaborador del Magister en Psicología Educacional de la Universidad de Santiago de Chile. – El Desconcierto – 01-01-2026
En ausencia de transformaciones normativas, fortalecer la educación de la sexualidad exige mirar de frente lo que ya está ocurriendo en la vida cotidiana. Reconocer que todas las familias educan en sexualidad, incluso sin una política pública, no es una consigna, sino una constatación empírica. La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a abandonar diagnósticos simplificadores y a construir, desde ahí, alianzas más realistas y sostenibles.
Con los resultados de las elecciones presidenciales, todo indica que el próximo periodo político no estará marcado por avances sustantivos en materia de legislación sobre educación de la sexualidad. Para nadie es desconocido que el sector del presidente electo no es partidario de esta clase de iniciativas.
Y más allá de evaluaciones valóricas que podríamos hacer al respecto, esta situación instala otra pregunta ineludible, al menos para quienes nos dedicamos a la investigación y no al activismo: ¿cómo se produce la educación de la sexualidad cuando no existen transformaciones institucionales?
[Te puede interesar] Dueños de Dominga serán investigados por la justicia: Habrían hecho pagos en dinero a abogados de ‘Trama Bielorrusa’
La respuesta que nos provee la evidencia acumulada es que la educación de la sexualidad no se suspende por ausencia de una ley, normativa o política pública. Por el contrario, continua ocurriendo, de manera persistente y significativa, en la vida cotidiana de las familias.
Al respecto, con un equipo de la Universidad UNIACC hemos estado desarrollando un estudio que busca analizar las experiencias de madres y padres chilenos sobre la educación de la sexualidad de sus hijos e hijas. Los resultados preliminares muestran que este vital proceso no se vive como la aplicación de contenidos formales ni como la implementación de programas externos, sino como un proceso relacional, situado y atravesado por decisiones prácticas.
Madres y padres educan en sexualidad cuando gestionan preguntas inesperadas, cuando regulan límites corporales, cuando acompañan vínculos afectivos o cuando deciden callar, postergar o, en algunos casos buscar información. Estas prácticas, muchas veces invisibilizadas, constituyen el núcleo afectivo de la educación de la sexualidad cotidiana, una que opera sin política pública y que, por su vitalidad, necesitamos apoyar.
Pese a ello, una parte relevante del discurso investigativo, educativo e institucional continúa abordando el rol de las familias desde una mirada deficitaria, centrada en lo que madres y padres no saben, no hacen o hacen “mal”.
Desde esta perspectiva, las dificultades en educación de la sexualidad se explican por desinformación, prejuicios o resistencia familiar, sin atender a las condiciones sociales e históricas que han producido trayectorias adultas marcadas por el silencio, la fragmentación y la ausencia de referentes formativos. Esta lectura no solo simplifica el fenómeno, sino que dificulta la construcción de alianzas efectivas, mantiene jerarquías intelectuales e incluso produce resistencias por parte de madres y padres; es decir, es totalmente contraproducente en el escenario actual.
Los hallazgos preliminares del estudio tensionan directamente esta mirada. Lejos de una ausencia de preocupación, lo que emerge es una experiencia parental marcada por una carencia formativa intergeneracional, es decir, muchas madres y padres reconocen no haber contado con espacios de conversación ni acompañamiento adulto en su propia infancia y adolescencia. Sin embargo, esta condición no deriva en desresponsabilización, sino en un conjunto de estrategias situadas orientadas a cuidar, proteger y acompañar a hijos e hijas en contextos de alta incertidumbre.
[Te puede interesar] Año Nuevo y salud mental: cómo identificar signos de deterioro emocional y qué hacer si un cercano los presenta
Estas estrategias incluyen dosificar la información, elegir cuidadosamente los momentos de conversación, recurrir a la experiencia personal como referencia, buscar apoyos externos y, en no pocos casos, reconocer abiertamente los propios límites. Desde una lógica deficitaria, estas prácticas suelen interpretarse como improvisación o insuficiencia. No obstante, el análisis muestra que constituyen formas concretas de agencia en escenarios donde no existen guiones claros ni respuestas correctas predefinidas.
El problema, entonces, no es que las familias “no sepan”, sino que se les exige saber en un campo históricamente silenciado y normativamente cargado. Insistir en evaluar el nivel de conocimiento parental desplaza la atención desde el vínculo hacia el control, y desde la experiencia hacia la corrección. En contraste, los resultados sugieren que una de las prácticas más relevantes en la educación en sexualidad cotidiana es la capacidad de sostener conversaciones posibles, aun cuando estas estén atravesadas por dudas, incomodidades o errores.
Este punto resulta especialmente relevante en un escenario de bajo avance legislativo. Cuando el debate público se concentra exclusivamente en la ausencia de política pública, se corre el riesgo de reforzar una lógica correctiva hacia las familias por parte de expertos que juzgan; asimismo, invisibilizan los espacios donde la educación de la sexualidad ya ocurre. Los resultados preliminares muestran que madres y padres no demandan ser reemplazados por expertos, sino acompañados bajo la exigencia de contar con marcos, lenguajes y apoyos que les permitan no enfrentar esta tarea en soledad.
Problematizar la noción deficitaria de la familia no implica idealizarla ni desconocer sus tensiones internas. Por el contrario, implica reconocer que la educación de la sexualidad se produce en un entramado complejo, donde la familia cumple un rol insustituible en el plano relacional, pero enfrenta límites estructurales para sostenerlo de manera aislada. En este sentido, el desafío no es elegir entre política pública o familia, sino reorientar la mirada, pasar de una lógica de déficit a una lógica de experiencia.
Esta reorientación, sin embargo, no está exenta de riesgos. Trabajar desde la experiencia implica trabajar con las familias y no para las familias. Supone reconocer su agencia, preocupaciones y capacidades, evitando miradas asistencialistas que buscan “convencer” o implementar soluciones desde una verticalidad del conocimiento. Se trata de aprender con las familias, tensionar con ellas, y activar estrategias de participación significativas, en lugar de sumar un nuevo programa estandarizado de habilidades parentales.
En ausencia de transformaciones normativas, fortalecer la educación de la sexualidad exige mirar de frente lo que ya está ocurriendo en la vida cotidiana. Reconocer que todas las familias educan en sexualidad, incluso sin una política pública, no es una consigna, sino una constatación empírica. La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a abandonar diagnósticos simplificadores y a construir, desde ahí, alianzas más realistas y sostenibles.
[Te puede interesar] De la naturaleza de los cuidados a los cuidados de la naturaleza: Experiencias de las mujeres recolectoras de orilla en la Caleta de Llico
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
