por Antonio Ramírez – Para UTE-NOTICIAS – 06 de enero 2026
La madrugada del tercer día del año 2026, Caracas despertó conmocionada por sucesivas explosiones y el zumbido del rotor de helicópteros en vuelo rasante.
No pasaron más de tres horas cuando los medios de comunicación de todo el mundo comenzaron a transmitir la noticia de secuestro de Nicolás Maduro y su esposa.
En Venezuela se abrió paso a la incertidumbre y la preocupación por una eventual profundización de los bombardeos. También por el desconcierto respecto de cómo había sido posible que los militares norteamericanos pudieran acceder con relativa facilidad al lugar supuestamente bien protegido del hasta ese momento gobernante caribeño. Un país que presumía estar preparado para enfrentar la “amenaza imperial”, con la ciudadanía movilizada, con tecnología militar de alto nivel y uno de los ejércitos mejor preparados y equipados de América Latina, no puede alegar sorpresa. Aquí la explicación es principalmente política, de política interna, donde por alguna “extraña razón” no funcionó todo el aparataje destinado a proteger al país ante una invasión extranjera que hace ya tiempo venía siendo avisada.
La masacre de un número aún indeterminado de civiles, además de 32 militares cubanos que se encontraban en ese país cumpliendo misiones oficiales a solicitud de órganos homólogos del Estado venezolano[1], marca un hecho de gravedad inusitada, que los medios de comunicación global tratan de ocultar a toda costa. Todo ello en el marco de una violación de la soberanía del pueblo venezolano, del derecho internacional y de la propia Constitución de los Estados Unidos. No solo se trató del secuestro de la máxima autoridad de un país latinoamericano (más allá de las opiniones que de esa autoridad y su régimen se tengan), sino también del intento de terminar a sangre y fuego con la voluntad soberana de ese país, al tiempo que se hacía una severa advertencia a los gobiernos que osaran oponerse al avance del poder imperial norteamericano y a frenar su acceso al dominio absoluto de los recursos pertenecientes a los países de la región latinoamericana.
Así ya había sido definido solo hace unos meses en la nueva Estrategia de Seguridad de los Estados Unidos[2], donde se indica “queremos un hemisferio que permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye las cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe”.[3]
Como destacó la declaración del gobierno chileno, “Esto sienta un precedente extremadamente peligroso para la estabilidad regional y global”, al tiempo que agrega “Si pueden hacerlo allá, ¿por qué no podrían hacerlo en el futuro en otra parte?”[4]
Un interesante análisis, que el medio de redes sociales “El Porteño” califica como apócrifo, pero de gran densidad analítica, sostiene que “el éxito operativo de las fuerzas especiales de EE.UU. solo fue posible por una derrota previa, incubada desde dentro. La ausencia de reacción organizada frente a una incursión aérea masiva sobre Caracas, así como la precisión quirúrgica con que fue localizado el mandatario, constituyen para los autores indicios claros de traición interna y disolución del mando efectivo, más que de una proeza táctica irresistible…”, permitiendo se consumaran el secuestro y la masacre arriba indicada.
El análisis agrupa cuatro principales fallas que permitieron el secuestro de Maduro, entre ellas:
- a) Un fallo estratégico, que permitió la penetración de la inteligencia;
- b) Traición interna, que permitió una penetración humana al más alto nivel;
- c) Perfilamiento Total y Fallo de Contrainteligencia, que impidió detectar y neutralizar el espionaje electrónico y el seguimiento físico;
- d) Colapso operacional, que provocó una parálisis de mando y control en los minutos iniciales de la operación de secuestro.
En el exterior, el exilio venezolano desató frenéticas y multitudinarias celebraciones por el fin del “dictador” y el “retorno a la libertad”. La televisión, radio y prensa oficialista les dio una amplia cobertura, destacando el fin del régimen chavista. Ninguna mención se hacía a las manifestaciones que se realizaban a lo largo de toda Venezuela demandando el retorno con vida del presidente defenestrado, ni mucho menos a la masacre ocurrida.
El frenesí que despertó la intervención norteamericana entre las huestes exiliadas poco a poco ha ido decayendo, tras el verdadero balde de agua fría arrojado por el propio Trump, al referirse a la principal líder opositora como una “mujer muy agradable”, pero que no tiene el apoyo ni el respeto del país. Y, agregaba que “Vamos a gobernar Venezuela hasta poder lograr una transición segura y racional. No queremos que nadie se involucre”[5]. Adicionalmente, Trump advirtió que Estados Unidos acompañará al país sudamericano hasta que se logre plenamente una transición política y social. “Queremos paz, libertad y justicia para el gran pueblo venezolano” y “Estados Unidos no permitirá que figuras del régimen anterior asuman el poder”. Con estas palabras, parecería entenderse que, para la dirigencia norteamericana, con el secuestro de Maduro y familia se habría acabado con el régimen chavista.
La estrategia norteamericana responde a razonamientos claros y definidos. Toda vez que la ruta de la droga no ha pasado ni pasa por Venezuela, en realidad no se trata de combatir al narco. The New York Times citando al Departamento de Justicia de EEUU, acaba de revelar que dio marcha atrás con una de las acusaciones más polémicas que afirmaban que Nicolás Maduro lideraba una organización criminal llamada “Cartel de los Soles” la que en realidad no existe[6],. Lo ocurrido tampoco tiene ninguna relación con la “democracia”, ni con la defensa de los “derechos humanos”. Cuando Washington no puede justificar una guerra abierta, transforma la geopolítica y la lucha contra las drogas en una persecución criminal. Cambia el marco narrativo: “ya no estamos invadiendo un país, estamos deteniendo un delincuente”. Ya la amenaza también ha sido emitida en contra del presidente de Colombia.
La verdad de las cosas, si se tratara realmente de combatir las drogas y el narcotráfico, los objetivos del gobierno norteamericano debieran estar dirigidos a los grupos monopólicos que concentran el comercio de estupefacientes en los EE.UU., y en el sistema financiero norteamericano y global que se encargan del blanqueo de los recursos generados por esta vía. Pero, esto no pasa de ser solo un buen deseo y razonamiento lógico, toda vez que allí residen precisamente los “amigos” del establishment norteamericano.
La cruda realidad es que el gobierno de Estados Unidos está inmerso en una lucha por mostrar fuerza y poder. Como señala la Estrategia de Seguridad Nacional, se trata de garantizar el acceso a las cadenas de suministro y los materiales críticos, sobre la base de que “Estados Unidos nunca debe depender de ninguna potencia extranjera para obtener los componentes básicos —desde materias primas hasta piezas y productos acabados— necesarios para la defensa o la economía de la nación. Debemos volver a garantizar nuestro propio acceso independiente y fiable a los bienes que necesitamos para defendernos y preservar nuestro modo de vida”[7]. Para el caso de Venezuela, se trata del acceso a 300 mil millones de barriles de petróleo, una quinta parte de las reservas globales del recurso.
Además, siempre respondiendo a lo definido por esta Estrategia, el país del norte busca reafirmar y aplicar la Doctrina Monroe, “para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración potente y de sentido común del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos.”[8]
Siguiendo esta estrategia, para Estados Unidos la expulsión de China y de Rusia desde un territorio que Washington sigue considerando su patio trasero, es parte central de esta operación. Al momento de la agresión contra Venezuela, China acaparaba el 85% de las exportaciones de petróleo venezolano, mientras que Rusia había incrementado en un 64% el intercambio comercial con el país caribeño. Por esta vía se consolidaba una asociación petrolera con los países miembros de los BRICS, al tiempo que se avanzaba en transferencia tecnológica, construcción de refinerías y en la integración al sistema financiero de los BRICS.
Todo lo que hoy ocurre trata no solo de Venezuela. Tampoco se trata de libre comercio ni de defensa de la libertad, ni menos de defensa de la democracia. Se trata de enviar un mensaje al mundo, en especial a México, Colombia e incluso Brasil: Estados unidos no está dispuesto a perder influencia en América Latina, ni acepta que otros actores globales establezcan relaciones con los países de la región.
Trump ha sido muy claro: “Vamos a tener a las más grandes empresas de Estados Unidos y el mundo, que van a gastar miles de millones de USD para reparar la infraestructura de petróleo y empezar a generar dinero para el país”, afirmó el mandatario. En respuesta a preguntas de la prensa, Trump confirmó que Estados Unidos tendrá presencia militar en Venezuela para controlar el sector petrolero y supervisar la transición.
Este es solo el preludio de una obra que recién comienza.
En las últimas horas, se han fortalecido los ataques estadounidenses en contra del presidente de Colombia, Gustavo Petro, al que han recomendado “cuidar su trasero”. Esta advertencia da una idea de hacia dónde pueden ir las cosas. Y, por cierto, parece más que evidente que uno de los objetivos finales es Cuba, país dependiente del crudo venezolano. También México está en el horizonte.
Hay que esperar también las reacciones por parte de Dinamarca y demás aliados de la OTAN luego de las renovadas declaraciones norteamericanas de tomar posesión o comprar Groenlandia.
Es preciso considerar, además, los efectos sobre la economía, global, regional y local. Por lo pronto, el fortalecimiento de un poder hegemónico único (Estados Unidos) significaría el fin del sistema de Nacional Unida y del sistema multilateral, y el retorno al intervencionismo y al colonialismo. De otra parte, un escenario que fortalezca la presencia de bloques (EEUU, China, Rusia), podría reproducir el escenario de la Guerra fría.
Finalmente, una preocupación generalizada es ¿qué pasará en los próximos días?
Lo concreto es que, por lo menos hasta este momento, en Venezuela Trump no controla nada esencial: no hay ocupación física del país, no ha intervenido las infraestructuras críticas, no ha puesto una administración provisional y, los más desconcertante para la propia oposición a Maduro, es que les ha restado su apoyo. Junto con ello, las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas han declarado su decisión de preservar el actual sistema constitucional.
[1] https://cubaherald.org/cuba-confirma-oficialmente-la-muerte-de-32-ciudadanos-cubanos-en-acciones-armadas-en-venezuela
[2] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
[3] National Security Strategy of the United States of America. November 2025, pág. 5. https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
[4] https://www.minrel.gob.cl/sala-de-prensa/declaracion-del-presidente-de-la-republica-gabriel-boric-font-por
[5] https://www.youtube.com/watch?v=4jUXm85z8Sw
[6] https://www.nytimes.com/2026/01/05/us/trump-venezuela-drug-cartel-de-los-soles.html
[7] National Security Strategy of the United States of America. November 2025, pág. 13. https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
[8] Ibidem, pág. 15.
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