Crónica Digital 17 enero, 2026
En el debate político existe una cerca invisible. No está hecha de madera ni de alambre, sino de ideas que marcan los límites de lo que podemos imaginar y discutir como sociedad. El economista Thomas Piketty la denomina el “cerco ideológico”. En Chile, una maquinaria poderosa de relatos, que a menudo da la espalda a los hechos, intenta mover está cerca de un pasado que muchos recuerdan con dolor, buscando blanquear un régimen autoritario y un modelo económico que profundizó la desigualdad.
Esta estrategia se alimenta de la posverdad y las noticias falsas. No son mentiras aisladas, sino una campaña orquestada desde sectores de la derecha conservadora para desdibujar la realidad. Se minimiza el terror y el trauma de la dictadura, se presenta el modelo neoliberal impuesto a la fuerza como un “milagro” inevitable y se reduce la compleja historia reciente a eslóganes vacíos. El objetivo es colonizar nuestro sentido común, desplazar los límites de lo aceptable hasta que cuestionar el legado de Augusto Pinochet parezca, una vez más, una herejía.
Este fenómeno local no es ajeno al contexto global. Hoy observamos una creciente inestabilidad geopolítica, donde las normas del derecho internacional son erosionadas por las potencias que las promovieron. Estados Unidos y otras naciones han optado por agredir a otros países, eludiendo sistemáticamente el debate y la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Esta política de hechos consumados y de fuerza por sobre el diálogo multilateral no es neutral: mueve el cerco ideológico mundial hacia posiciones de extrema derecha, normalizando la doctrina del más fuerte, el unilateralismo y el desprecio por la soberanía de los pueblos. Este retroceso en el orden global debe ser observado con alerta, pues su lógica autoritaria y sus efectos desestabilizadores nutren y validan a los discursos reaccionarios en nuestro propio país.
Frente a esta embestida, hemos visto una respuesta tibia, incluso complaciente, desde algunos sectores de la centroizquierda y la izquierda. Atrapados en un “pragmatismo” que a menudo significa rendición, o fatigados por la gestión de gobierno, han permitido que el marco del debate lo defina el adversario. Han aceptado discutir dentro de los límites que la derecha trazó, abandonando en parte la lucha por expandir el horizonte hacia la justicia social y la memoria verdadera. Esta retirada en el campo de las ideas ha dejado un vacío que la extrema derecha ha llenado con un relato sin contrapeso.
La mirada del sociólogo Pierre Bourdieu ayuda a entender esta batalla. Él veía la sociedad como un campo de lucha donde distintos grupos compiten por imponer su visión del mundo como la legítima. En Chile, hemos sido testigos de una colonización profunda de esos campos. Medios de comunicación, centros de estudios, gremios empresariales e incluso rincones de la academia y de organizaciones sociales han sido ocupados por agentes que promueven una visión conservadora y neoliberal. Esta no es una conquista casual, sino el resultado de una estrategia paciente y bien financiada para estructurar desde dentro el espacio donde nacen las ideas. La lucha, por lo tanto, no es solo política o electoral; es una batalla por los cimientos mismos de nuestra conversación pública.
Esta colonización no es un fenómeno exclusivamente chileno. Como advierte el sociólogo José de Souza Martins, el mundo vive aún un prolongado y tortuoso proceso de descolonización, donde las cadenas formales se rompieron, pero los mecanismos de sujeción económica y cultural persisten. Un ejemplo brutal y vigente es el caso de catorce países africanos, obligados por acuerdos poscoloniales a pagar un “impuesto colonial” a Francia como condición para su independencia nominal. Este dato, que parece anacrónico, es la prueba viviente de que las estructuras de dominación se reciclan, no desaparecen. La derecha y el conservadurismo, tanto a nivel global como local, actúan como fuerzas retardatarias de este proceso emancipador. Su propósito es, y ha sido siempre, retrasar cualquier avance civilizatorio que redistribuya poder, riqueza o dignidad. En Chile, ante un gobierno entrante de esta matriz ideológica, debemos estar particularmente alertas. Su proyecto no es de progreso, sino de restauración. A lo que vienen es a cercenar derechos y libertades duramente conquistados, en nombre del orden, la seguridad o una moralina selectiva que siempre termina castigando a los más vulnerables.
Ante este panorama, la respuesta no puede ser más resignación ni un repliegue cobarde hacia un centro que ya no existe. Es urgente y necesario enfrentar con claridad y firmeza al conservadurismo de extrema derecha. Pero el solo enfrentamiento es insuficiente. Necesitamos una tarea más ambiciosa y generosa: construir un gran movimiento social, cultural y político, amplio y comprometido con el bienestar de todas y todos los chilenos. Un movimiento que ofrezca soluciones concretas que la derecha, por su esencia y sus lealtades con los privilegios de unos pocos, jamás podrá ni querrá llevar a cabo.
Este movimiento debe levantar, sin miedo ni complejos, un proyecto que incluya:
Un nuevo pacto fiscal donde quienes más tienen contribuyan de manera justa, para financiar pensiones dignas, una salud pública robusta y una educación verdaderamente gratuita y de calidad.
Una transición socioecológica justa, que enfrente la crisis climática creando empleos sustentables y devolviendo a las comunidades el control sobre bienes esenciales como el agua y la energía.
Una democratización profunda de la economía. Esto implica un desafío constitucional de primer orden, pues la actual Constitución, heredera del modelo pinochetista, establece un “Estado subsidiario”, que en la práctica ha impedido la creación de empresas públicas competitivas, dejando el campo libre a los monopolios privados. Romper este yugo requiere, necesariamente, una reforma constitucional que consagre un Estado empresario y promotor, capaz de fomentar cooperativas, pymes y empresas públicas que compitan en el mercado por el interés común y no por la maximización de utilidades de unos pocos accionistas.
Una política de memoria y derechos humanos activa, que eduque a las nuevas generaciones y garantice “Nunca Más”, desarmando desde la verdad los relatos de la posverdad.
Para lograrlo, debemos recuperar y fortalecer nuestros propios espacios. Es vital apoyar los medios comunitarios, los centros de pensamiento crítico, los sindicatos, las organizaciones territoriales y los colectivos culturales. Desde estos lugares, desde la honradez intelectual y el arraigo en las necesidades reales de la gente, podremos mover el cerco ideológico. Podemos empujarlo hacia un futuro donde la dignidad, la justicia y la verdad histórica no sean sueños lejanos, sino los pilares de una democracia que, por fin, sienta como propia.
La batalla por el Chile real, el que trabaja, sufre y sueña en cada rincón del territorio, se gana disputando el relato y construyendo, día a día, la alternativa. Frente a la amenaza global de la fuerza bruta, al avance local de la desmemoria y al proyecto restaurador que se instala, solo la unidad organizada, la claridad de principios y la valentía inquebrantable pueden oponer una dignidad verdadera. El cerco se corre con hechos, verdad y pueblo movilizado. Esa es la tarea que nos convoca. Es hora de ponernos a trabajar.
Por Marco Hernández Mariángel. El autor es abogado. - Santiago, 17 de enero de 2026.
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