Por: Andrea Zondek | 22.01.2026- El Desconcierto
Necesitamos devolver protagonismo a la persona, no al rótulo. Poner el diagnóstico en su lugar, como una herramienta, y no una sentencia. Promover dignidad, escucha y singularidad. Reconocer apoyos sin fabricar identidades obligatorias. Comprender diferencias sin convertirlas en fronteras.
Juan ya no es Juan: es “el sordo”, “el loco”, “el bipolar”, “el TEA”. El diagnóstico clínico nació como una herramienta: un punto de partida para comprender, tratar y acompañar a la persona, no como identidad ni como sustituto de ésta. Sin embargo, hoy vemos cómo deja de orientar y lo copa todo. Hace que más personas desaparezcan detrás de una etiqueta clínica.
Cuando eso ocurre, el diagnóstico devora. Se come la historia, los talentos, las relaciones, los sueños. Reduce una vida compleja a una palabra. Lo vemos en el trabajo, la educación, la salud, los medios. Y ya no escandaliza, porque el diagnóstico cumplió su tarea previa: deshumanizar sin que nadie se sienta culpable. La ciencia evoluciona, los manuales cambian, pero la etiqueta en el diagnosticado permanece.
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¿Cómo continuar siendo alguien con biografía propia y deseos frente a la presión de ser definido por una condición que parece explicarlo todo? Algunos adultos sienten alivio al recibirlo, porque al fin se entienden. Pero el entorno empieza a mirar desde el diagnóstico: cada error se explica por la condición, cada logro se relativiza.
Como dice una canción de Caetano Veloso, “de cerca nadie es normal”, muchas singularidades no son parte de un trastorno, son parte de la personalidad. Podemos ser distraídos o dispersos sin tener déficit atencional, aunque hoy proliferan apps y tratamientos exprés que lo diagnostican en minutos por redes sociales.
El peso social de los diagnósticos es enorme: generan prejuicios, discriminación y aislamiento. En vez de puente hacia la comprensión, se transforman en muro. Separa, clasifica, jerarquiza: de un lado los “funcionales”, del otro los “casos clínicos”. Incluso el lenguaje cotidiano banaliza: “un país bipolar”, “una sociedad esquizofrénica”. No son metáforas inocentes: refuerzan estigmas y asocian salud mental con caos o peligro.
A esto se suma el sobrediagnóstico de algunas discapacidades. En EE.UU., la prevalencia de personas diagnosticadas como TEA pasó de 1 en 150 niños en 2000 a 1 en 36 en 2023, según los CDC (Centers for Disease Control and Prevention, USA).
No puede explicarse solo por mayor conciencia. Cuando cualquier rasgo se convierte en diagnóstico, el concepto pierde sentido. Y lo más grave: las herramientas pensadas para quienes realmente las necesitan se usan como salvoconducto identitario o ventaja académica y/o laboral, sin evaluación rigurosa.
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El activismo neurodivergente ha visibilizado realidades ignoradas, pero también ha generado zonas grises. El diagnóstico de TEA ha pasado por múltiples nombres: autismo, persona con autismo, neurodivergente, autista. Para algunos, nombrarse así es definición total. El diagnóstico deja de ser condición y se convierte en eje de identidad.
El problema no es el diagnóstico en sí, sino cuando se vuelve centro absoluto y se come a la persona. Cuando deja de servir para comprender y empieza a ordenar el mundo en categorías rígidas.
Necesitamos devolver protagonismo a la persona, no al rótulo. Poner el diagnóstico en su lugar, como una herramienta, y no una sentencia. Promover dignidad, escucha y singularidad. Reconocer apoyos sin fabricar identidades obligatorias. Comprender diferencias sin convertirlas en fronteras.
Porque cuando el diagnóstico se come a la persona, no solo pierde quien es etiquetado. Perdemos todos: la posibilidad de mirarnos como seres humanos complejos, irreductibles a un informe, siempre más grandes que cualquier diagnóstico.
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