Crónica Digital – 26 de enero 2026
Se ha manifestado que serían expresión de “canutofobia” los cuestionamientos a la recién designada Ministra de la Mujer y Equidad de Género, Judith Marín Morales, que hasta su nombramiento era secretaria general del Partido Social Cristiano. Con ello se pretende decir que las críticas darían cuenta de una supuesta discriminación por razones religiosas, en mérito de la adscripción de la futura Secretaria de Estado a la fe evangélica.
Al respecto, llama la atención de que se pretenda hacer un alegato contra la discriminación por razones religiosas invocando el término “canuto”, apelativo despectivo para nombrar a los protestantes y evangélicos, que surgió en medio de las prácticas discriminatorias de que efectivamente fueron víctimas a lo largo de la historia. Como se sabe, tiene su origen en el predicador metodista Juan Bautista Canut de Bon Gil, uno de los pioneros de la obra evangélica en Chile en el Siglo 19 y que debió sufrir la persecución del predominio católico, con el respaldo de la derecha conservadora.
Por otro lado, pareciera que se olvida que los significativos pasos en materia de libertad e igualdad de cultos en Chile se han logrado luego del fin de la dictadura, y en gran medida por iniciativa del campo político progresista. Es el caso de la Ley 19.638, más conocida como “Ley de Cultos” promulgada en 1999 por el segundo Gobierno de la Concertación.
También es el caso de la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos, ONAR, que fue creada el 29 de diciembre de 2005, bajo el gobierno del Presidente Ricardo Lagos, mediante el Decreto Supremo N° 93, bajo la dependencia del Ministerio Secretaría General de la Presidencia y cuyo objetivo principal es servir de puente entre el Estado y las entidades religiosas en Chile, garantizando el cumplimiento de la Ley de Cultos.
Es indispensable agregar que el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes como feriado nacional fue instituido por la Presidenta Michelle Bachelet para honrar a esas iglesias cada 31 de Octubre, rememorando el 31 de octubre de 1517 cuando Martín Lutero abrió paso a la Reforma Protestante.
Los hitos institucionales de la libertad de culto en Chile fueron obra de los gobiernos de la centro–izquierda, no registrándose una obra similar en los períodos de Sebastián Piñera.
Por otro lado, las críticas a Judith Marín no tienen relación alguna con su concepción de la religiosidad, sino con su rol futuro como Ministra de Estado y el papel que ha desempeñado como la autoridad de un partido político. En ambos casos, Marín está sometida, en forma legítima, al escrutinio y las críticas propias de toda democracia, por sus juicios en materia política y en particular sobre políticas públicas. Sus opiniones sobre asuntos claves como el aborto en tres causales, el matrimonio igualitario, los derechos de la mujer, la educación sexual y la existencia misma del Ministerio que ahora encabezará, son y deben parte del debate de la ciudadanía, con completa independencia de que las justifique en mérito de su interpretación de la Biblia, la que por cierto no sostienen todas las iglesias evangélicas y que, en una sociedad plural y con libertad de conciencia, no es compartida por una inmensa mayoría de las chilenas y chilenos.
Habría que agregar un elemento no menos importante: la base teórica de las posiciones de Judith Marín no tiene su fundamento en la Biblia o en las confesiones de fe de las iglesias y las denominaciones protestantes y evangélicas. Es la idea de una “guerra cultural” contra una supuesta “ideología de género”.
La “ideología de género” ha sido confundida con el enfoque de género, término que ha sido adoptado por el sistema internacional de Naciones Unidas para promover la igualdad entre los seres humanos sin importar su sexo, procurando asegurar la paridad de oportunidades, derechos y responsabilidades para hombres y mujeres: para todas las personas, sin importar su raza, religión u orientación sexual.
La “ideología de género”, en cambio, es un concepto inventado recientemente por grupos conservadores que malinterpretan el enfoque de género y afirman que, en el fondo, sería la expresión de un “neocomunismo”, que pretendería la destrucción de la familia. Esta idea ha sido impulsada por corrientes políticas neoconservadoras y de ultraderecha, inicialmente de orígenes católicos, y abarca diversos temas relacionados con los derechos de las mujeres y la diversidad sexual, así como con el progresismo en general.
En América Latina la idea ha sido promovida, principalmente, por los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez. Ambos, luego de escribir libros negando las violaciones a los derechos humanos en la última dictadura trasandina, publicaron el 2016 su best seller: “El Libro Negro de la Nueva Izquierda: Ideología de Género o Subversión Cultural”.
Ambos se han identificado como católicos. Lo más importante: son figuras clave del régimen de Javier Milei. Así, Agustín Laje es presidente de su think thank “Fundación Faro”, y Nicolás Márquez ha sido su biógrafo oficial.
Las personas que tenemos un compromiso social y político progresista inspirado en el pensamiento cristiano, tenemos el pleno derecho e incluso el deber de disentir abierta y legítimamente con esas ideas extremistas.
Por Mónica Sánchez Aceituno. La autora es administradora pública y vicepresidenta nacional de la Federación Regionalista Social.
Santiago, 26 de enero de 2026. - Crónica Digital.
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