CHILE NO SE CAE: ANATOMÍA DE UN PÁNICO ÚTIL

                                                             Fotografía gentileza de LarrainVial

Por: Álvaro Ramis. Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile

Crónica Digital27 enero, 2026

En campaña, la derecha descubrió un viejo truco: cuando faltan ideas, sobra alarma. Se anunció el abismo, se invocó la “crisis fiscal”, se sacudió el espantajo del ajuste inevitable. El país —repitieron toda la campaña— estaba al borde del colapso. El relato funcionó porque el miedo siempre vota. Pero no es algo inocente: el pánico cumplió una función precisa. Preparar el terreno para la motosierra fiscal, los despidos masivos de funcionarios públicos y un programa de shock que, por ahora, se sostiene más en consignas que en evidencia.

El problema es que los números reales, muy tercos y porfiados, no acompañaron ese libreto. El informe con el que el economista Leonardo Suárez se despidió de la consultora LarrainVial cayó como una bomba pequeña pero quirúrgica en este debate. Chile no tiene crisis fiscal en 2026. Punto. Balance cercano a cero. Y ese resultado no cayó del cielo ni es fruto de una revelación de último minuto: es la consecuencia directa de la gestión fiscal, macroeconómica y regulatoria del gobierno de Gabriel Boric, por más que a la derecha le incomode reconocerlo.

La herejía no es ideológica; es contable. Suárez no propuso magia ni voluntarismo: describió un escenario macro que se fue construyendo paso a paso. 2026, dice, será el año en que la economía chilena volverá a moverse: PIB no minero creciendo al 3,6%, inversión fija acelerando al 9% real, demanda interna despertando tras años de anestesia. No un rebote artificial, sino un cambio de ritmo que tiene nombre y apellido: normalización macro, disciplina fiscal y recomposición de expectativas bajo la actual administración.

El cobre hace su parte, desde luego. Con precios entre 530 y 580 centavos de dólar la libra —un salto del 22%—, Codelco duplicaría su aporte fiscal y la minería privada casi duplicaría su recaudación. Pero incluso aquí conviene recordar lo obvio: Codelco no se privatizó, no se desmanteló y no se usó como botín político. El metal rojo volvió a ser un salvavidas fiscal porque el Estado no soltó el timón.

La clave, sin embargo, está en los impuestos internos. La aceleración de la demanda permitiría que los ingresos tributarios no mineros crezcan más de 7% real, muy por encima de lo que proyecta Hacienda. Sumado a un aumento del gasto público acotado —1,7% real, según la Ley de Presupuestos aprobada bajo este gobierno—, el resultado es un equilibrio fiscal “por crecimiento”, no por tijera. Exactamente lo contrario del ajuste brutal que hoy se intentó vender como inevitable.

Aquí el relato de campaña de Kast empezó a resquebrajarse. Porque si no hay incendio, ¿para qué vender mangueras? El discurso de la crisis cumplió una función instrumental: justificar recortes drásticos, despidos masivos y el achicamiento del Estado presentados como heroicidad técnica. El problema es que la urgencia no existe en los datos. La motosierra necesita un país en ruinas; la evidencia muestra uno que, con dificultades reales, Chile logró estabilizarse sin demolición social.

La paradoja es política. El mismo escenario que la derecha dramatiza —una economía que recupera crecimiento y orden fiscal— es el que permitiría al próximo gobierno avanzar en rebajas tributarias y desregulación sin chocar de frente con la restricción presupuestaria. Es decir: la herencia que hoy se niega es la que mañana se intentará administrar. La caja no está holgada, es cierto. Incendios forestales, advertencias de la Contraloría y del Consejo Fiscal Autónomo recuerdan que la prudencia no se jubila. Pero prudencia no es pánico, y responsabilidad fiscal no es despedir en masa.

El mercado, que no vota pero apuesta, ya tomó nota. Inversionistas extranjeros compran deuda chilena en pesos como no se veía en años. Bloomberg lo contó sin épica: en doce meses, la tenencia de bonos locales en manos de no residentes se más que duplicó. Nadie apuesta así si cree que el edificio se viene abajo.

La política del miedo necesita una economía en ruinas para legitimarse. Cuando los datos cuentan otra historia, el alarmismo queda desnudo. Chile no se cae a pedazos. Y quizá esa sea la noticia más incómoda para el presidente electo: que el país, lejos del apocalipsis prometido, funciona mejor de lo que se dice. Y que ese resultado, aunque moleste, tiene responsables claros y están a la izquierda.

Álvaro Ramis

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