30 DE ENERO DE 1933: LA “TOMA DEL PODER” POR LOS NAZIS

Por: Juan Manuel Reveco del Villar

El Desconcierto. 30.01.2026

El 30 de enero de 1933 no solo simboliza el fracaso de la primera democracia alemana, sino también una advertencia histórica sobre la fragilidad de los sistemas democráticos cuando carecen de defensores firmes. La experiencia de Weimar recuerda que la democracia requiere convicción y voluntad de defenderla frente a las amenazas autoritarias.

“¡Y ahora, señores, adelante con Dios!”, fueron las palabras del presidente Paul von Hindenburg con las cuales clausuró el acto de juramento de Hitler como canciller de Alemania y su gabinete el 30 de enero de 1933, marcando uno de los hitos más decisivos de la historia contemporánea. Este acontecimiento simbolizó el derrumbe definitivo de la República de Weimar y el inicio de la dictadura nazi.

La República, nacida a fines de 1918 tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y la Revolución de noviembre, fue desde sus orígenes un régimen frágil, cuestionado por amplios sectores sociales y políticos. La socialdemocracia alemana (SPD), el gran partido de los trabajadores, principal sostén de la república tuvo que enfrentar como enemigos de esta a la derecha nacionalista-conservadora, la extrema derecha nazi y la izquierda comunista, teniendo como aliados a partidos centristas: el partido católico y los liberales de izquierda, representantes de la burguesía democrática.

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La República de Weimar fue considerada por muchos alemanes como un régimen artificial, impuesto por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. La derecha la calificaba como “República Judía” y la asociaba con la leyenda de la “puñalada por la espalda”, que responsabilizaba a socialistas y judíos de la derrota militar. Desde sus inicios, la democracia alemana careció de defensores convencidos: fuerzas armadas, judicatura, funcionarios públicos, prensa conservadora, universidades, industriales y terratenientes se mostraban hostiles.

Entre los factores decisivos que permitieron el derrumbe de la república y el ascenso del nazismo  -las llamadas condiciones de Weimar-, están la herencia de cargas y odio que dejó el Tratado de Versalles, la crisis inflacionaria, la frecuente caída de los gabinetes de gobierno, un sistema electoral que permitía la proliferación de partidos políticos, el uso indiscriminado de los poderes extraordinarios que la Constitución de Weimar otorgaba al Presidente frente a situaciones de crisis, la Gran Depresión de 1929 con su lastre de desempleo masivo que provocó gran descontento, desilusión, radicalización política y violencia, inseguridad, y, no menos importante,  la debilidad de los partidos democráticos para frenar el avance destructivo del partido nazi.

En ese contexto, el Partido Nazi (NSDAP), un partido de extrema derecha, nacionalista, antirrepublicano, racista y expansionista, pasó de ser una fuerza marginal en 1928, apenas el 2,63% de los votos, a convertirse en el partido más votado en 1932, con un 37,27%. Entre 1930 y 1933, la socialdemocracia, aunque todavía era el gran sostén popular de la república y mantenía las mejores credenciales democráticas, se encontraba agotada y sin aliados sólidos: los comunistas siempre mostraron animadversión a la República de Weimar, consideraban a los socialistas traidores y “socialfascistas”, mientras que los partidos de centro y de derecha conservadora contribuían al debilitamiento del sistema al abrir las puertas al extremista partido nazi.

El SPD, considerado el “baluarte de la República”, mostró una estrategia legalista y defensiva que resultó insuficiente frente a la violencia política y la radicalización social. Un ejemplo claro fue su reacción ante el golpe de Estado del conservador Franz von Papen al gobierno de los partidos de la Coalición de Weimar en Prusia en 1932 liderado por el socialista Otto Braun: el partido evitó una resistencia activa, limitándose a acciones judiciales y llamados a la disciplina de los trabajadores socialistas que estaban dispuestos a defender la democracia, lo que desmoralizó a su base y debilitó su prestigio.

Cuando Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933, la “toma del poder” según los nazis, el SPD confundido con la estrategia legalista de acceso al poder que el NSDAP había sostenido desde el fracaso del Putsch de Múnich de 1923, mantuvo la esperanza de que el nazismo fracasara como gobiernos anteriores. Como posteriormente reconocía el politólogo Franz Neumann, protagonista de ese tiempo, la socialdemocracia y sus sindicatos tenían “una incomprensión absoluta del carácter real del nacional-socialismo”, de su condición totalitaria-terrorista.

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El incendio del Reichstag en febrero permitió a los nazis suspender derechos fundamentales y perseguir opositores. En las elecciones de marzo -realizadas bajo extrema violencia nazi- el SPD obtuvo apenas el 18,2% de los votos, mientras el NSDAP alcanzaba el 43,9%. Posteriormente, en marzo, aunque los socialdemócratas fueron los únicos en votar contra la Ley de Plenos Poderes, su resistencia fue simbólica y aislada.

Los sindicatos libres, de tendencia socialista, también adoptaron una postura pasiva frente al nazismo. Su dirigencia, encabezada por Theodor Leipart, buscó adaptarse al nuevo régimen, evitando huelgas o manifestaciones. El 2 de mayo de 1933, tras las celebraciones del Día del Trabajo, los nazis disolvieron los sindicatos, encarcelaron a sus líderes y confiscaron sus bienes, reemplazándolos por el Frente Laboral Alemán.

Simultáneamente, todas las organizaciones socialistas fueron disueltas -entre ellas las paramilitares de defensa de la república- y el SPD fue ilegalizado en junio de 1933 -los comunistas estaban proscritos desde febrero-, acusado de ser un “partido hostil al Estado y al pueblo” y muchos de sus miembros fueron enviados a campos de concentración para opositores políticos. La “Ley contra la formación de nuevos partidos” de julio selló la instauración del Estado nazi de partido único.

A pesar de sus errores, el SPD fue esencial para la creación y supervivencia de la república durante catorce años. Sin embargo, su legalismo y falta de entendimiento de la naturaleza del nazismo lo hicieron incapaz de detener la ofensiva autoritaria nazi.

El 30 de enero de 1933 no solo simboliza el fracaso de la primera democracia alemana, sino también una advertencia histórica sobre la fragilidad de los sistemas democráticos cuando carecen de defensores firmes. La experiencia de Weimar recuerda que la democracia requiere convicción y voluntad de defenderla frente a las amenazas autoritarias.

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