Por: Fernando de la Cuadra. Doctor en Ciencias Sociales. Editor del blog “Socialismo y Democracia”.
El Desconcierto. 30.01.2026
La mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social.
Hace algunos años atrás, en un artículo que titulado La mentira como forma de hacer política, alertaba sobre el uso y abuso de la mentira en la política que realiza la derecha y, especialmente, la ultraderecha. Y hoy, podríamos hacer un largo inventario de mentiras que se han difundido en este último periodo por parte de los representantes de la extrema derecha en Brasil y en el mundo. En efecto, la versión conservadora radical de la derecha ha venido utilizando la mentira no solo para engañar a los ciudadanos y electores, sino que sobre todo lo ha hecho con la finalidad de perturbar los hechos, construir una realidad paralela y desarticular a los adversarios.
Tal como nos advierte el sociólogo brasileño Jessé Souza en su libro El pobre de derecha, “la mentira es un arma de guerra utilizada no solamente contra el enemigo de ocasión, sino con la finalidad de adolecer a la sociedad como un todo, llevándola a un estado de guerra latente y así quebrar todos los acuerdos morales implícitos sobre los cuales se apoya la vida social”. No se trataría en este caso de un simple recurso marginal, sino de una técnica sistemática de dominación simbólica.
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Cuando Trump anuncia el secuestro del presidente Maduro, debido a que sería un narcoterrorista y liderar el Cartel de los Soles, la verdad se deturpa de una forma tan grosera que la mayoría de las personas con algún grado de apego a la realidad quedan perturbadas o paralizadas con esas mentiras. Luego, el propio Departamento de Justicia vino a desmentir esa versión que justificó el secuestro diciendo que Nicolás Maduro es más bien parte de una cultura de la corrupción presente en el régimen venezolano.
Las acusaciones e injurias contra Renée Nicole Good y Alex Jeffrey Pettri de ser terroristas armados y peligrosos son de una repugnancia infinita, según declararon los padres del propio Alex, en otro capítulo siniestro de un personaje cruel y siniestro que abusa descaradamente del poder que le otorga la presidencia de Estados Unidos.
El aspirante a tirano planetario se ha dedicado a mentir persistentemente para sus seguidores y el resto del mundo, tanto así que en su primer mandato el Washington Post se dio el trabajo de contar el total de mentiras esparcidas durante su gestión de cuatro años y llegó a establecer la escalofriante cifra de 25 mil falsedades diseminadas por Trump durante ese breve periodo. La repetición constante y progresiva de afirmaciones falsas por parte de Trump y sus asesores, evidencia que el objetivo de tergiversar los hechos, no busca convencer racionalmente, sino por el contrario, polarizar, saturar y confundir. Como señalaba Hannah Arendt, cuando todo parece mentira, nada puede ser refutado.
La extrema derecha mundial utiliza la mentira para desprestigiar la política misma, especialmente aquella política que busca los cauces democráticos como vía para expresar las opiniones y propuestas del conjunto de la comunidad. La idea de que todos los políticos son corruptos es la fórmula común manoseada por figuras como Jair Bolsonaro, Javier Milei, José Antonio Kast o Nayib Bukele, solo por mencionar a algunos de esta parte del mundo. Sus visiones radicales convergen en la idea de que la democracia no sirve para administrar las diferencias existentes en las sociedades y que los derechos humanos solo terminan protegiendo a los delincuentes. Se atribuyen la cualidad de antipolíticos y finalmente se transforman en lideres autoritarios que utilizan la violencia y la represión contra quienes piensan distinto.
En ese contexto, se encargan invariablemente de producir enemigos ficticios, hacia los cuales depositan todo su odio y su desprecio. Ese enemigo es deshumanizado y transmutado en un riesgo para una supuesta paz y armonía social. Son los migrantes, las feministas y su ideología de género, las minorías sexuales, los sindicatos, las organizaciones ambientalistas, los movimientos indígenas, los estudiantes, los partidos de izquierda, los intelectuales críticos, o inclusive en el caso de Brasil, los ministros de la Corte Suprema.
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Utilizan los medios de comunicación y las redes sociales para diseminar ataques y construir escenarios artificiales. Este verdadero ecosistema comunicacional apela a sentimientos de rabia, impotencia y resentimiento para atraer seguidores entre segmentos vulnerables de la sociedad: los trabajadores precarizados, los miembros de familias desintegradas, los individuos frustrados por falta de oportunidades. Invocan lemas fáciles de aprender como Dios, familia y Patria para seducir a auditorios carentes de identidad y sin reconocimiento. Con mensajes emocionales, breves y agresivos han sido capaces de seducir a masas de electores hacia promesas de realización, prosperidad y auto emprendimiento que se mostraron completamente vacías, pero que siguen generando esperanzas entre los desesperados.
Naturalizan la mentira y transforman fenómenos o situaciones falsas en verdades. Para ello se apoyan en un axioma enunciado brevemente por el sociólogo estadounidense William I. Thomas que señaló hace casi un siglo que “si una situación es definida como real, ella es real en sus consecuencias”. Este teorema revela el alto potencial que puede tener una creencia para determinar el comportamiento de las personas sin necesidad de contar con evidencias demostrables.
De este modo, los embustes proferidos incansablemente son capaces de crear realidades para quienes las escuchan y la frontera tenue entre la verdad y la pos verdad oculta los hechos como ellos son. La extrema derecha difunde la narrativa de que existen muchas verdades, creando un manto de incertidumbre y desconfianza generalizada entre los ciudadanos. Así, la verdad deja de ser un terreno común y se vuelve una trinchera más, favoreciendo a aquellos que poseen mayor poder comunicacional y control de los medios.
La mentira ha provocado una simplificación grotesca de la complejidad de la vida política, económica, social y cultural de los países. El discurso sobre la meritocracia se ha transformado en la gran falacia de estos tiempos y los gurús de la ultraderecha se han dedicado a difundir que las capacidades y destrezas se encuentran distribuidas equitativamente en la humanidad, es solo querer y proponerse ser un triunfador para alcanzar el éxito en la vida.
En última instancia, la mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social.
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