Por: José Campusano Alarcón. Ingeniero Civil en Minas. Ex Agregado Comercial de Chile en Rusia y Vicepresidente de la Comisión Nacional de Derechos Juveniles (CODEJU) en dictadura. Miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital
Crónica Digital. 3 febrero, 2026
«En diálogo crítico con el artículo de Daniel Jadue publicado el 1 de febrero de 2026 sobre: El derecho internacional dejará de ser farsa cuando termine con la lógica imperial que lo sostiene, este texto comparte su denuncia del orden global capitalista, pero cuestiona los límites de una crítica que tiende a concentrarse solo en la geopolítica. Desde una perspectiva materialista, en este ensayo se sostiene que la geopolítica explica el escenario; la lucha de clases explica el conflicto. Cuando el mapa de bloques sustituye al análisis de las relaciones de clase, la soberanía se reduce a alineamientos estatales y el antiimperialismo pierde contenido emancipador. El desafío estratégico no es elegir un nuevo polo de poder, sino transformar el territorio real donde se reproduce la dominación: la relación capital-trabajo y las alianzas de clase que la sostienen».
La admisión de las asimetrías globales por parte de las potencias capitalistas dominantes confirma una verdad histórica que nuestra época evidencia con creciente crudeza. Sin embargo, el marco desde el cual suele denunciarse este “orden basado en reglas” continúa siendo insuficiente cuando confunde soberanía con alineamiento geopolítico y dominación imperial con simple desigualdad entre Estados. Desde el materialismo histórico, el problema no es la existencia de bloques, sino la persistencia de una relación social que unifica al capital a escala global mientras fragmenta, disciplina y precariza al trabajo. El desafío estratégico ya no es elegir un lugar en el mapa mundial, sino identificar el territorio material donde se reproduce la dominación: la relación capital-trabajo y las alianzas de clase que la sostienen en cada formación social. El Derecho Internacional no es el problema en sí sino la forma jurídica específica que adopta una relación material de dominación.
Recientemente, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, reconoció lo que en carne propia hemos vivido y sufrido varias generaciones en el mundo: el Derecho Internacional nunca ha sido un campo neutral, sino un terreno de juego marcado por profundas asimetrías. Esta declaración, sin embargo, es más que una confesión hipócrita; es el síntoma de una crisis orgánica del orden global del capital en su fase neoliberal. Un orden que, mientras se resquebraja, revela que su contradicción fundamental no es geográfica, sino de clase.
El lúcido artículo de Daniel Jadue (“El derecho internacional dejará de ser farsa cuando termine con la lógica imperial que lo sostiene”, Observatorio de la Crisis), con el cual nos sentimos identificados en su indignación, desmonta con precisión la hipocresía de un sistema que presentó sus normas como universales mientras las aplicaba con un doble estándar criminal. Su mérito es poner en palabras una verdad que los pueblos sufren y reconocer, acertadamente, el carácter de superestructura del Derecho Internacional. Sin embargo, humildemente observo que este marco materialista inicial no se lleva hasta sus últimas consecuencias. Al no desagregar la categoría de “pueblos del Sur” en clases antagónicas y al derivar en una crítica moralista a los progresismos, su análisis no profundiza suficientemente e ingresa en un mapa binario que su propia premisa teórica desmentiría. No debemos confundir el mapa con el territorio.
ASPECTO 1: UN MAPA BINARIO QUE OCULTA LA LUCHA DE CLASES GLOBAL RECONFIGURADA
El primer límite que observamos en el artículo es una visión que se simplifica en demasía al oponer un “Occidente” monolítico a los “pueblos del Sur” o “Sur Global”. Esta cartografía geocultural oscurece la verdadera línea de fractura del sistema: la lucha de clases a escala planetaria. La categoría “Pueblos del Sur” o “Sur Global”, útiles para la denuncia, se vuelve un espejismo político cuando no reconoce las profundas contradicciones de clase que actualmente sufren en su interior.
Por ejemplo, hablando del Sur, ¿acaso la burguesía compradora y exportadora del agronegocio brasileño, profundamente integrada en las cadenas del capital financiero transnacional, sufre la misma opresión que los pueblos indígenas cuya Amazonía devasta?
En el caso de Chile, ¿acaso la élite económica chilena, también profundamente integrada a los circuitos financieros y de recursos globales, sufre la misma opresión que los trabajadores precarizados, los pensionados con jubilaciones miserables, los estudiantes endeudados y las comunidades mapuches cuyo territorio es extractivizado, todos ellos producto del mismo modelo neoliberal implantado en el país?
La línea maestra de la dominación hoy conecta a las élites capitalistas y sus socios locales en todos los continentes, enfrentándolas al polo del trabajo y los pueblos precarizados. Pero este “polo del trabajo” ya no es el arquetipo clásico. El neoliberalismo ha generado una clase trabajadora global fragmentada: el precariado, los repartidores de comida (riders), o los choferes de Uber que son sometidos a algoritmos, los migrantes indocumentados, los ‘emprendedores’ por necesidad. Lo que los une no es un uniforme, sino la relación de explotación con un capital que los disciplina de formas nuevas y más abstractas. Por ello, reducir el análisis a un mapa de bloques geopolíticos (Occidente vs. Pueblos del Sur Global) es una abstracción insuficiente para explicar esta realidad. El verdadero territorio en disputa es este conflicto de clases profundamente reconfigurado.
Sin embargo, esta reconfiguración no debe ser entendida como un estado definitivo ni como una derrota histórica, sino como una forma transitoria de la relación capital-trabajo bajo el neoliberalismo. Desde el materialismo histórico, la clase no existe como sujeto político dado, sino como proceso, que se constituye en la lucha misma. La tarea estratégica no es idealizar una unidad inexistente ni lamentar la dispersión, sino identificar las mediaciones organizativas, culturales y políticas capaces de transformar esta heterogeneidad objetiva en una fuerza colectiva consciente.
La recomposición del sujeto de clase en el siglo XXI no puede partir de identidades heredadas, sino de conflictos materiales compartidos que atraviesan esta diversidad: la precarización generalizada, la subordinación algorítmica del trabajo, el endeudamiento como forma de disciplinamiento social y la expropiación de los bienes comunes. Allí se juegan las condiciones de posibilidad de una nueva subjetividad histórica.
Este polo del trabajo no constituye aún un sujeto político unificado ni una fuerza consciente en sí misma. Es una potencialidad histórica atravesada por contradicciones, fragmentaciones y mediaciones pendientes, cuya articulación no puede suponerse, sino que debe ser construida en el conflicto concreto.
ASPECTO 2: UNA VISIÓN ESTÁTICA FRENTE A LA MULTIPOLARIDAD CAPITALISTA E INTERIMPERIALISTA
El artículo describe un orden hegemónico estable, pero la propia “confesión” del primer ministro de Canadá, sobre la asimetría del sistema es la prueba de su crisis y de una agudización de la competencia inter imperialista. El ascenso de los BRICS+, aunque sean considerados geopolíticamente parte del “Sur” no dibuja por sí solo un mapa de emancipación. La crisis de la hegemonía anglosajona tampoco lo garantiza. Ambas dinámicas conforman, más bien, un escenario de multipolaridad capitalista conflictiva. Si bien es cierto que estas potencias no buscan la superación del sistema, su irrupción genera grietas objetivas en la cadena imperialista. Un análisis dialéctico exige reconocer esta contradicción: el debilitamiento del unipolarismo estadounidense crea una condición material objetiva que puede facilitar la maniobra de los pueblos oprimidos, aun cuando los agentes de ese debilitamiento no sean sujetos emancipadores.
Sin embargo, reconocer la existencia de estas fracturas no implica atribuirles un contenido emancipador automático. Las contradicciones inter imperialistas solo abren márgenes de maniobra; no producen por sí mismas sujetos revolucionarios. En un mundo donde el capital goza de plena movilidad y el trabajo permanece mayoritariamente anclado a formaciones nacionales, estas grietas solo se transforman en oportunidades históricas cuando son intervenidas por poder social organizado capaz de disputar, en cada territorio, el control de la producción y la reproducción de la vida. Sin esta mediación de clase, la multipolaridad no inaugura una liberación, sino una redistribución de la dominación.
La tarea no es el aislamiento purista, sino aprovechar esta fricción Inter imperialista para avanzar en posiciones de soberanía real, impidiendo que la burguesía nacional actúe como simple intermediaria y empujando el protagonismo del polo del trabajo en esta nueva configuración geopolítica.
Esto no significa subestimar la importancia estratégica de la lucha contra la hegemonía imperial de EE.UU. y sus aliados. Significa, más bien, redefinir el carácter de esa lucha: un verdadero frente antiimperialista solo puede ser emancipador si está liderado por y para los pueblos explotados, no si es instrumentalizado por burguesías competidoras. De lo contrario, se corre el riesgo de que la ‘liberación nacional’ sea, una vez más, la liberación de la burguesía local para explotar a su propio pueblo en alianza con un nuevo socio extranjero.
Esta dinámica es esencial donde el orden no se resquebraja solo por la resistencia de los “Pueblos del Sur”, sino por las grietas en su propio centro y la irrupción de nuevos competidores. Interpretar este ascenso por sí mismo como un camino de emancipación —creyendo que su oposición retórica a Washington los convierte en abanderados del antiimperialismo— sería un error estratégico profundo. Este error equivale a elegir un nuevo amo dentro del mismo sistema de dominación: confunde la geopolítica con la lucha de clases y la retórica con la realidad material. Así, se corre el riesgo de perderse en el nuevo mapa sin entender el territorio de la acumulación capitalista que todos ellos explotan, cada uno con sus métodos y esferas de influencia.
Desde una perspectiva materialista, las contradicciones inter imperialistas no poseen un contenido emancipador en sí mismas. Solo adquieren un potencial progresivo cuando son intervenidas conscientemente por sujetos populares organizados, capaces de traducir esas fracturas en márgenes concretos de autonomía económica, política y social. Esto redefine el carácter de la lucha antiimperialista: su horizonte emancipador solo se realiza si está liderado por y para los pueblos explotados, no si es instrumentalizado por burguesías competidoras. Sin esta mediación, toda disputa entre potencias tiende a resolverse como una reorganización de la dominación, no como su superación. La pregunta estratégica, por lo tanto, no es qué polo geopolítico resulta “menos hostil”. La cuestión decisiva es qué correlación de fuerzas internas permite impedir que la burguesía local capitalice esas disputas en su propio beneficio. Sin poder social organizado, las grietas del sistema no se convierten en oportunidades históricas, sino en trampas renovadas.
Es imperativo precisar que, desde el materialismo histórico, la soberanía no es un atributo abstracto del Estado-Nación, sino una condición de clase. Una nación no es ‘soberana’ simplemente por desacoplarse del dólar o por votar en bloque con los BRICS+ si sus medios de producción siguen bajo el mando del capital transnacional o de una burguesía criolla que replica la lógica extractivista. La soberanía que no es soberanía productiva y social de los trabajadores corre el riesgo de ser solo el derecho de la burguesía local a explotar a sus trabajadores ‘en casa’ y sin interferencias externas. La verdadera ruptura con el imperialismo exige que el control de los recursos estratégicos y del excedente social no pase de una mano corporativa extranjera a una mano corporativa nacional, sino a la gestión democrática de quienes producen la riqueza. Sin este giro, el antiimperialismo se reduce a un nacionalismo burgués que solo busca mejorar su posición de negociación en el mercado mundial.
ASPECTO 3: DE LA CRÍTICA MORAL A LA DETERMINACIÓN MATERIAL DE LAS CAPAS MEDIAS Y SU FUNCIÓN EN LA CONCILIACIÓN DE CLASES
El artículo realiza una crítica necesaria a la brecha entre el discurso y la praxis de los proyectos políticos conducidos por capas medias, comúnmente denominados “progresismos”, pero al circunscribir su explicación a una falla ética o moral, su marco analítico resulta insuficiente.
Esta observación no implica atribuir a estas capas un comportamiento inmutable ni negar contradicciones internas reales. Su función política no se desprende de una supuesta falla moral, sino de una determinación estructural que solo puede ser desplazada cuando existe una presión organizada desde abajo capaz de alterar la correlación de fuerzas y forzar rupturas más allá de la administración del conflicto.
El bloque político que accede al gobierno en Chile en 2022 surge históricamente de fracciones de las capas medias ilustradas y de la pequeña burguesía profesional. Estas capas, al carecer de una base material propia fuera del aparato estatal o de la gestión de servicios, ocupan una posición estructuralmente ambivalente: aspiran al ascenso social, pero son altamente vulnerables al descenso. Esta ubicación las predispone a la negociación y la conciliación antes que a la confrontación hegemónica, tendencia reforzada por la “jaula de hierro” de la racionalidad burocrático-institucional y, en el caso chileno, por el entramado jurídico heredado de la Constitución de 1980.
La secuencia abierta por el estallido social de octubre de 2019 confirma esta determinación. La firma del “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución” no fue un error táctico, sino una práctica coherente con la función histórica de estas capas: administrar la crisis, canalizar el conflicto hacia marcos institucionales y restaurar la gobernabilidad del orden vigente. Al asumir el gobierno en 2022, esta lógica no se interrumpió, sino que se ejecutó desde el Estado. Su gestión del proceso constituyente —diseñado como mecanismo de contención— evidenció que su rol concreto fue el de estabilizadores de un modelo en crisis, transformando una energía potencialmente rupturista en un trámite institucional fallido.
Este fenómeno no constituye una anomalía chilena, sino una constante observable en distintos momentos del ciclo de gobiernos de conciliación de clases en América Latina (mal denominado “marea rosa” latinoamericana). En contextos como Colombia, Brasil o Chile, las capas medias ilustradas han demostrado una regularidad histórica: poseen el lenguaje del cambio para captar el descontento popular, pero su posición de clase las ata a la estabilidad de la superestructura jurídica que garantiza su estatus. Temen tanto la reacción de la oligarquía financiera como el desborde autónomo de las masas.
Por ello, su praxis política no apunta a desmantelar la base económica del neoliberalismo, sino a“humanizar” su superestructura, una tarea condenada al fracaso dialéctico mientras la propiedad y el poder real permanezcan intactos. Esta dinámica no solo frustra las expectativas populares, sino que abre el camino para que los sectores más reaccionarios de la derecha capitalicen el desencanto y retornen al poder.
Reconocer esta función histórica no implica negar contradicciones internas en estas formaciones, sino comprender que, en ausencia de presión organizada desde abajo capaz de modificar la correlación de fuerzas, dichas tensiones tienden a resolverse a favor de la reproducción del sistema. La crítica, en consecuencia, debe dirigirse a su compromiso de clase y su integración estructural al Estado, no a una supuesta degradación moral.
ASPECTO 4: FANON Y LA CRÍTICA MATERIALISTA A LA FALSA UNIDAD DEL “SUR GLOBAL"
Es muy interesante releer a Frantz Fanon al calor de los acontecimientos actuales y de la sugerencia que hace Jadue al nombrarlo. Sus conceptos sobre la «burguesía nacional», la crítica a la unidad falsa y la misión histórica nos ayudan a entender la dinámica de clase en el «Sur Global». El aporte específico de Fanon no reside solo en su crítica a la burguesía nacional, sino en articular la dominación de clase con la experiencia colonial, la producción de subjetividad y la imposibilidad de una emancipación administrada desde el Estado sin ruptura material.
a. Sobre la burguesía compradora y su alianza con el capital transnacional: Este es quizás el concepto más directo, donde Fanon analizó con desprecio el papel de la élite local poscolonial: «La burguesía nacional de los países subdesarrollados no se orienta hacia la producción, la invención, la construcción o el trabajo. Se canaliza por completo hacia actividades de tipo intermedio. Estar en el circuito, en el entramado, tal parece ser su vocación profunda. La burguesía nacional tiene una psicología de hombre de negocios, no de patrón industrial.»
b. Sobre la falsa homogeneidad y la lucha por una verdadera unidad de clase: Fanon criticó las categorías que homogenizan y ocultan las contradicciones internas: «Existen las mismas diferencias entre un antillano y un dakariano que entre un brasileño y un madrileño. Lo que se busca al englobar a todos los negros bajo el término de ‘pueblo negro’ es arrebatarles cualquier posibilidad de una expresión individual.» Esta idea difiere de la categoría un tanto abstracta de «pueblos del Sur». Del mismo modo, para Fanon, la verdadera fuerza emancipadora no surge de una identidad geográfica, sino de una alianza concreta y organizada: «Una lucha que moviliza todas las capas del pueblo, que expresa las intenciones y las impaciencias del pueblo, que no teme apoyarse casi exclusivamente en ese pueblo, es necesariamente victoriosa.»
c. Sobre la misión histórica y la construcción de un nuevo orden: La frase que cita Jadue en su artículo es central en Fanon y resume la urgencia de una conclusión: «Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.» Es claro para Fanonque no es solo la independencia política, sino que también una transformación social radical, advirtiendo además sobre el riesgo de una liberación incompleta: «La verdadera liberación no es esta seudo independencia en la cual los ministros con responsabilidad limitada compadrean con la economía dirigida por el pacto colonial.» El horizonte final debe ser la creación de algo nuevo: «El nuevo día que ya se apunta debe encontrarnos firmes, alertas y resueltos.»
Para Fanon, esta misión histórica no es solo una tarea intelectual ni un imperativo ético, sino un proceso de ruptura material que transforma simultáneamente las estructuras de dominación y la subjetividad de los oprimidos. La descolonización, para Fanon, es un acto constitutivo que rompe el orden existente y funda uno nuevo, no una reforma progresiva del viejo sistema. Recuperar su pensamiento hoy exige asumir que no hay transición indolora ni emancipación administrada, y que todo proyecto de liberación que renuncia a confrontar el núcleo material del poder termina reproduciendo, bajo nuevas formas, la misma relación de dominación que dice combatir.
En resumen, la crítica que hacemos a la homogeneización del «Sur Global» encuentra eco en Fanon en su rechazo a los términos que «arrebatan la posibilidad de una expresión individual» a los pueblos. Además, en el análisis de la fractura de clase interna (burguesía compradora vs. pueblos explotados) es el núcleo de su descripción de la «burguesía nacional» como intermediaria del capital extranjero.
El llamado final a “cartografiar un nuevo territorio” y construir un “nuevo derecho” refleja su imperativo de que cada generación descubra y cumpla su misión histórica de crear un orden verdaderamente liberado.
En esencia, Fanon aporta la profundidad anticolonial y de clase que permite trascender el análisis binario («Occidente vs. Sur») y situar la lucha en el terreno concreto de los proyectos políticos y las alianzas de clase en pugna, tanto a nivel global como al interior de cada formación social.
Este poder social y popular concreto no debe ser un fin en sí mismo ni una huida del Estado. Es la base material de un nuevo poder dual y la escuela donde se forja la fuerza social capaz de disputar y transformar el Estado. Mientras Jadue disputa el relato dentro de las instituciones del poder global, esta praxis busca construir el contrapoder desde abajo que pueda, en su momento, redefinir esas instituciones desde una posición de fuerza. Una no niega la otra; pero sin la segunda, la primera siempre terminará en conciliación.
Este marco fanoniano, sin embargo, exige ser verificado en el terreno concreto de las luchas actuales. La experiencia chilena reciente ofrece un laboratorio crucial para esta tarea.
ASPECTO 5: EL TERRITORIO CHILENO COMO LABORATORIO ESTRATÉGICO. VERIFICACIÓN MATERIAL DEL CONFLICTO DE CLASES GLOBAL.
La experiencia chilena de la última década constituye un laboratorio estratégico privilegiado. En ella, las categorías abstractas —lucha de clases global, soberanía, poder social— adquieren una densidad material que verifica y precisa el análisis táctico. Chile no es una excepción a la regla, sino su expresión más nítida. Lejos de agotar el análisis, esta experiencia debe ser leída como una verificación situada y parcial que permite iluminar tendencias generales del capitalismo contemporáneo, sin pretender extrapolaciones mecánicas ni modelos exportables.
5.1. La fractura de clase en el territorio nacional: más allá del mapa binario.
El levantamiento de octubre de 2019 desmintió cualquier cartografía que opusiera un Sur oprimido a un Occidente opresor. La línea de fractura se trazó dentro del territorio nacional: entre una burguesía compradora plenamente integrada a los circuitos financieros y extractivistas globales (las AFP, la gran minería, el conglomerado retail-sanitario) y un polo popular multiforme que irrumpió en las plazas. Este polo no se definió por una identidad nacional anti-imperialista, sino por un conflicto de clase concreto contra el modelo neoliberal doméstico y sus custodios políticos. Las Asambleas Territoriales Autoconvocadas fueron la forma orgánica de este conflicto: embriones de un poder dual que gestionaron la vida en los barrios, demostrando que la verdadera soberanía popular nace del control del territorio inmediato, no de la alineación geopolítica.
5.2. Soberanía de clase versus soberanía de Estado: las luchas por el control de la vida.
En este laboratorio, la noción abstracta de soberanía se bifurcó en dos proyectos antagónicos. Por un lado, la soberanía del capital y el Estado, que buscó restablecer la gobernabilidad mediante el Acuerdo por la Paz y un proceso constituyente acotado. Por otro, una soberanía de clase en acto, materializada en infraestructuras comunitarias de reproducción de la vida. Las ollas comunes —herencia de la resistencia durante la dictadura y reactivadas con fuerza— fueron su expresión más pura: espacios donde, principalmente mujeres, politizaron el hambre y ejercieron un control colectivo, democrático y solidario sobre la alimentación, sustituyendo al mercado y al Estado. De forma análoga, las luchas por el agua en Petorca o contra las zonas de sacrificio son disputas por la soberanía sobre los bienes comunes, mostrando que sin control popular de los recursos, la soberanía nacional es un cascarón al servicio del extractivismo.
5.3. El poder social concreto y su encrucijada: entre la autonomía y la captura institucional.
La energía constituyente de 2019 cristalizó en un tejido de poder social concreto: asambleas, ollas comunes, sindicatos de plataformas, colectivos feministas, defensas territoriales. Su potencia radicaba en instituir, en el presente, una lógica alternativa a la acumulación capitalista: la reproducción de la vida. Sin embargo, este ciclo confirmó también la función histórica de las capas medias ilustradas y los proyectos progresistas. Su rol no fue articular este poder desde abajo, sino canalizarlo hacia la superestructura institucional (el proceso constituyente), donde fue neutralizado, desactivado y finalmente derrotado por el orden antiguo. Este desenlace no invalida la potencia del poder social; por el contrario, revela su límite estratégico decisivo: sin una mediación política consciente que evite su captura y lo proyecte hacia la disputa por el poder estatal, corre el riesgo de ser absorbido o de agotarse en la autonomía local. La tarea que queda es, precisamente, construir esa mediación.
En resumen, el caso chileno, no es una anécdota regional. Es la verificación material de que el conflicto central es de clase, que la soberanía se juega en el control de la reproducción social y que el poder concreto desde abajo es la única base desde la cual imaginar una verdadera emancipación. También es la advertencia más clara: sin una estrategia para transformar ese poder social en fuerza hegemónica capaz de redefinir el Estado, los ciclos de revuelta y frustración seguirán siendo el ritmo de nuestra época.
En conclusión, como ha demostrado el análisis del caso chileno, la denuncia formulada por Daniel Jadue no carece de valor. Por el contrario, constituye un punto de partida necesario. Pero la confesión del poder —expresada hoy incluso por representantes del núcleo del orden imperial— nos deja frente a un mapa analítico agotado y a la tarea urgente de reconstruir el territorio real de la lucha.
Ese territorio no se organiza en torno a bloques geopolíticos, sino a la lucha de clases internacional en el capitalismo del siglo XXI. Un nuevo mapa estratégico debe mostrar, con claridad material, la articulación entre burguesías transnacionales y sus socios locales —sean estos neoliberales, nacional-desarrollistas o progresistas— y, frente a ellas, la posibilidad aún abierta de una articulación concreta del proletariado global multiforme: trabajadores industriales y precarios, migrantes, comunidades indígenas, trabajadoras de cuidados, capas profesionales subordinadas.
Desde esta perspectiva, la soberanía no puede reducirse a la autonomía monetaria, al alineamiento diplomático ni a la diversificación de socios comerciales. No existe soberanía real allí donde los medios de producción estratégicos y el excedente social permanecen bajo el control del capital, sea extranjero o nacional. Toda forma de antiimperialismo que no se traduzca en soberanía productiva y social de quienes producen la riqueza corre el riesgo de convertirse en un nacionalismo burgués destinado únicamente a mejorar la posición negociadora de las élites locales dentro del mercado mundial.
Del mismo modo, la experiencia reciente confirma que los proyectos políticos conducidos por capas medias ilustradas, aun cuando expresen retóricamente la impugnación del modelo, tienden estructuralmente a administrar la crisis antes que a resolverla. Su función histórica no es la ruptura, sino la estabilización: canalizar el conflicto social hacia marcos institucionales que preservan la base económica del orden existente. Sin presión organizada desde abajo, estas formaciones no conducen a transiciones emancipadoras, sino a ciclos de frustración que terminan habilitando el retorno de fuerzas abiertamente reaccionarias.
La estrategia que se desprende de este análisis no consiste en elegir un nuevo polo de poder en un mundo multipolar, ni en apostar a una reforma moral del Estado, sino en construir poder social y popular concreto. Organización territorial con capacidad de decisión, formas de autogestión económica, control colectivo de recursos, solidaridad efectiva entre trabajadores más allá de las fronteras y luchas capaces de enfrentar al capital allí donde hoy se reproduce: el algoritmo, la deuda, el extractivismo, la precarización generalizada de la vida.
Este poder no puede concebirse como acumulación indefinida ni como fin en sí mismo. Toda situación de doble poder es inestable: o es absorbida y neutralizada, o se transforma en ruptura histórica. Sin una estrategia consciente para disputar el control del Estado y de los principales medios de reproducción social, la organización popular es tolerada, cooptada o desarticulada. Mientras algunos disputan el relato dentro de las instituciones del orden global, la tarea decisiva sigue siendo construir el contrapoder desde abajo que permita, llegado el momento, redefinir esas instituciones desde una posición de fuerza.
El Derecho Internacional asimétrico solo caerá cuando caiga la relación social que lo sustenta: el capitalismo. Nuestra tarea no es reformar el mapa de los dominadores, sino transformar radicalmente el territorio. La crítica que no se traduce en poder social organizado es, en el mejor de los casos, un mapa elegante de un mundo que otros siguen gobernando. El desafío de nuestra generación es convertir este diagnóstico en organización, y esa organización en una fuerza capaz de fundar, desde las ruinas del orden actual, un nuevo principio material de justicia.
En eso —sin atajos ni ilusiones— es donde hoy seguimos estando al debe.
Este texto se detiene deliberadamente en el plano estratégico y analítico, asumiendo que toda traducción programática solo puede surgir de la praxis organizada y no de la abstracción teórica.
NOTA METODOLÓGICA
Este texto no constituye un programa político ni una hoja de ruta operativa. Su objetivo es más acotado y, a la vez, más exigente: clarificar el terreno estratégico, depurar categorías analíticas y evitar errores de orientación derivados de mapas conceptuales obsoletos. Se trata de un ejercicio de delimitación teórica orientado a distinguir contradicciones principales de secundarias, sujetos reales de abstracciones políticas, y condiciones de posibilidad de ilusiones estratégicas.
La elaboración programática, la definición táctica y las formas organizativas concretas solo pueden surgir de la praxis colectiva y situada de los sujetos en lucha. Sin esta clarificación previa, toda estrategia corre el riesgo de confundirse —una vez más— entre el mapa y el territorio.
José Campusano Alarcón Crónica Digital
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
