EL MANIFIESTO DE BRUSELAS DE JOSÉ ANTONIO KAST

Por: Álvaro Ramis. Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile

Crónica Digital5 febrero, 2026

Bruselas no es un escenario neutro. Es el corazón administrativo del multilateralismo europeo, el lugar donde el consenso se fabrica a fuerza de procedimientos y eufemismos. Allí, José Antonio Kast decidió no negociar el tono. Lo que presentó no fue un discurso diplomático, sino una arenga ideológica cuidadosamente diseñada para provocar y marcar ruptura. Más que una gira internacional, fue una declaración de hostilidades.

La mención a Jaime Guzmán no fue un guiño nostálgico, sino un gesto de combate. Invocar al fundador del gremialismo en el epicentro institucional de Europa equivale a plantar una bandera en territorio adversario. Guzmán aparece no como una figura histórica situada en su tiempo, sino como un arsenal conceptual reactivado para una nueva cruzada. Kast lo ofrece como antídoto frente a lo que denomina la decadencia moral de Occidente, pero el subtexto es otro: la reivindicación de un orden jerárquico, desconfiado de la democracia plural y obsesionado con los límites al poder político solo cuando ese poder no le pertenece.

El repertorio es conocido: cuerpos intermedios, familia, soberanía, Estado mínimo. Viejas fórmulas recicladas como verdades intempestivas. En Bruselas, Kast no intentó actualizarlas ni someterlas a contraste con la realidad contemporánea; las presentó como dogmas. El problema, sugirió, no es la desigualdad, ni la crisis climática, ni la violencia global, sino el exceso de derechos y la debilidad de la autoridad. La historia, en esta versión, se reduce a una lucha moral entre tradición y degeneración.

Desde ahí, el ataque a los organismos multilaterales fue frontal. Naciones Unidas y la Unión Europea fueron retratadas como estructuras capturadas por agendas ideológicas que vulneran la soberanía de los Estados. Migración, género y clima se convirtieron en palabras malditas, vaciadas de complejidad y convertidas en caricaturas útiles. Kast no discutió políticas; descalificó principios. No ofreció alternativas cooperativas; propuso repliegue y confrontación. El multilateralismo dejó de ser una herramienta imperfecta para transformarse en un enemigo.

El alineamiento con gobiernos como los de Hungría e Italia confirma que no se trata de un exabrupto retórico, sino de una elección estratégica. Kast se inscribe en la constelación de liderazgos que conciben la política exterior como prolongación de una guerra cultural interna. La noción de “naciones soberanas” funciona aquí como coartada: cooperación selectiva, rechazo de estándares comunes y una profunda desconfianza hacia cualquier marco que limite la voluntad del gobierno de turno.

La gira europea tuvo, además, un componente organizativo inquietante. Desde el vuelo compartido con Santiago Abascal hasta las reuniones con los bloques Patriotas por Europa y ECR, el objetivo fue tejer una red ideológica transatlántica. Kast habló de articular respuestas frente al Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, como si América Latina fuera un tablero binario donde solo cabe la contención o la derrota del adversario. Chile, en este esquema, deja de ser un actor diplomático para convertirse en bastión.

El mensaje hacia la política exterior chilena fue inequívoco y brutal. La descalificación de la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU no fue solo un ajuste de cuentas político, sino una señal de purga. Kast anunció, sin rodeos, que la diplomacia dejará de ser un espacio profesional para transformarse en un brazo ideológico del Ejecutivo. La promesa de una política exterior “al servicio de los chilenos” suena, en este contexto, menos a democratización que a disciplinamiento.

Incluso cuando habló de aspectos técnicos —control fronterizo, vigilancia, tolerancia cero— el enfoque fue revelador. Europa ya no aparece como referencia de derechos o integración, sino como laboratorio de seguridad. Las lecciones que Kast dice haber aprendido en Bélgica no apuntan a la cooperación regional, sino al endurecimiento interno. Orden antes que deliberación. Control antes que política.

El llamado “Manifiesto de Bruselas” no inaugura una diplomacia audaz, sino una diplomacia beligerante. Chile abandona la incomodidad del consenso para abrazar la comodidad de la trinchera. El riesgo no es solo el aislamiento internacional, sino algo más profundo: reducir la política exterior a un espejo de la polarización doméstica.

Kast no viajó a Bruselas a escuchar. Viajó a anunciar que no piensa hacerlo. Y esa, más que una virtud, puede convertirse rápidamente en una factura demasiado alta para un país que hizo de la previsibilidad y el diálogo su principal capital internacional.

Álvaro Ramis.

LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.