Francisco Flores R. - Psicólogo. Director de la ONG Mente Sana. – El Desconcierto – 11-02-2026
El futuro dejó de organizar el presente, y ninguna promesa resulta verosímil si no modifica las condiciones materiales que sostienen la vida cotidiana. Dicho de otro modo: cuando el porvenir deja de ofrecer una salida imaginable, el miedo se vuelve la única experiencia compartida del tiempo. Y en ese clima, la política ya no se juzga por lo que promete, sino por la protección inmediata que parece ofrecer.
En los últimos años la política chilena ha discutido casi de todo: gestión, seguridad, crecimiento, derechos sociales, identidades, coaliciones. Sin embargo, algo más decisivo y trascendental ha cambiado sin ser plenamente nombrado: el sujeto al que esa política se dirige ya no es el mismo, producto de una transformación profunda en la experiencia material del tiempo social.
Durante décadas, amplios sectores organizaron su vida bajo una expectativa relativamente estable: estudiar permitiría ascender, el trabajo formal ofrecería protección, el endeudamiento tendría sentido porque el ingreso futuro crecería. No era igualdad, pero sí una narrativa plausible de progreso.
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Esa estructura no colapsó de golpe. Se transformó silenciosamente bajo procesos más amplios: mercados laborales fragmentados, financiarización de la vida cotidiana, aumento sostenido del costo de habitar, educarse y envejecer, y una expansión de expectativas que ya no encuentra respaldo en trayectorias reales.
Hoy muchas biografías combinan escolarización alta con movilidad baja, empleo formal con salarios insuficientes, acceso al crédito con endeudamiento permanente, protección social existente pero tardía o fragmentada. No es la pobreza clásica. Es otra cosa: una inseguridad estructural en medio de la integración social.
Este fenómeno profundamente material, donde sus efectos no se agotan en la economía. Altera la forma en que las personas se relacionan con el tiempo, con el esfuerzo y con la promesa. Cuando el ingreso futuro deja de crecer con claridad, el crédito deja de ser puente y se vuelve carga. Cuando el trabajo ya no organiza la biografía, la identidad se vuelve frágil. Cuando la movilidad se estanca, el miedo sustituye a la expectativa.
Ahí aparece la dimensión psíquica de un proceso material: no una “crisis de valores”. El problema de fondo no es solo político, es una crisis de la temporalidad. Una fractura en el horizonte, que altera la economía misma del deseo. La espera deja de tener sentido. Y sin espera, la política de largo plazo se vuelve ininteligible.
Aquí aparece un punto ciego evidente.
La izquierda continúa apelando a un sujeto dispuesto a confiar en reformas graduales, promesas institucionales y horizontes históricos. Pero pedir paciencia a quien siente que está permanentemente en una cinta corredora para no retroceder, ya no suena a responsabilidad, sino a desconexión.
Ese sujeto aún existe, pero dejó de organizar la experiencia mayoritaria. Ya no es el proletario que no tiene nada que perder salvo sus cadenas; es el sujeto endeudado que tiene poco y vive aterrorizado de perderlo todo. Es el miedo a la caída, al retorno a la intemperie.
La derecha tradicional tampoco logra comprender del todo la mutación: el miedo no es solo al desorden, sino a la caída social. No es únicamente temor al delito; es temor a perder posición, a descender sin red, a que el esfuerzo acumulado no alcance para sostener la propia vida. Ese miedo es material, pero también psíquico. Porque lo que está en juego no es solo el ingreso, sino la continuidad de la propia biografía.
No es la "pobreza" en el sentido clásico marxista, sino una precarización existencial. Una clase trabajadora fragmentada, sometida a una integración paradójica: están incluidos en el consumo, pero excluidos de la tranquilidad.
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En ese vacío se instaló José A. Kast. Su fuerza no es programática. No repara la ecuación del esfuerzo, pero valida el miedo. No explica las causas del malestar, pero las nombra. Ahí reside su potencia y también su límite. Es en esa grieta, en ese vacío de sentido, donde la ultraderecha opera con eficacia quirúrgica.
Kast no ofrece reparar la estructura económica que genera el malestar, sino una forma de orden frente a la angustia. Ante un mundo incierto, promete autoridad y dirección. No transforma las condiciones materiales que generan el miedo, pero ofrece algo que hoy resulta decisivo: la promesa de que "alguien" volverá a poner la ley en su sitio.
Junto a la transformación de la estructura social, está también la transformación en la manera de habitar la incertidumbre. Donde antes había promesa, hoy hay ansiedad. Donde antes había proyecto, hoy hay administración del riesgo. Sin comprender esa doble dimensión —material y psíquica— la política queda atrapada en respuestas parciales. Cuando la relación entre esfuerzo y resultado se rompe, lo que emerge no es solo injusticia, es angustia.
Por eso la escena actual resulta tan inestable. La izquierda ofrece futuros que no logran anclarse en la experiencia material. La derecha tradicional administra equilibrios que ya no bastan. La ultraderecha sintoniza con el malestar, pero sin transformar sus causas. El resultado no es resolución, sino desplazamiento continuo de la desconfianza.
El futuro dejó de organizar el presente, y ninguna promesa resulta verosímil si no modifica las condiciones materiales que sostienen la vida cotidiana. Dicho de otro modo: cuando el porvenir deja de ofrecer una salida imaginable, el miedo se vuelve la única experiencia compartida del tiempo. Y en ese clima, la política ya no se juzga por lo que promete, sino por la protección inmediata que parece ofrecer.
Mientras esa ecuación no se repare —en el terreno material y también en el simbólico—, seguiremos atrapados en un empate estéril: una izquierda que ofrece un futuro en el que pocos creen, y una derecha que ofrece refugio autoritario para el pánico de hoy.
Buscar al sujeto de la política allí donde estaba antes puede ser comprensible. Pero insistir en esa búsqueda cuando el suelo ha cambiado es otra cosa: es seguir buscando las llaves donde hay más luz, y no donde realmente se perdieron.
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