EDITORIAL: 22 DE FEBRERO 2026
Las recientes declaraciones del secretario de estado Marco Rubio en Europa, evocando la necesidad de reafirmar el dominio occidental frente al avance de otras potencias, no pueden leerse como una simple exageración retórica. Son la expresión descarnada de una corriente política que nunca abandonó del todo la lógica imperial y que hoy, ante el avance de un mundo multipolar, opta por radicalizar su discurso.
Llamar a una rehabilitación del colonialismo en pleno siglo XXI no es una opinión más dentro del debate democrático: es una señal ideológica clara. El colonialismo no fue cooperación ni civilización; fue ocupación, saqueo, imposición cultural , violencia y genocidio sistemático. Fue el sometimiento de pueblos enteros para garantizar materias primas baratas, mercados cautivos y ventajas geopolíticas.
Cuando Washington plantea que Occidente debe “recuperar autoridad” o ejercer presión sin complejos sobre otras regiones, el mensaje que se envía al mundo es inequívoco: la soberanía es relativa cuando choca con los intereses estratégicos de Estados Unidos. Esa lógica no es liderazgo; es hegemonismo.
Para América Latina, ese discurso no es abstracto. Nuestra historia está atravesada por intervenciones directas e indirectas que marcaron generaciones. En Chile, el golpe de 1973 contra Salvador Allende no puede comprenderse sin el contexto de la Guerra Fría y la intervención encubierta de Washington. En Guatemala, el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954 respondió a intereses corporativos y geopolíticos. En Nicaragua, la guerra contra el sandinismo fue financiada y sostenida desde el exterior. La lista continúa: bloqueo a Cuba hoy aún más salvaje con el bloque energético , invasión a Panamá, presión constante sobre Venezuela . Por eso, escuchar en Europa una reivindicación del colonialismo no es un debate teórico: es una advertencia histórica.
El problema de fondo es que este tipo de discurso parte de una premisa peligrosa: que el orden internacional debe organizarse en torno a una jerarquía permanente, donde unas naciones “conducen” y otras obedecen. Sin embargo, el mundo ya no es el de 1945 ni el de 1991. Nuevos actores económicos y políticos han emergido, y pretender contenerlos mediante presión, sanciones o confrontación permanente solo acelera la fragmentación global. El siglo XXI exige cooperación .
Reivindicar lógicas coloniales , revela una dificultad para aceptar la transición hacia un mundo multipolar. Esa lógica nunca desapareció del todo; simplemente mutó. En el siglo XXI, la herramienta no siempre es el desembarco militar. Son las sanciones financieras, la presión diplomática, los condicionamientos crediticios y la disputa por recursos estratégicos. El lenguaje cambió; la estructura de poder persiste.
Estados Unidos sigue siendo un actor central en el comercio latinoamericano, pero ya no exclusivo. Hoy el tablero es más complejo , China se ha convertido en el principal socio comercial de países como Brasil, Chile o Perú. Exportaciones de cobre, soja y litio alimentan la transición energética y el crecimiento asiático. Esa realidad económica explica parte de la ansiedad estratégica de Washington buscando recuperar cadenas de suministro críticas como los semiconductores, la energía y los minerales raros.
El problema estructural es que América Latina continúa atrapada en un modelo primario-exportador. La región provee recursos naturales mientras importa tecnología y bienes de alto valor agregado. Esta asimetría reproduce una dependencia que recuerda al viejo esquema colonial, aunque ahora operado por múltiples actores.
En ese contexto, cuando se plantea que Occidente debe “reafirmar su autoridad”, el mensaje implícito es que las decisiones estratégicas de la región no pueden escapar al interés de las grandes potencias. La soberanía se vuelve condicional.
El siglo XXI no admite nostalgias imperiales, pero tampoco ingenuidad geopolítica. La competencia entre Estados Unidos y China no es un fenómeno pasajero; es estructural. La pregunta es si América Latina será nuevamente escenario de disputa o actor con voz propia.
Nuestra historia demuestra que cada vez que la región renuncia a su autonomía estratégica, paga el precio en desigualdad, inestabilidad y dependencia. La lección es clara: soberanía no es aislamiento, pero tampoco subordinación.
En un mundo que transita hacia la multipolaridad, América Latina tiene una oportunidad excepcional. Puede seguir orbitando alrededor de intereses ajenos o puede, por primera vez en mucho tiempo, diseñar un proyecto propio de desarrollo e inserción internacional.
La decisión no es ideológica. Es histórica.
CORPORACION SOLIDARIA UTE-USACH
