Por: Elena Rusca . Periodista, corresponsal en Ginebra.
El Clarín de Chile. 24 febrero, 2026
En tiempos marcados por crisis económicas persistentes, democracias debilitadas y un capitalismo que ya no logra sostener su propio consenso, las lógicas del fascismo reaparecen bajo nuevas formas. Lejos de ser un vestigio del pasado, se manifiestan como mecanismos de control, disciplinamiento y reorganización del poder, capaces de adaptarse a cada época. Desde la Italia de Mussolini hasta las democracias neoliberales contemporáneas, la historia revela una continuidad incómoda: cuando el orden se resquebraja, las élites recurren a soluciones autoritarias para preservarlo. Comprender esa persistencia exige mirar de frente las tensiones estructurales que atraviesan nuestras sociedades y reconocer cuánto de ese legado sigue operando hoy.
El fascismo suele presentarse como un fenómeno histórico cerrado, un capítulo oscuro del siglo XX que habría quedado atrás con la derrota de los regímenes totalitarios europeos. Sin embargo, una lectura más atenta —y sobre todo materialista— muestra que el fascismo no es un accidente ni una anomalía, sino una posibilidad estructural del capitalismo en crisis. Su vigencia no se explica por nostalgias ideológicas, sino por las tensiones profundas que atraviesan las sociedades contemporáneas.
Desde esta perspectiva, el fascismo no surge de la nada ni se explica únicamente por el carisma de un líder o la manipulación de masas. Aparece cuando el capitalismo entra en una fase de descomposición del consenso, cuando los mecanismos habituales de legitimación —democracia liberal, crecimiento económico, movilidad social— dejan de funcionar. En esos momentos, las élites económicas buscan formas excepcionales de reorganizar el orden social. El fascismo se convierte entonces en una herramienta para restaurar la autoridad del Estado, disciplinar a la clase trabajadora, neutralizar movimientos emancipatorios y garantizar la continuidad de la acumulación. No es un proyecto irracional: es una estrategia política del capital cuando la gobernabilidad se vuelve frágil.
Las formas actuales del fascismo no reproducen necesariamente los símbolos, uniformes o estéticas del pasado. Su fuerza reside precisamente en su capacidad de adaptación. Hoy se expresa en nacionalismos excluyentes, discursos de odio normalizados, políticas de seguridad que criminalizan la pobreza, ataques sistemáticos a los derechos sociales y un uso político del miedo como herramienta de control. Estas expresiones no siempre se autodenominan fascistas, pero cumplen funciones similares: reordenar la sociedad desde la autoridad y la desigualdad.
En el debate público, la palabra “fascismo” se utiliza con frecuencia para describir cualquier forma de autoritarismo o intolerancia. Esta inflación semántica tiene un doble efecto: por un lado, visibiliza la preocupación social ante el avance de discursos reaccionarios; por otro, diluye la especificidad histórica y material del fascismo, dificultando su análisis riguroso. Recuperar una definición precisa es fundamental para comprender su vigencia real.
El fascismo no es un residuo del pasado, sino una posibilidad latente en sociedades marcadas por desigualdades estructurales, crisis de representación política, precarización de la vida y un capitalismo que necesita nuevas formas de control social. Cuando la democracia liberal deja de ofrecer respuestas, el fascismo aparece como una solución autoritaria para restaurar el orden. Su fuerza no reside en su ideología, sino en su funcionalidad para el sistema.
Desde la historia hasta hoy
El fascismo de Mussolini tomó el poder en un contexto en el que las élites económicas y políticas consideraban urgente restablecer el orden y controlar a la clase obrera. Durante el bienio rojo (1919–1920), Italia había sido escenario de huelgas masivas, ocupaciones de fábricas y un movimiento obrero fuerte, organizado y con presencia decisiva del Partido Comunista y del socialismo revolucionario. La Marcha sobre Roma de 1922, presentada como un acto heroico, fue en realidad una operación tolerada —cuando no directamente apoyada— por sectores empresariales, terratenientes y parte del aparato estatal, que veían en el fascismo una herramienta para frenar la movilización popular.
El asesinato de Giacomo Matteotti en 1924, diputado socialista que denunció el fraude electoral y la violencia fascista, marcó el punto de no retorno hacia la dictadura abierta. El régimen se consolidó no solo por la represión, sino por la alianza explícita entre el Estado fascista y los intereses del gran capital.
Cuando Estados Unidos llega a Italia durante la Segunda Guerra Mundial para “liberar” al país, más que liberarlo lo ocupa militarmente, instala bases que permanecen hasta hoy y permite la reintegración de numerosos cuadros fascistas y nazis en las estructuras del Estado. Muchos de ellos colaboraron posteriormente en la formación de técnicas de contrainsurgencia y tortura que serían exportadas a América Latina durante la Guerra Fría. El verdadero enemigo, para las potencias occidentales, no era el fascismo, sino la Unión Soviética y la posibilidad de una expansión comunista.
Hoy, Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, lo dijo con claridad: “no vamos a molestar al empresariado”. La consecuencia directa es un conjunto de políticas que favorecen a las grandes empresas, reducen impuestos a los sectores más ricos, impulsan privatizaciones y profundizan la pobreza. El fascismo muta, pero su función permanece: proteger los intereses del capital en tiempos de crisis.
En Chile, la derrota de la dictadura no significó una ruptura con el modelo económico impuesto por el régimen militar, sino su consolidación bajo formas democráticas. En una entrevista del año 2000, el entonces ministro de Hacienda del gobierno de Aylwin, Alejandro Foxley, lo explicaba con notable franqueza. Elogiaba la política económica de Pinochet, que —según él— había sido “desafortunadamente” manchada por las violaciones a los derechos humanos. Cuando el periodista le preguntó si no consideraba hipócrita perseguir a Pinochet mientras se celebraba su legado económico, Foxley respondió que el general había realizado “la transformación económica más importante del siglo”, que había anticipado la globalización y que su contribución situaba a Pinochet “en un alto lugar en la historia de Chile”, aunque ensombrecida por los crímenes cometidos. Esta declaración revela con claridad que la ultraderecha no reaparece: nunca se ha ido. Lo que cambian son los administradores del poder, pero el poder permanece en las mismas manos: las de los grandes grupos empresariales.
¿Qué hace la izquierda?
La pregunta por la izquierda no es solo política: es profundamente sociológica. Interroga su lugar en un campo de fuerzas donde el neoliberalismo ha moldeado subjetividades, expectativas y formas de acción colectiva durante más de cuatro décadas.
Hoy, la izquierda institucional parece atrapada en una doble tensión: por un lado, administra un modelo que no controla; por otro, teme romper con él. El gobierno de Gabriel Boric encarna esa contradicción. La aprobación de leyes como la Nain-Retamal, el mantenimiento del estado de excepción en la Araucanía y la adopción de un discurso securitario muestran cómo la izquierda gobernante ha internalizado los marcos de sentido impuestos por la derecha. En lugar de disputar el orden, lo gestiona.
Desde una perspectiva sociológica, esta deriva no es casual. La izquierda ha perdido su anclaje histórico en el mundo del trabajo, debilitado por la precarización, la fragmentación laboral y la erosión de las organizaciones sindicales. Sin base social sólida, su horizonte se estrecha: se vuelve reactiva, temerosa, más preocupada por la gobernabilidad que por la transformación. La política se reduce a la administración de expectativas decrecientes.
Si hoy alarma el ascenso de José Antonio Kast, conviene reconocer que ese avance no se explica solo por la fuerza de la derecha, sino también por la incapacidad de la izquierda para ofrecer un proyecto alternativo. La ausencia de autocrítica —visible en el triunfalismo del “libro de los mil logros”— no es un detalle comunicacional: es un síntoma de una crisis más profunda. Una izquierda que no revisa sus límites reproduce las condiciones que permiten el avance autoritario.
En este escenario, la pregunta no es únicamente qué hace la izquierda, sino qué puede hacer en un contexto donde el neoliberalismo ha colonizado tanto las instituciones como las subjetividades. Recuperar un horizonte transformador exige reconstruir vínculos sociales, disputar sentidos comunes y rearticular un proyecto colectivo capaz de enfrentar las nuevas formas del fascismo. Sin esa tarea, la izquierda seguirá administrando un orden que no le pertenece y que, en última instancia, la neutraliza.
Elena Rusca.
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