Por: Álvaro Ramis. Rector de la Universidad de Humanismo Cristiano de Chile.
Crónica Digital 25 febrero, 2026
En pocos días, Chile quedó expuesto a una escena que revela su posición en el nuevo orden mundial: dos embajadas de superpotencias disputando el significado de su soberanía. Primero EE.UU. vinculó cooperación en seguridad a estándares regulatorios chilenos. Luego China respondió denunciando sanciones y defendiendo la no injerencia.
Lo que parece un desacuerdo puntual es la manifestación local de una rivalidad global. Y plantea una pregunta que Chile ya no puede eludir: ¿cómo preservar autonomía entre potencias en competencia?
La presión estadounidense usa el lenguaje de la seguridad: la soberanía se mide por la capacidad de cumplir estándares del socio. La reacción china adopta el registro opuesto: soberanía como principio absoluto, asociación sin condicionamientos. En ambos casos, Chile aparece como objeto de interpretación ajena. En uno se condiciona; en el otro se instrumentaliza.
Es la condición de las potencias medias abiertas: doble dependencia asimétrica. Con EE.UU., vínculo denso en seguridad; con China, inserción económica creciente. La tentación es elegir relato. Ambas opciones son insuficientes.
El interés nacional exige autonomía estratégica: capacidad real de decisión en interdependencia. Eso requiere política propia de infraestructura crítica, régimen transparente de evaluación de inversiones y una doctrina que asuma la competencia EE.UU.-China como contexto permanente.
La escena reciente muestra por qué es urgente. Cuando Washington sugiere revisar cooperación si Chile no ajusta políticas, y Pekín denuncia injerencia para reforzar influencia, ambos actúan por su lógica de potencia. El problema no es que lo hagan; es que Chile carece de narrativa y poder propio.
Chile no puede escapar a esta realidad, pero puede gestionarla. La autonomía estratégica no es aislarse ni desafiar potencias, sino evitar que la soberanía sea definida desde fuera.
Mientras tanto, Kast reserva pasaje a Miami para hacer la fila ante Trump. No va a negociar; va a confirmar que bajo la epidermis de la «soberanía posible» late el reflejo del alineamiento. La quimera era creer que este gobierno podría ejercer autonomía cuando su líder no disimula vocación de vasallaje.
Kast no viaja a defender el cobre o la dignidad nacional; viaja a fotografiar su sumisión, a cambiar el «pedir permiso para existir» por el más pedestal «selfi con el patrón». Después de todo, ¿para qué construir soberanía cuando se puede ser el séquito?
Álvaro Ramis
Crónica Digital
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