EL SENTIDO COMÚN DEL FEMINISMO

Abril Sandoval y María José Cariaga - Abril Sandoval, encargada Política Frente Feminista Valparaíso, Frente Amplio. María José Cariaga, encargada Orgánica Frente Feminista Valparaíso, Frente Amplio. – Desconcierto – 27-02-2026

Es clave ser capaces de hablar con honestidad a cada mujer que hoy afirma “yo no soy feminista”, no para imponer una etiqueta, sino para mostrarle que: cuando se indigna frente a la violencia, cuando cree en la igualdad salarial, cuando cuida de otras o cuando defiende su derecho a decidir, ya está habitando el feminismo. Porque el feminismo no es una consigna lejana ni una identidad cerrada, es una experiencia vivida, muchas veces aprendida a fuerza de injusticias compartidas.

Cuando pensamos en “el feminismo”, a menudo tendemos a creer que es algo demasiado grande e inalcanzable, alejado de lo cotidiano. Un debate atrapado en la academia, con conceptos complejos y discusiones teóricas diseñadas para convencer a quienes ya están convencidas.

Sin embargo, en tiempos donde el patriarcado afianza su poder con los avances de discursos conservadores, es imperioso recordar que el feminismo nunca fue pensado para las convencidas.

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El feminismo no nació sólo en los libros, sino que germinó en lo cotidiano de mujeres que lucharon por algo, tan básico, como tener los mismos derechos que sus compañeros. No vino necesariamente de complejas y encriptadas reflexiones, sino que de una cuestión de sentido común.

Ese sentido común del feminismo se expresa en actos concretos de resistencia y de cuidado. Está presente en las mujeres que sacan adelante a sus familias solas y con una doble jornada laboral, en quienes organizan ollas comunes, en aquellas que sostienen espacios colectivos de manera desinteresada y en las que han elegido no maternar, o hacerlo de manera distinta.

También se manifiesta en mujeres con trayectorias diversas, incluso con posiciones políticas distintas, que entienden que abrir una puerta para otra mujer no es una amenaza, sino una responsabilidad compartida.

Así, la sororidad, que muchas veces parece una idea lejana o teórica, se expresa en gestos cotidianos y fundamentales: en la vecina que cuida a un niño para que otra mujer pueda trabajar, en quien brinda apoyo emocional en los momentos difíciles, en las amigas que se acompañan y no se dejan solas en una fiesta, y en la compañera de trabajo que comparte su conocimiento. Todo ello nace del entendimiento de que resistir es un acto colectivo y que la injusticia no puede ser la norma.

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Hoy, frente al avance de proyectos autoritarios y de ultraderecha, la historia nos recuerda que los derechos de las mujeres no están asegurados, y son los primeros en ser cuestionados. Nada de lo que hoy parece obvio fue un regalo. El derecho a votar, a decidir y a ocupar el espacio público fue conquistado por mujeres que se organizaron, resistieron y desafiaron el orden establecido.

Por eso, la batalla no se juega únicamente en el terreno de las leyes, los libros o la academia, sino también en el plano cultural, en aquello que una sociedad considera justo. Ahí entonces es donde radica la disputa del sentido común en el feminismo, la cual hoy se vuelve más urgente que nunca.

Es clave ser capaces de hablar con honestidad a cada mujer que hoy afirma “yo no soy feminista”, no para imponer una etiqueta, sino para mostrarle que: cuando se indigna frente a la violencia, cuando cree en la igualdad salarial, cuando cuida de otras o cuando defiende su derecho a decidir, ya está habitando el feminismo. Porque el feminismo no es una consigna lejana ni una identidad cerrada, es una experiencia vivida, muchas veces aprendida a fuerza de injusticias compartidas.

Tal vez el desafío de este tiempo no sea solo defender el feminismo en los discursos, sino volver a conectarlo con ese sentido común profundo que siempre estuvo ahí. El que vive en nuestras historias familiares, en las redes de cuidado, en las decisiones que tomamos cada día para sostener la vida. Reconectar el feminismo con esa raíz es también recordar que una vida digna para las mujeres no es un privilegio ni una concesión, es un derecho, y es un derecho que no estamos dispuestas a soltar.

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