Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas. -EL Mostrador – 28-02-2026
No basta con administrar la vejez. Hay que reconciliarla con la vida pública. Hay que devolverle un lugar visible, digno, central. Hay que aceptar que la fragilidad no es anomalía, sino condición humana.
- Hay dolores que no gritan.
- Y porque no gritan, nadie los escucha.
- Hay dolores que no solo duelen: enferman de pena.
- Enferman cuando la espera se vuelve horizonte.
- Cuando la vida ya no es proyecto sino resistencia.
Cuando alguien espera la muerte postrado, solo, incomprendido, pobre y atravesado por una angustia existencial que no tiene nombre técnico ni consuelo administrativo.
La vejez camina entre nosotros como una sombra discreta. No rompe vitrinas, no incendia plazas, no paraliza ciudades. Se desliza por los pasillos del supermercado, se sienta en los bancos de las plazas, espera en silencio en los consultorios. Está frente a nosotros, tan visible como el día, y sin embargo la hemos vuelto invisible.
Un elefante se pasea por nuestras vidas y fingimos que es niebla.
No es solo un sistema de cuidados lo que falta –aunque falte–. No es solo una reforma previsional –aunque sea urgente–. Es algo más hondo, más inquietante: es la pregunta por la sociedad que hemos edificado y la que estamos dejando en herencia.
Hemos construido ciudades veloces donde nadie tiene tiempo; economías exigentes donde solo vale quien tiene éxito económico. Hemos erigido una cultura que mide el valor por la rentabilidad, por el rendimiento, por la capacidad de generar utilidades inmediatas. ¿Y qué lugar dejamos para el hombre y la mujer que ya no están en esa carrera? ¿Para quienes no compiten, no facturan, no multiplican capital?
Porque no estamos hablando de una minoría marginal. Se trata de millones de hombres y mujeres que pertenecen a esa llamada “tercera edad”, etiqueta que muchas veces se vive como una suerte de muerte civil. No para quienes aún conservan tribuna o influencia, sino para tantos hombres y mujeres que no solo no tienen voz, sino que nadie los escucha.
La vejez no es caricatura. No es una figura encorvada y distante.
Es una pareja de setenta años que todavía se toma de la mano, pero calcula en silencio cuánto durarán sus ahorros. Es un hombre que mira sus remedios sobre la mesa como quien contempla una lista de pequeñas dependencias inevitables. Es una mujer que enciende la televisión no por interés, sino para que la casa no suene tan vacía.
Es también el hombre descartado a los sesenta o a los sesenta y cinco años como si su experiencia hubiera caducado. Es la mujer que deja de ser llamada porque “ya no está en edad”. Es la sensación de haber sido útil y de pronto convertirse en excedente.
La soledad no es un concepto sociológico: es el eco de los pasos en un departamento demasiado silencioso.
El deterioro no es estadística: es la sorpresa amarga de no recordar un nombre familiar, es la mano que tiembla al firmar, es el cuerpo que ya no obedece con la misma docilidad.
Y el costo de los medicamentos no es una variable presupuestaria: es la elección dolorosa entre ahorrar o aliviar el dolor.
¿Cómo hemos llegado a naturalizar esto?
Prolongamos la vida –y eso es un triunfo admirable–, pero no aseguramos compañía. Extendimos la esperanza de vida, pero no extendimos la esperanza interior. Inventamos terapias, fármacos, intervenciones sofisticadas, y sin embargo no inventamos una forma nueva de integrar a quienes envejecen.
Quizá el problema no sea solo económico. Quizá sea simbólico.
Hemos confundido valor con éxito. Hemos confundido dignidad con rentabilidad. Hemos confundido autonomía con autosuficiencia absoluta. Y cuando el cuerpo ya no puede sostener esa ficción, el individuo siente que ha fallado, cuando en realidad es la estructura la que lo ha dejado solo. No estamos hablando de “ellos”.
Estamos hablando de una parte creciente de nuestra comunidad.
Millones de hombres y mujeres en Chile viven esta transición con mayor o menor serenidad, con mayor o menor angustia, pero casi siempre con la sensación de haber sido desplazados del centro de la conversación pública.
Cada proyecto que celebramos, cada reforma que impulsamos, cada ciudad que diseñamos, debería responder a una pregunta simple y severa: ¿podría vivirse aquí con serenidad a los ochenta años?
Si la respuesta es dudosa, entonces algo esencial está mal concebido.
No basta con administrar la vejez. Hay que reconciliarla con la vida pública. Hay que devolverle un lugar visible, digno, central. Hay que aceptar que la fragilidad no es anomalía, sino condición humana.
Una sociedad que aparta a sus mayores no es moderna: es temerosa. Teme verse en ellos. Teme reconocer su propio destino.
Ese es el elefante.
No el gasto.
No la estadística.
No la reforma pendiente.
El elefante es el miedo colectivo a aceptar que la vulnerabilidad forma parte del pacto social.
Y mientras no lo miremos de frente, seguiremos construyendo un mundo apto para el éxito económico, pero inhóspito para envejecer.
La verdadera grandeza de una comunidad no se mide por la energía de sus jóvenes, sino por la paz con que sus mayores atraviesan la tarde de su vida.
Porque el alma de una nación no está en sus ceremonias ni en sus discursos, sino en la manera en que enfrenta su propia fragilidad.
Y hoy, si somos sinceros, el alma de nosotros es la de hombres y mujeres complicados, atareados, indiferentes, solos de solemnidad. Postergamos por ceguera, pero ante la impotencia todo se desvanece tarde o temprano.
Lo digo por Chile.
Y por la angustia que preferimos no mirar.
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