Capitán Cianuro Escritor y columnista – El Desconcierto – 01-03-2026
Cambiar de ideas es legítimo; negar ese cambio mientras se actúa en sentido contrario es otra cosa. Es pedir confianza mientras se dinamita la palabra propia. La política no se degrada solo por los adversarios declarados, sino por quienes erosionan desde dentro el significado de sus compromisos.
La traición no siempre llega con estruendo. A veces se disfraza de formalidad, de trámite pendiente, de silencio oportuno. No necesita violencia abierta: basta la palabra incumplida o la firma que no aparece. Así opera su geometría: cortes pequeños que, sumados, desgarran el tejido democrático.
En Venezuela, María Corina Machado ha sido presentada como emblema de libertad. Sin embargo, su trayectoria revela una tensión persistente entre discurso emancipador y alineamientos que favorecen intereses de élite. No es una traición espectacular, sino estratégica: hablar en nombre del pueblo mientras se negocia sin él. Esa distancia erosiona la confianza que dice defender.
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En Chile conocemos la versión brutal: Augusto Pinochet quebrando el orden constitucional y dando un golpe de estado al presidente constitucional, Salvador Allende. Allí no hubo bisturí, sino un bombardeo. Pero también existió una traiciones silenciosa.
En el segundo gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, el ministro de Justicia, Jaime Campos, encarna esa deslealtad burocrática que se ampara en el procedimiento. Tras una acción participativa, que movilizó a miles de chilenos y chilenas en cabildos ciudadanos para elaborar una propuesta de nueva Constitución, el texto no fue ingresado al Congreso. Casi al término del mandato, la iniciativa quedó archivada. No fue un descuido: fue una decisión que desactivó una expectativa colectiva.
El gesto se volvió más elocuente cuando, en el último día de gobierno, el mismo ministro se negó a firmar el decreto que ponía fin al penal de Punta Peuco. Cuando la institucionalidad se utiliza para bloquear la voluntad política ya expresada, la traición adopta forma de trámite.
Algo similar ocurre cuando la coherencia se sacrifica en el altar de la conveniencia. Ximena Rincón afirmó no ser de derecha en televisión frente a Paulina Vodanovic, Presidenta del PS, mientras su trayectoria avanzaba, sin pudor, hacia alianzas y campañas con referentes de ese sector, incluyendo figuras de la derecha más dura.
Cambiar de ideas es legítimo; negar ese cambio mientras se actúa en sentido contrario es otra cosa. Es pedir confianza mientras se dinamita la palabra propia. La política no se degrada solo por los adversarios declarados, sino por quienes erosionan desde dentro el significado de sus compromisos.
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Nada de esto quedó sin recompensa. Tanto Jaime Campos como Ximena Rincón terminaron integrando el gabinete del gobierno entrante de José Antonio Kast. La señal es inequívoca: la deslealtad no solo se tolera, también se premia.
La historia nos dejó un símbolo preciso: Judas y sus treinta monedas. No era una fortuna; era el precio suficiente para vender una confianza. Desde entonces, esas monedas representan la decisión consciente de traicionar un vínculo por conveniencia.
Y esa lógica no pertenece solo a la política. Nos rodea. Está en quienes nos adulan mientras les somos útiles y, en el menor descuido, nos ponen la tijera por la espalda. En quienes reciben nuestra confianza cuando estamos vulnerables y luego la convierten en herramienta de cálculo. La traición duele más cuando nace del espacio donde bajamos la guardia.
La lealtad no es sumisión; es coherencia entre palabra y acción. Sin ella, la política se vuelve administración de ambiciones y las relaciones, simple intercambio.
Las treinta monedas siempre se pagan. A veces suenan en metal. Otras veces se traducen en cargos y ministerios. Pero el costo real lo paga la confianza colectiva. Y cuando esa se pierde, el tejido común comienza, irremediablemente, a rasgarse.
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