EL PRÓXIMO GOBIERNO NO GOBERNARÁ UN PAÍS, GOBERNARÁ UNA AUDIENCIA
Artemio Espinosa Mackenna - Director de las carreras de Comunicación Audiovisual y Técnico Audiovisual del DuocUC, sede San Carlos de Apoquindo. – El desconcierto – 04-03-2026 La democracia no se erosiona únicamente cuando se miente deliberadamente. También se erosiona cuando trivializamos el lenguaje, cuando banalizamos el dato y cuando convertimos la indignación en espectáculo permanente. Cada palabra repetida sin contexto, cada titular diseñado para provocar antes que informar, va moldeando el espacio público que luego decimos querer proteger. El próximo presidente de Chile no enfrentará únicamente una crisis económica, un Congreso fragmentado o una ciudadanía desconfiada. Enfrentará algo más complejo y menos visible: una audiencia. Ya no basta con gobernar un territorio. Habrá que gobernar un flujo incesante de percepciones, emociones, narrativas y desinformaciones que circulan a la velocidad del algoritmo. La política ha dejado de operar en ciclos institucionales y ha comenzado a operar en ciclos de atención. Y la atención, hoy, es el recurso más escaso. [Te puede interesar] EE.UU. realiza el primer ataque submarino con torpedos desde la Segunda Guerra Mundial En este nuevo escenario, la agenda pública no se instala necesariamente por relevancia estructural, sino por viralidad. Una declaración imprecisa puede dominar la conversación durante días; una política pública técnicamente sólida puede desaparecer en horas si no genera impacto emocional. Gobernar será, ante todo, gestionar percepción. El poder narrativo como estrategia Uno de los fenómenos políticos más influyentes de la última década ha sido el estilo comunicacional de Donald Trump. Más allá de las posiciones ideológicas, Trump comprendió algo antes que muchos: en un ecosistema saturado, el escándalo es combustible narrativo. La confrontación permanente no es un accidente; es estrategia. La exageración no es error; es visibilidad. La repetición constante de una idea, aunque sea controvertida o discutible, termina por instalarla como marco interpretativo. Ese modelo no necesita convencer a todos. Necesita dominar la conversación. La llamada “posverdad” no implica que la verdad haya desaparecido, sino que dejó de ser el eje ordenador del debate público. Hoy, lo que estructura la discusión no es necesariamente la evidencia, sino la coherencia emocional del mensaje con la identidad del receptor. Si un relato confirma mis temores, mis rabias o mis esperanzas, es más probable que lo comparta antes de verificarlo. No porque sea irracional, sino porque estoy saturado. La fatiga cognitiva y la eficiencia de la mentira Vivimos en estado de hiperconexión permanente. La infopolución, esa sobrecarga de datos, opiniones, titulares y notificaciones, erosiona nuestra capacidad de análisis. Ser un ciudadano informado exige tiempo, contraste de fuentes y disposición a la complejidad. Y la complejidad cansa. Frente a ese agotamiento cognitivo, el cerebro opta por la vía corta: simplificar, cerrar rápido, elegir lo que resuena. En ese contexto, la fake news no funciona solo por malicia, sino por eficiencia narrativa. Reduce ambigüedad, ofrece culpables claros y entrega soluciones simples. Pero el problema no es únicamente su circulación. El problema es su efecto acumulativo. El lenguaje como constructor de realidad Porque el lenguaje no es inocente. El lenguaje no solo describe la realidad: la constituye. Nombrar es delimitar. Repetir es consolidar. Instalar un concepto es modificar el marco desde el cual interpretamos el mundo. Cuando un líder político insiste en determinadas categorías: “enemigos”, “traidores”, “invasiones”, “fraudes”, no solo está comunicando; está modelando el imaginario colectivo. Está creando condiciones de posibilidad. Manipular información con fines estratégicos puede generar réditos electorales inmediatos. Pero también puede producir un efecto que luego resulta incontrolable. Como en la metáfora de Frankenstein, el relato creado para movilizar emociones puede adquirir autonomía, radicalizarse y escapar al control de quien lo impulsó. La historia reciente muestra que los discursos incendiarios no siempre se quedan en el plano simbólico. La audiencia nativa digital El próximo gobierno de Chile deberá moverse en ese ecosistema. No gobernará una plaza pública donde la ciudadanía escucha discursos completos. Gobernará una audiencia fragmentada que consume clips de 30 segundos, titulares recortados y comentarios virales. Gobernará un país donde la discusión política convive con tutoriales, memes y videos de entretenimiento en el mismo dispositivo. Ese dispositivo, el teléfono móvil, dejó de ser herramienta. Es extensión corporal. Diversas encuestas internacionales indican que una proporción significativa de jóvenes declara sentirse ansiosa o insegura cuando no tiene su celular cerca. No se trata solo de conectividad; se trata de identidad. Desconectarse es quedar fuera de la conversación. [Te puede interesar] Incendio en Papelera de Puente Alto genera evacuaciones de barrios y obliga a suspender clases En educación superior lo vemos cada día. Las generaciones que hoy ingresan a nuestras aulas no conocieron un mundo sin redes sociales. Evalúan credibilidad en segundos. Se informan, con frecuencia, a través de fragmentos en TikTok, donde el relato breve y emocional tiene ventaja sobre la explicación contextualizada. No es desinterés; es velocidad cultural. Pero esa velocidad tiene consecuencias democráticas. Formar comunicadores es asumir poder moral Cuando la política se convierte en contenido y el contenido se mide por engagement, la tentación de simplificar es enorme. Y cuando la simplificación se normaliza, el discurso público se empobrece. El riesgo no es que existan liderazgos carismáticos. El riesgo es que la estructura comunicacional premie sistemáticamente el impacto sobre la verdad. Aquí emerge una responsabilidad ineludible para quienes formamos comunicadores. No estamos entrenando solo operadores técnicos ni creadores de contenido. Estamos formando arquitectos del lenguaje público. Cada estudiante que aprende a construir un relato, editar una imagen o diseñar una estrategia digital adquiere poder simbólico. Y el poder simbólico tiene efectos reales. Si enseñamos que el objetivo principal es captar atención, sin discutir las consecuencias éticas de cómo se capta, contribuimos a reforzar una cultura donde el fin justifica el medio narrativo. Si no enfatizamos que toda pieza comunicacional participa en la construcción de realidad, corremos el riesgo de formar profesionales brillantes técnicamente, pero indiferentes a los efectos sociales de su trabajo. Reconstruir ciudadanía en la era del impacto El próximo presidente deberá gobernar una audiencia. Pero esa audiencia es, en parte, producto de cómo hemos educado, comunicado y normalizado ciertas prácticas. No basta con exigir responsabilidad a los líderes políticos si no asumimos la nuestra en el ecosistema comunicacional. La democracia no se erosiona únicamente cuando se miente deliberadamente. También se erosiona cuando trivializamos el lenguaje, cuando banalizamos el dato y cuando convertimos la indignación en espectáculo permanente. Cada palabra repetida sin contexto, cada titular diseñado para provocar antes que informar, va moldeando el espacio público que luego decimos querer proteger. Gobernar una audiencia es posible. Lo verdaderamente complejo será reconstruir una ciudadanía que no solo reaccione, sino que piense; que no solo comparta, sino que contraste; que no solo consuma narrativa, sino que exija sustento. En tiempos donde el impacto parece ser el único indicador de éxito, defender la densidad del lenguaje puede parecer una apuesta lenta. Pero tal vez sea la más urgente. Porque cuando el lenguaje se degrada, la realidad que construimos con él también se degrada. Y de ese Frankenstein narrativo, tarde o temprano, nadie queda indemne. [Te puede interesar] La inclusión no es un ajuste razonable: Es rediseñar la universidad