“EL BALANCE GENERAL SOBRE LA COMUNICACIÓN GUBERNAMENTAL ES PREDOMINANTEMENTE CRÍTICO”: DINO PANCANI

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 8/3/2026.-Prensa el Siglo

El académico de la Facultad de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile sostuvo que “las deficiencias quedaron en evidencia: faltó una estrategia coordinada y activa que fuera capaz de disputarle la iniciativa a la oposición. Tuvimos una comunicación fragmentada, reactiva y, por momentos, poco transparente. Se abusó del silencio como herramienta evasiva”. Sentenció que, finalmente, “en este gobierno no hubo un cambio estructural en el sistema de medios”. Consultado sobre la difusión de logros de la administración indicó que “a esta gestión le costó muchísimo acortar esa brecha entre las cifras reales y lo que la gente finalmente percibía” y puntualizó que “está claro que los avances que hubo en varias áreas se terminaron invisibilizando”. El también periodista y coordinador del libro “En los bordes de la ilusión, la comunicación política del gobierno de Gabriel Boric”, opinó que en esta administración “pasaron discursivamente de la ilusión al pragmatismo, dejando guardado ese relato de justicia social, ecologismo y feminismo con el que partieron. Al final, creo que la gran lección que se lleva esta generación es que, efectivamente, ‘otra cosa es con guitarra’”. Específicamente sobre los algoritmos y uso priorizado de redes sociales en la gestión comunicacional, Pancani señaló que “hubo muchos ‘me gusta’ en las cuentas de las redes sociales del Presidente y de algunas ministras, pero eso no se tradujo en aprobación ciudadana. Las redes son un gran insumo para alimentar o destruir el amor propio, pero no son el mejor espacio para promover un debate de ideas”.

Es un académico que en los últimos cuatro años se dedicó mucho al análisis, la indagación y la construcción de propuestas en el ámbito de las comunicaciones, sobre todo desde el Estado. Coordinó un libro sobre la gestión comunicacional de la administración del Presidente Gabriel Boric, a la que le ha tomado el pulso permanentemente.

Dino Pancani, periodista, Doctor en Estudios Americanos y académico de la Facultad de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile abordó en entrevista con ElSiglo.cl estas materias, queriendo establecer algunos elementos de partida: “Me gustaría partir señalando que entiendo la comunicación política como un proceso estratégico. No es solo hablar, es un intercambio de mensajes, símbolos e ideas que circulan en el espacio público para influir en la opinión, orientar decisiones y, por supuesto, legitimar políticas que respondan a una visión de mundo específica”.

Añadió: “Quiero sumar dos elementos que hoy me parecen imprescindibles para la comunicación política, sobre todo por el momento que vivimos. El primero es que, aunque la comunicación política es racional, hoy necesita un componente emocional. Estamos en la era de los algoritmos y las redes sociales, donde la búsqueda de adhesión emocional debe ir de la mano con el debate de ideas. Y el segundo elemento es el coraje. Para ejecutar una comunicación política efectiva hay que estar dispuesto a correr riesgos”.

Y fijó una posición ya conocida: “Lamentablemente, creo que estos dos factores le faltaron al gobierno del Presidente Gabriel Boric: los algoritmos nunca terminaron de transformarse en ideas sólidas y su comunicación política terminó siendo recatada”.

Precisamente, tú coordinaste la edición del libro “En los bordes de la ilusión, la comunicación política del gobierno de Gabriel Boric”. Tienes una mirada crítica de las comunicaciones en estos cuatro años.

Tal como lo planteamos en el libro que mencionas, y como se recalca tanto en el prólogo como en los ensayos de los jóvenes periodistas, el balance general sobre la comunicación gubernamental es predominantemente crítico. Pasamos de un relato que prometía ser transformador a uno de “continuidad y normalización”, que carece de una épica propia. Las deficiencias quedaron en evidencia: faltó una estrategia coordinada y activa que fuera capaz de disputarle la iniciativa a la oposición. Tuvimos una comunicación fragmentada, reactiva y, por momentos, poco transparente. Se abusó del silencio como herramienta evasiva. Me refiero a esas omisiones deliberadas para evitar dar explicaciones sobre promesas de campaña incumplidas: desde la eliminación de los delegados presidenciales hasta las demandas de las diversidades sexuales o el compromiso con la verdad y justicia por las violaciones a los derechos humanos durante el estallido. Sobre este último punto, la respuesta “no dicha” fue elocuente: mantener al hoy imputado Ricardo Yáñez como general director de Carabineros y calificar como “demócrata” al expresidente (Sebastián) Piñera, responsable político de dichas violaciones.

¿Tienes una opinión específicamente de la gestión de la Secretaría de Comunicaciones de La Moneda (SECOM), que es un centro neurálgico de las comunicaciones de gobierno?

La Secom no tuvo la capacidad de construir un relato amplio y sólido, no logró articular una estrategia coherente entre lo técnico y lo político que acercara a las autoridades a la ciudadanía. Me explico: hubo una falta de dirección estratégica que dio paso a un proceso reactivo. Se operó bajo una lógica de gestión de prensa clásica, más acostumbrada a reaccionar ante la agenda de los medios que a disputárselas, lo cual era prioritario, si consideramos la tremenda concentración económica e ideológica que tienen los medios de comunicación en Chile. La Secom es la responsable principal del vínculo entre el Ejecutivo y los medios, cometido cumplido de modo ambivalente. Lo señalo en el libro: hubo una aproximación hacia la prensa hegemónica que calificaría de “temerosa y soberbia”. Temerosa hacia los medios y sus controladores, pero soberbia hacia los y las periodistas que trabajan en ellos. Se pasaba, sin transición alguna, de dar tratos preferentes a los medios tradicionales a episodios de arrogancia, prohibición de vocerías y largos silencios presidenciales. En resumen, la Secom priorizó la gestión administrativa y logística por sobre la tarea política central: influir en la opinión pública y consolidar una hegemonía democrática.

Se señaló varias veces que el gobierno no comunicó bien sus logros. ¿Lo compartes?

Diría que a esta gestión le costó muchísimo acortar esa brecha entre las cifras reales y lo que la gente finalmente percibía. Para mí está claro que los avances que hubo en varias áreas se terminaron “invisibilizando”, en parte por errores estratégicos del propio gobierno, pero también por un ambiente mediático hostil y una derecha que no paró de cuestionar los datos duros, incluso cuando sus críticas no tenían fundamento. Por otro lado, al no tener un relato transformador, el gobierno fue perdiendo esa identidad política con la que partió. Sus logros terminaron pareciendo parte de una agenda técnica y de estabilización que, para el ciudadano común, resultaba intrascendente. Al final, la capacidad técnica que tuvieron para gestionar algunos temas, no supieron traducirla en algo que diera esperanza o una sensación de bienestar a las personas

¿Queda o no un relato del gobierno, queda un sello, un concepto, una idea que proyectar?

Mi impresión es que el gobierno terminó jugándosela por un sello de continuidad y normalización social que, al final del día, lo hizo mimetizarse con las formas de poder de siempre. En apenas seis meses, pasaron discursivamente de la ilusión al pragmatismo, dejando guardado ese relato de justicia social, ecologismo y feminismo con el que partieron. Al final, creo que la gran lección que se lleva esta generación es que, efectivamente, “otra cosa es con guitarra”. Al usar esa frase, lo que hicieron fue aceptar tácitamente que no iban a hacer las transformaciones comprometidas, porque prefirieron concentrarse en administrar el sistema y las instituciones que ya existían. Podrían haber hecho esa misma lectura para, precisamente, asumir el desafío de transformar Chile, pero optaron por no molestar a los sectores que hoy se benefician con el estado actual de las cosas.

¿Hubo un privilegio por las redes socies, por los algoritmos, estuvo bien eso?

El gobierno apostó por comunicar desde las redes sociales para intentar incentivar el debate político, pero no obtuvo los dividendos que esperaba. Hubo muchos “me gusta” en las cuentas de las redes sociales del Presidente y de algunas ministras, pero eso no se tradujo en aprobación ciudadana. Las redes son un gran insumo para alimentar o destruir el amor propio, pero no son el mejor espacio para promover un debate de ideas. Creyeron que la comunicación política era puramente emocional, inmediata y estruendosa. Sin embargo, la ultraderecha -que salió triunfadora en las últimas elecciones- apostó sin decoro alguno a intensificar esos mismos tres elementos, pero sumando noticias falsas o manipuladas que dejaron a las autoridades oficialistas en una posición de total inferioridad. Una de las dificultades principales fue exponer la figura presidencial a esa “juguera” mediática y digital; inevitablemente, su imagen salió dañada.

Desde el Ministerio Secretaría General de Gobierno se organizó un proceso de conversación con actores del mundo de la prensa y las comunicaciones y tres universidades entregaron un informe con propuestas, todo bajo el título “Más amplitud, más voces, más democracia. Aporte para las comunicaciones del Chile que viene”. También salieron propuestas de la Conferencia Mundial de la Libertad de Prensa de UNESCO que se hizo aquí en Chile ¿Al final, eso sólo contribuyó al diagnóstico o también a concretar soluciones, qué pasó con las propuestas de las universidades?

Me gustaría precisar un punto: el gran valor del informe “Más amplitud, más voces, más democracia”, que coordiné junto a Ana María Castillo, fue que no se quedó sólo en el diagnóstico. Propusimos soluciones, 11 medidas legislativas y 26 administrativas de aplicación inmediata. Poco después, el informe sobre Desinformación sumó otras 72 recomendaciones técnicas. En el papel, buscábamos fortalecer los medios públicos, descentralizar el avisaje del Estado y proteger el ejercicio periodístico. Pero, ¿qué pasó en la realidad? Faltó voluntad política. Hoy, el sistema de medios sigue exactamente igual que hace cuatro años.

En su momento señalaste que el gobierno no dio la batalla cultural. Que no generó contrapesos a la prensa hegemónica. ¿Por qué fue así?

El gobierno de Boric simplemente abandonó la batalla cultural. En el camino, ese ímpetu transformador se diluyó en un pragmatismo que terminó por mimetizarlos con los gobiernos de siempre. Muy pronto soltaron las banderas que les dieron identidad: el Presidente terminó pidiendo disculpas por sus críticas a Piñera y el valor simbólico del estallido social fue ocultado o negado, recordemos la famosa negación de “perro matapacos”. Incluso en seguridad, pasaron de la prevención a un lenguaje puramente represivo. Me atrevo a afirmar que estos cuatro años no fueron de cambio, sino de una “realpolitik” fría que priorizó la continuidad sobre la transformación.

Al final de cuentas, ¿hubo un cambio en el sistema de medios en esta administración?

Siendo coherente con lo que venimos conversando, en este gobierno no hubo un cambio estructural en el sistema de medios. Y lo más grave es que se quedaron en la promesa, a pesar de tener diagnósticos y medidas que ni siquiera dependían del Congreso sino de voluntad política y administrativa. Incluso las pocas iniciativas aisladas, como despenalizar la radiodifusión o crear una red de radios comunitarias, pasaron inadvertidas. No se comunicaron bien y no vemos avances concretos. Esa falta de gestión terminó diluyendo cualquier impacto que pudieron tener.

¿Cómo viste al Presidente Boric como comunicador?

Veo una figura dual. Por un lado, un hombre cercano, simpático y sencillo; pero por otro, un Presidente que a veces se siente sobreactuado, forzando un discurso de Estado lleno de tecnicismos y concesiones ideológicas. Nunca logró equilibrar en los medios su identidad personal con su rol institucional. Esa tensión entre la espontaneidad de las redes y la rigidez del cargo lo traicionaba en cada crisis. Lo vimos con el caso Monsalve, donde habló 53 minutos e incluso ofreció su celular como “prueba de blancura” y, hace poco, cuando el presidente electo le exigió mentir, a condición de continuar el traspaso gubernamental en paz. En ambos casos, el error fue el mismo: en lugar de, en sus respuestas, proteger su investidura, aceptó la invitación al barro que le hizo la oposición a diario.


LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.