PUGILATO EN LA MONEDA: ¿FALTA DE OFICIO O CAMBIO ESTRATÉGICO DE KAST?

Por : Germán Silva Cuadra Psicólogo, académico y consultor – El Mostrador – 09-03-2026

El quiebre entre Gabriel Boric y José Antonio Kast por el episodio del cable chino tensionó el traspaso de mando y reavivó la polarización política. Aunque ambos dieron por superado el impasse, el episodio deja dudas sobre el tono que marcará el nuevo ciclo político.

José Antonio Kast, antes de partir a Miami al encuentro de los presidentes de derecha con Donald Trump, quiso dar por “superado” el quiebre con el Gobierno. Por cierto, una pésima señal para una ciudadanía que presenció –con incredulidad– una especie de pelea de barrio entre el Mandatario actual y el que asumirá el 11 de marzo.

Sin embargo, y pese a esta tajante declaración, ayer domingo el futuro Presidente concurrió a La Moneda, luego de recibir una invitación de Gabriel Boric. Esta vez fue el Mandatario en ejercicio quien dio por “superado” el impasse. Una demostración de que, en política, no existen los términos absolutos, ni menos el blanco y negro.

Este episodio debería ser un aprendizaje para José Antonio Kast –acostumbrado a vivir en un partido que se opuso a los grandes proyectos de ley consensuados por casi todo el espectro político– y comprender que, cuando se ejerce el cargo de Jefe de Estado, muchas veces se deben abandonar las posiciones duras por el bien del país.

Por cierto, hay que valorar el esfuerzo de Boric, pese al portazo previo recibido, y la capacidad de flexibilizar la dura posición por parte de Kast. Nobleza obliga.

La semana pasada, y luego de unos pocos minutos de reunión, Kast decidió retirarse de La Moneda –con sus futuros ministros incluidos– luego de exigirle a Boric que se retractara de las declaraciones hechas el día anterior en un programa de TV, en que afirmó que había puesto en conocimiento a Kast sobre el famoso cable chino.

Lo paradójico del caso es que el propio Kast reconoció luego haber sido informado el 18 de febrero, y también se supo que Boric intentó ubicar al Presidente electo, pero J. A. Kast no respondió por tratarse de un número desconocido. Finalmente se conoció que el entorno del Mandatario entrante recibió tres mensajes desde La Moneda advirtiendo que Boric estaba tratando de ubicarlo.

Por cierto, Claudio Alvarado –futuro ministro del Interior– hizo un papelón negando las comunicaciones entre los púgiles.

La primera interpretación del exabrupto del Presidente electo fue que su falta de oficio y experiencia política en temas de Estado le hizo una mala jugada. Mal que mal, durante dos décadas fue un opositor a los gobiernos de turno, incluido el de Piñera.

Es probable que, entre tanta información, Kast no le tomara el peso al pincelazo informativo que le entregó Boric. Incluso en círculos de derecha se habló de descortesía política, considerando que no se le puede exigir a un Presidente, en La Moneda, que se retracte.

Un dirigente de Chile Vamos me recordó la estampa y serenidad de Zelenski en la Casa Blanca durante la encerrona pública de Trump y Vance.

Sin embargo, el impacto político de este hecho inédito –que significó que mucha gente comentara en redes sociales que ni en el traspaso de Pinochet a Aylwin se vio una situación como esta– es mayor.

En primer lugar, constituye una inquietante señal para lo que vendrá a partir del 11 de marzo. El cortocircuito –producto del cable chino– revivió el tono brutal y la alta polarización de la campaña de 2025, de la que los chilenos quedamos hartos.

Hay que decir que las señales iniciales de Kast y su relato –“seré el Presidente de todos los chilenos”, “tenemos que trabajar unidos”, etc.– generaron expectativas positivas, incluso entre quienes serán oposición desde el próximo miércoles.

El quiebre de relaciones fue visto con inquietud por los partidos de Chile Vamos. Los viejos estandartes de la derecha chilena saben mejor que nadie que, para mostrar resultados rápidos –dadas las altas expectativas generadas en la campaña–, se requerirán ciertos consensos en el Parlamento que permitan viabilizar el llamado “Desafío 90”.

De ahí las presiones que hicieron saber a la OPE para que Kast flexibilizara su posición y diera su brazo a torcer, cosa que, por lo visto, lograron con la concurrencia de Kast a La Moneda tras regresar de Miami.

En la centroderecha tienen claro que el exabrupto del martes pasado provocó un efecto insospechado en un oficialismo descolocado y que estaba atravesando el desierto –la semana pasada lo analizamos en esta columna–. Como por arte de magia, la futura oposición pareció “revivir” frente al enemigo común.

Sin embargo, lo más probable es que el episodio no fuera un simple arrebato, sino que obedeciera a una estrategia política para extremar posiciones, poniendo a Boric como el causante del quiebre y pudiendo así polarizar más la agenda que se inicia este miércoles 11.

Para nadie es un misterio que en el entorno del Presidente electo existe inquietud por la autoexclusión del PNL del futuro Gobierno. También sabemos que José Antonio Kast optó por excluir los temas más polémicos de su campaña, pero que sí estuvieron presentes en 2021.

Eso significa que Kast puede intentar instalar temas ligados a la derecha más dura, que él mismo ha liderado por años, siendo más fiel así a un relato que le acomode políticamente y, de paso, neutralice a Kaiser.

En cierta forma, la decisión a firme de no volver a dialogar con el Gobierno saliente recordó más a los republicanos del Congreso –que establecieron la doctrina del blanco o negro– que al Kast de los primeros días de esta larga transición.

Una agenda polarizada le permitiría a Kast quitar el apoyo a Bachelet para la ONU e instalar temas valóricos e ideológicos, como la conmutación de penas a violadores de derechos humanos y otros delincuentes –algo de por sí bastante paradójico, considerando el relato de la campaña sobre la delincuencia–.

Se trata de una iniciativa que el futuro Presidente viene promoviendo hace tiempo y que significaría liberar a varios autores de crímenes de lesa humanidad. De hecho, Kast no eludió el tema –pudo haberlo evitado por tratarse de una iniciativa parlamentaria–, validando el polémico proyecto aprobado en general en el Senado justo antes de partir al encuentro de la ultraderecha incondicional de Trump.

A propósito, el mandatario estadounidense aprovechó la instancia para anunciar una “coalición militar” que integrará Chile junto a otros países de la región, lo que significaría que quedaríamos involucrados en el nuevo orden mundial que ha creado EE.UU.

Supongo que Kast, cuando asuma la Presidencia, podrá explicar y aclarar qué significará eso para nuestro país.

De paso, Trump le recordó a Kast: “Me encanta cuando apoyo a alguien y no pierde”. A buen entendedor, pocas palabras.

Si esa es la estrategia definida por Kast –la de polarizar el debate y la agenda–, creo que el futuro oficialismo podría estar asumiendo un riesgo no menor, considerando que la agenda legislativa podría ser bloqueada por la futura oposición, la que, pese a su derrotismo actual, puede tomar aire nada más que por haber sido provocada.

Sumemos a esto que el PDG habría llegado a un acuerdo con la centroizquierda y que eso podría significar la presidencia de la Cámara de Pamela Jiles… que ya le advirtió a Kast: “Te voy a hacer la vida imposible”.

Todos esperamos que a Chile le vaya bien con el cambio de ciclo político. Sin embargo, las positivas señales de enero –el discurso de Kast, sus reuniones con Bachelet, la designación de ministros de la ex Concertación y Chile Vamos– parecen haber quedado atrás y no representar hoy más que un espejismo.

Después de todo, este país viene viviendo un clima de polarización que ya se extiende por décadas: los 16 años de Bachelet-Piñera, el estallido, los plebiscitos fallidos y, por supuesto, la dupla Boric-Kast.

Ojalá me equivoque.


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