¿RECONSTRUCCION NACIONAL O REGALO A LOS EMPRESARIOS ?

Por ANTU -  para UTE-NOTICIAS  -  22 04-2026

La presentación de hoy de José Antonio Kast sobre su “Plan de Reconstrucción Nacional” y la mega reforma económica intenta instalar una idea simple y potente: que bajar impuestos y “destrabar” inversiones generará empleo y crecimiento. Pero la pregunta de fondo no es cómo se vende el proyecto, sino quién gana realmente con él.

El corazón de la iniciativa es la reducción gradual del impuesto corporativo de 27% a 23%, junto con flexibilización regulatoria y aceleración de permisos para inversión. Aunque el gobierno insiste en que eso beneficiará a las pymes y al empleo, las principales ventajas estructurales recaen sobre los grandes grupos económicos, exportadoras, sectores financieros y empresas con mayores utilidades, porque son ellos quienes capturan la mayor parte del alivio tributario.

Las pymes aparecen más como argumento político que como beneficiarias centrales. De hecho, gremios pyme ya cuestionaron que mientras a grandes empresas se les reducen tributos, a ellos se les mantienen o aumentan ciertas cargas. Eso abre una crítica importante: el proyecto usa el lenguaje de la “reactivación nacional”, pero concentra los incentivos en quienes ya tienen mayor capacidad de inversión y acumulación.

También hay un elemento ideológico claro. Kast plantea que “la tarea número uno es generar empleo, el resto es música”. Con eso desplaza el debate desde distribución, salarios o derechos sociales hacia crecimiento económico puro. Es una visión clásica de oferta: primero fortalecer al capital y luego esperar que el crecimiento “derrame” hacia el resto de la sociedad. Sus críticos sostienen precisamente que Chile ya vivió décadas bajo esa lógica, con crecimiento acompañado de fuerte concentración económica.

Otro punto sensible es que varios sectores denuncian posibles conflictos de interés, porque algunas medidas podrían favorecer directamente a sectores donde participan personas cercanas al gobierno o vinculadas al empresariado. Por eso la oposición habla de una “reforma tributaria encubierta” más que de una reconstrucción nacional.

Políticamente, Kast busca consolidar una narrativa: orden, crecimiento y seguridad económica. El mensaje apunta a sectores medios cansados del estancamiento y del miedo a la crisis. Pero detrás de esa narrativa, el diseño económico parece beneficiar de manera mucho más directa al gran empresariado que al trabajador promedio.

Y hay algo todavía más profundo: esta propuesta no solo es económica, es ideológica. Busca reinstalar la idea de que el mercado debe tener menos límites y que el Estado debe retroceder. Es el retorno de una visión donde el crecimiento importa más que la distribución, donde la rentabilidad pesa más que la dignidad social y donde los derechos vuelven a entenderse como “costos”.

“Cuando un gobierno dice que no hay recursos para fortalecer derechos sociales, pero sí para rebajar impuestos a grandes empresas, no estamos frente a una reconstrucción nacional: estamos frente a una redistribución hacia arriba. El discurso habla de empleo; el diseño real protege rentabilidad.”

“Kast presenta esto como un plan para Chile, pero el núcleo del proyecto favorece principalmente a quienes ya concentran capital y poder económico. Las pymes y los trabajadores aparecen en el discurso; los grandes beneficios aparecen en la letra chica.

“Kast habla de reconstrucción nacional, pero su proyecto reconstruye el poder de los mismos grupos económicos que han gobernado Chile desde arriba durante décadas. Mientras la mayoría enfrenta deuda, inseguridad laboral y salarios insuficientes, el gran capital recibe rebajas tributarias y más privilegios. No es reconstrucción: es restauración.”

“Detrás del lenguaje de orden y crecimiento, lo que Kast presentó hoy fue un proyecto hecho para tranquilizar mercados, proteger utilidades y fortalecer a los de siempre. El trabajador aparece en el discurso; el gran empresariado aparece en los beneficios reales.”

Si el ministro de Hacienda llega rodeado de cuestionamientos por vínculos con casos de colusión, conflictos de interés o cercanía histórica con grandes grupos económicos, el problema ya no es solo técnico: es político y ético. En el caso de Jorge Quiroz, gran parte de las críticas apuntan precisamente a eso: a que quien diseña la “reconstrucción” representa una mirada profundamente ligada al gran empresariado y a consultorías vinculadas a empresas cuestionadas.

Por eso genera tanta desconfianza que sea él quien lidere una reforma que reduce impuestos corporativos, flexibiliza regulaciones y fortalece incentivos al capital privado. Porque para muchos no parece un árbitro neutral, sino alguien ideológicamente comprometido con un modelo económico donde los grandes actores económicos siempre terminan protegidos.

Y ahí aparece una contradicción muy fuerte: el gobierno habla de “reconstrucción nacional”, pero pone al frente a figuras que simbolizan precisamente el modelo económico cuestionado por concentración, abusos y captura empresarial del Estado. Eso debilita la credibilidad del proyecto desde el inicio.

“No deja de ser simbólico que una ley presentada como salvación nacional esté dirigida por figuras acusadas de representar los intereses de las élites económicas. Cuando quienes asesoraron o defendieron a grandes empresas terminan escribiendo las reglas del país, la ciudadanía tiene derecho a preguntarse si el Estado gobierna para Chile o para los grupos económicos.”

“El problema no es solo la ley. El problema es quién la escribe. Cuando un ministro cuestionado por sus vínculos con sectores acusados de abusos económicos lidera una reforma tributaria proempresarial, la sensación no es de reconstrucción: es de captura del Estado por los mismos intereses de siempre.”

El apoyo del Franco Parisi y del Partido de la Gente a un proyecto impulsado por José Antonio Kast no parece casual ni puramente “técnico”. Tiene bastante lógica política si se observa cómo el PDG ha construido su identidad: discurso anti élite tradicional, fuerte apelación al malestar económico y defensa de un modelo promercado con menos impuestos y menos burocracia.

El PDG intenta ocupar una posición ambigua: habla en nombre de la gente común, pero muchas veces termina alineándose con políticas que favorecen principalmente al empresariado. Esa contradicción se vuelve evidente en este caso. Porque apoyar una rebaja tributaria grande para empresas mientras gran parte de la población enfrenta endeudamiento y precariedad puede leerse como una señal de alineamiento ideológico más profundo con la derecha económica.

También hay cálculo electoral. El PDG sabe que comparte electorado con Kast en sectores desencantados, antipolítico y críticos del Estado. Apoyar este proyecto les permite mostrarse como “responsables con la economía” y acercarse a un bloque conservador más amplio sin desaparecer completamente dentro de él.

Pero existe otro elemento importante: el PDG suele construir su discurso sobre la rabia ciudadana contra “la clase política”, mientras evita confrontar con demasiada fuerza a los grandes poderes económicos. Y eso genera críticas, porque muchos sienten que el partido termina canalizando descontento social para conducirlo hacia soluciones favorables al mercado y no hacia cambios estructurales.

“El PDG nació diciendo que venía a enfrentar a las élites políticas, pero cuando llega el momento de discutir quién gana económicamente en Chile, termina votando junto a quienes defienden al gran empresariado. Mucha rebeldía discursiva, pero poca confrontación real con el poder económico.”

“El PDG convirtió el enojo de la gente en capital político, pero hoy demuestra hacia dónde conduce ese enojo: a respaldar proyectos que fortalecen a los mismos grupos económicos que dicen combatir. Anti élite en el discurso, funcional al poder en la práctica.”

ANTU- Ex dirigente de la Universidad Técnica de Estado


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