Por: Oscar Ortiz Vásquez. Historiador, fundador e integrante de la Fundación Clotario Blest.
Crónica Digital. 28 abril, 2026
En los últimos meses, diversas situaciones políticas, económicas y belicistas están afectando a la población mundial. Muchos están buscando explicaciones a lo que acontece –desde variadas fuentes– para aquietar sus angustias venideras. Entonces los más viejos –evocando sus años de mocedad–, recuerdan a los intelectuales, cuando en la primera mitad del siglo pasado sustentaban un compromiso político, el cuestionamiento al poder y refutación al discurso dominante, que provocaba introducción de puntos de vista críticos. La aparición de esta figura contemporánea surgió con el caso “Dreyfus” un militar francés de origen judío culpado falsamente de espionaje y respecto del cual el novelista Emilio Zola se encargó de su defensa. A través del documento “Yo acuso”, este autor fue el paradigma del intelectual como lo concebimos y no el superficial de la actualidad, desprendido de su realidad y sin compromiso con esta.
A finales del siglo XIX, en Francia el pensamiento científico y el intelectual no encontraron diferencias sustanciales. En cambio, en Alemania las disparidades entre el sabio y el intelectual eran notorias. Max Weber, en su libro “El sabio y la política” muestra sus características. El sabio era incorporado al aparato del Estado, donde encarnaba la ciencia y el orden. Y la universidad era el bastión del nacionalismo, los lugares de formación de las elites y los custodios de la cultura conservadora. Esto cambió con el desarrollo industrial y cultural y con el surgimiento de las universidades de masas. Pero también dependió de la orientación dominante de los regímenes políticos. En los países totalitarios, los intelectuales críticos e independientes no eran bien vistos, sino excluidos y reprimidos.
No pasemos por alto el período de entre guerras de la centuria pasada, que se expresaba en una polarización de los intelectuales a favor del fascismo o del comunismo. Los que intentaron ser neutrales, culminaron marginados en ese tiempo. Esta confrontación condujo con frecuencia a que muchos intelectuales evadieran los crímenes de Stalin o que cuando los mencionaban fueran calificados de anticomunistas. Apoyaban al socialismo críticamente y pugnaban por su derecho a la autonomía de pensamiento, sin conformismo ni sumisión. ¡Tampoco hubo mucha comprensión para ellos!
¿El intelectual que accede al poder sigue siéndolo?
La historia ha demostrado que no, poniendo entre otros casos, el ejemplo de León Trotsky. En 1917, antes de la Revolución Rusa, Trotsky destacaba como un refulgente crítico social. Sin embargo, un año después, investido de altos cargos, teorizaba sobre el partido bolchevique, impulsando la estatización y la militarización de los sindicatos, legalizando la censura y justificando la represión en contra de la rebelión de Kronstadt. Como jefe del Ejército Rojo, Trotsky era un hombre ligado a las riendas del mando omnímodo, enmarcado dentro de la lógica del partido comunista soviético. Diez años después, se enfrenta a Stalin, lo que genera su exclusión del partido y su posterior destierro. Esto le permitió a Trotski recobrar sus reflexiones independientes, mostrando la incompatibilidad del intelectual y el poder, las malas interpretaciones y los peligros de las confusiones de roles.
En la actualidad, con sus vastos conflictos, el eclipse de los intelectuales cubre el horizonte de las expectativas emancipadoras de los pueblos, dejando una estela de patéticas secuelas. La formación de pensadores con luminosos pergaminos, gestados por universidades bajo el dominio de grupos económicos internacionales, que son premiados con viajes y con publicaciones que sólo leen sus iguales, conducen a la castración mental. Ello se ve potenciado con la fuerza de los medios de comunicación modernos, principalmente la televisión, que cosifica tanto a intelectuales como a una cierta cultura. Muchos de estos intelectuales se vuelven banales, dejan de impugnar y se amoldan a la política del gran empresariado, que termina contratándolo como asesores.
Otra razón de este crepúsculo ha sido el fin de la Guerra Fría. El paisaje cambió y, junto con él, los partidos, los sindicatos, las publicaciones, pues antes estas entidades se nutrían de intelectuales. Ahora no son necesarios; prefieren expertos en mercados, en elecciones y en farándulas. Al terminarse el socialismo, en su forma autoritaria, como la gran utopía del pretérito, concluyó el “intelectual teórico”.
Abundaron pensadores ex comunistas apostatas que adjuraron de lo que habían defendido y se hicieron fervientes defensores del capitalismo.
Por tanto, es indispensable el intelectual crítico, ya que el mundo no sería visible si nadie se queja ni se opone. ¡Por algo la historia es la tensión dialéctica entre el pasado y futuro!
En nuestros días, quienes están ocupando este espacio, son fundamentalmente músicos y artistas, los cuales desde sus estridentes tribunas denuncian, protestan y proponen un nuevo orden social solidario, como, por ejemplo, el cantante Bad Bunny quien aprovechó su presentación en el Super Bowl para realizar una performance en repudio a la nefasta política migratoria de Trump o el actor Robert de Niro, quien encabezó la marcha “No Kings”, que reunió a millones de personas disconformes con la deriva autoritaria del actual gobierno de los Estados Unidos.
Crónica Digital.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
