Por: Guillermo Pickering. Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
El Mostrador. 29 mayo, 2026
Necesitamos nuevamente soldados de esta doctrina: no armados de fusiles, sino de convicciones, capaces de recordar que la libertad sin responsabilidad se degrada, que la economía sin ética corrompe y que la tecnología sin humanidad termina por volverse contra el hombre.
Conmovido aún, después de haber leído la encíclica de León XIV. Conmovido por su defensa de la condición humana y el comprobar cómo el Humanismo Cristiano y la doctrina social de la Iglesia vuelven a levantarse como espada y escudo de la humanidad frente a las amenazas de nuestro tiempo.
Vivimos una época fascinante y peligrosa: fascinante por los avances de la ciencia y la tecnología; peligrosa porque hemos comenzado a confundir los medios con los fines. La técnica, que debía servir al hombre, amenaza con transformarse en su nuevo amo. El mercado pretende convertirse en el criterio supremo del valor de las personas y el individuo, emancipado de toda pertenencia, descubre demasiado tarde que la libertad sin comunidad termina pareciéndose a una nueva forma de soledad.
Por eso la voz de León XIV resuena con tanta fuerza: porque nos recuerda que el ser humano es más que un algoritmo, más que un consumidor, más que una pieza reemplazable en el engranaje económico, y que la dignidad humana no se calcula, no se transa y no se programa.
No es la primera vez que la Iglesia alza la voz. Lo hizo frente a las dictaduras y los totalitarismos, al proclamar la opción preferencial por los pobres, al advertirnos sobre el pecado social que se instala en las instituciones y los sistemas económicos. Lo hizo con Mater et Magistra, Populorum Progressio, Laborem Exercens, Centesimus Annus y tantas otras contribuciones que forman uno de los patrimonios intelectuales más fecundos de la historia contemporánea.
Y hay algo más que me impresiona. En un tiempo en que muchos centros de poder han optado por el silencio o la complacencia frente a los abusos, ha sido nuevamente la Iglesia –no la del poder temporal, sino la de los humildes, la compasión y el coraje moral– la que ha recordado a los poderosos que existe una ley superior a sus intereses y una dignidad que no puede ser negociada.
Por momentos pareciera que una de las pocas barreras morales capaces de interpelar con claridad a Donald Trump y a quienes comparten su visión ha sido la voz del Papa. Mientras otros miden encuestas o buscan acomodos, el sucesor de Pedro ha recordado una verdad elemental: que ningún proyecto político puede situarse por encima de la dignidad de cada hombre y cada mujer; que los migrantes no son cifras, que los pobres no son una carga, que los extranjeros no son una amenaza y que el sufrimiento humano no puede transformarse en herramienta electoral.
En tiempos de nacionalismos excluyentes y de exaltación de la fuerza, la Iglesia ha vuelto a recordar que la grandeza de una nación no se mide por su riqueza ni por su poder militar, sino por cómo trata a los más vulnerables.
Por eso esta encíclica no es solo una reflexión sobre la tecnología o la inteligencia artificial: es una reafirmación de la primacía de la persona humana frente a cualquier poder que pretenda subordinarla. Frente al individualismo y al economicismo que reducen al hombre a productor o consumidor, León XIV reivindica la comunidad; frente a la tecnocracia, la conciencia; frente a la idolatría de la eficiencia, la dignidad; frente a la lógica de la acumulación, la fraternidad.
Hay en estas páginas ecos de Emmanuel Mounier y su personalismo comunitario; de Jacques Maritain, que reconcilió la democracia con la tradición cristiana; de Charles Péguy, que denunció la degradación de una civilización obsesionada con el dinero. Ecos de quienes comprendieron que la libertad auténtica no es la ausencia de vínculos, sino la posibilidad de realizar nuestra vocación humana junto a otros. Porque nadie se salva solo, nadie se construye solo; porque la comunidad no es un obstáculo para la libertad: es su condición de posibilidad.
El Papa ha decidido enfrentarse a los nuevos mercaderes del templo, a quienes pretenden convencernos de que todo tiene precio. La encíclica recuerda una verdad elemental y revolucionaria: la cuestión decisiva no es cuánto poder acumulamos, sino para qué lo utilizamos; no es cuánto sabemos hacer, sino quiénes queremos llegar a ser.
La gran batalla de nuestro tiempo ya no se libra solo entre izquierdas y derechas, entre Estado y mercado. Es más profunda: enfrenta a quienes siguen creyendo que el ser humano posee una dignidad trascendente con quienes lo reducen a un dato, a una pieza intercambiable de una maquinaria cada vez más poderosa e impersonal. Por eso León XIV habla no solo a los católicos, sino a todos los que perciben que algo esencial se pierde en medio de la aceleración tecnológica y la mercantilización de la existencia, y que la democracia no sobrevive si pierde sus fundamentos éticos y espirituales.
Por eso millones de hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, han escuchado en estas páginas algo que trasciende lo eclesial: una llamada de atención moral, una defensa apasionada de lo humano, algo parecido a esos signos de los tiempos en que se manifiesta la voluntad de Dios en la historia.
Ojalá veamos surgir pronto una nueva generación inspirada por esta doctrina social. No para imponer creencias, sino para defender la dignidad humana allí donde sea amenazada; para enfrentar la guerra, la exclusión y la injusticia; para recordar que la economía debe servir al hombre y no al revés; para devolver a la política su dimensión moral.
Necesitamos nuevamente soldados de esta doctrina: no armados de fusiles, sino de convicciones, capaces de recordar que la libertad sin responsabilidad se degrada, que la economía sin ética corrompe y que la tecnología sin humanidad termina por volverse contra el hombre.
Quizás por eso, al terminar esta lectura, siento que el intelecto se ha vuelto menos pesado y más libre. Como si entre tanto ruido, tanta estridencia y tanta superficialidad, alguien hubiera vuelto a poner las cosas en su lugar. Como si una voz antigua y siempre nueva nos recordara que la persona humana sigue siendo el centro de toda vida social legítima. Como si, en medio de la incertidumbre de este cambio de época, se encendiera nuevamente una luz.
Termino esta lectura con esperanza.
No porque ignore la gravedad de los desafíos que enfrentamos, sino porque vuelvo a comprobar que las grandes tradiciones espirituales siguen orientando al mundo contemporáneo. Y porque, en medio del ruido, de la confusión y del desencanto, todavía existen voces capaces de recordarnos quiénes somos.
Se renueva la esperanza.
Y con ella, también la fe.
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