¿QUÉ HACER? NADA COMPLICADO, SOLO UNA REVOLUCIÓN

Por: Ricardo Candia

El Clarín Chile. 4 junio, 2026

La responsable de comenzar un camino que se cruce a la barbarie impulsada por la ultraderecha es la izquierda que debería actuar políticamente sobre la base de un proyecto que proponga medidas radicales, cuyo propósito sea poner en el centro del quehacer político y de las instituciones del Estado, al ser humano y el entorno que le permite la vida.

Un ejemplo quizás extremadamente revolucionario, sería propiciar que los niños vayan a la hermosa escuela pública de su barrio, contentos, seguros, bien alimentados y que sean recibidos en un establecimiento limpio, seguro, abrigador, con profesores bien pagados, bien formados, respetados por sus comunidades y que sepan cuál es su rol.

Habría que reconocer que, desde el punto de vista del actual orden, lo anterior es un objetivo que pone en riesgo todo aquello que, con fruición y contento, han construido tanto la ultraderecha, su autor intelectual, como sus cómplices y encubridores de la izquierda neoliberal.

Casi una cosa de extremistas, bárbaros, irresponsables y gente desenfocada del mundo real que intenta desbancar lo que ha costado tanto instalar.

Y lo que parecería una ironía para reírse del actual orden, es en verdad una propuesta extrema que, en efecto, supondría un ataque demoledor a las ideas fundantes del neoliberalismo.

Haga el ejercicio de revisar cuantas cosas, leyes, instituciones, personas e ideas habría que modificar para que algo de apariencia tan simple, como el que un niño vaya en esas condiciones básicamente humanas a su escuela, sea posible.

Agregue usted otra medida escandalosamente extremista: que a los políticos les esté prohibido robar.

El caso es que, efectivamente, las únicas ideas que pueden cruzarse al avance de la barbarie en el planeta son aquellas radicales que ponen en el centro de su interés y propósito, conquistar mejores condiciones para que la vida se desarrolle en condiciones de escala humana.

Se trata de impulsar un camino que, a la vez de deconstruir los pilares culturales del capitalismo en su versión más extrema, proponga un nuevo paradigma que propicie la vida en este diminuto planeta, quizás la única que existe en millones de galaxias, de modo que valga la pena vivirla. Y no que sea una pena hacerlo.

La izquierda debe volver a sus ideas fundacionales de justicia, libertad y fraternidad entre los seres humanos. Eso no está muerto. Está a la espera de quienes abran las nuevas Alamedas.

¿Le suena?

La somnolencia que ha diluido las potentes ideas revolucionarias se origina en el modo en que se negoció y aceptó la salida de los militares del poder formal y la consecuente desmovilización de quienes pudimos haber sido un contrapeso legítimo a la imposición de la ruta fijada por el tirano.

Lo que vino a partir de la justicia en la medida de lo posible, fue que nada fue posible en ninguna medida si se mira desde el punto de vista de la gente abandonada, explotada, arrinconada, arracimada y endeudada.

Las consignas fundantes de la izquierda siguen teniendo vigencia con mayor razón en este derrotero que nos lleva la extinción.

Si se quiere, remozado a las condiciones actuales, el programa de la Unidad Popular tiene pasmosa vigencia en su filosofía de fondo.

Bastaría con transformar en energía política la cinética que se despliega en marchas que no van a ninguna parte y vienen de ningún lado. Sería cosa de impulsar un proyecto que resuma aquellas ideas que se han ido quedando en el camino no porque sean malas, sino porque no ha habido quién las tome a cuestas.

Partamos por amargarles la vida a quienes se han aprovechado del descontento de no tener por quien de los nuestros apostar en las elecciones y levantemos candidaturas en todo lo que se mueva.

El mecanismo básico para no depender de los partidos instrumentalizados para el acomodo y choreo está a la mano: la articulación del mundo de las organizaciones sociales, de los trabajadores, de la gente silvestre que no quiere este orden, de los artistas de la izquierda revolucionaria, de los intelectuales y científicos que no quieren más neoliberalismo, en fin, la gente decente de este país.

El infalible mecanismo en que la gente participe en consultas populares para elegir los mejores candidatos a todo aún no ha sido superado como expresión democrática y ha dado resultados.

Si se pone en marcha la fuerza de la gente reunida en la plaza para tomar decisiones en este sentido, si se agrega la energía maravillosa de los estudiantes, si los dirigentes sociales honestos se ponen a la cabeza de un movimiento de esta envergadura, si los que manden asumen su transitoriedad y dejan paso a otros, si mandamos todos o no manda nadie, si escarbamos en la memoria democrática del pueblo llano y se respeta aquello de que mayoría manda, no solo votaríamos sin el rictus amargo de hacerlo por los males menores que han resultados bastante mayores, sino que abriríamos un camino en donde solo ha habido decepción, traición y desencanto.

Y quizás, en poco tiempo, una niña irá caminando, contenta y segura a una escuela cariñosa, abrigadora, bonita, y será recibida por profesoras cariñosas, preparadas, respetadas, bien tratadas, respetuosas y seguras. Y quizás por entonces sea impensable que un político robe.

Habrá empezado la revolución.

Ricardo Candia Cares

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