Por: Capitán Cianuro
El Desconcierto. 14 de junio de 2026
Todavía existen quienes consideran que la cultura es un gasto y no una inversión, incapaces de comprender que detrás de ella existe identidad, pensamiento, trabajo e industria. Hoy, con tu partida, esa discusión vuelve a hacerse evidente y adquiere una urgencia aún mayor.
Quiero dedicar esta columna a don Julio Jung del Favero.
Lo conocí hace más de treinta años por intermedio de la gran Rebeca Ghigliotto, quien partió en 2003. Por alguna razón, ese mismo año, viajando por España junto a mis amigos del colectivo de música electrónica Euphoria, nuestra amistad con Julio se estrechó. Él había sido nombrado por el gobierno de Ricardo Lagos como agregado cultural en Barcelona, y fueron días de buenas conversas y tertulias, siempre con una cuota de humor, afectos que terminaron por consolidar una relación que se mantuvo hasta siempre.
Recuerdo que, al despedirnos después de aquellos encuentros, me pediste que no dejara de visitar a Rebeca, porque estaba bastante mal. No alcancé a llegar. Me enteré de su partida a través de un llamado telefónico de mi hermana. Junto a Patricio Livingstone fuimos a “La Pérgola” de avenida la Paz a comprar una corona de flores y nos propusimos asistir a su velorio. Sin embargo, por un dato mal entregado, terminamos llegando a un velorio que no correspondía. Siempre he pensado que Rebeca se habría reído de aquella situación. Y también recuerdo a Julio diciéndome, con esa mezcla de sabiduría y humor que lo caracterizaba, que así es la vida: con cuotas de tristeza y, en medio de ellas, una sonrisa socarrona capaz de rescatarnos incluso de los momentos más fúnebres.
Con Julio construimos muchos encuentros. Me acompañó en lanzamientos de libros; en algunos estuvo presente y en otros las circunstancias se lo impidieron. Hoy soy yo quien falta a tu funeral, querido amigo, porque la distancia no me permite estar allí. Pero los amigos permanecen unidos más allá de la presencia física: en los recuerdos, en las historias compartidas, en las luchas sociales y en las convicciones que se defienden a lo largo de la vida.
Al ver las imágenes que han inundado las redes sociales tras tu partida, queda claro que dejaste una huella profunda. Y cuando tu hijo, Julio Jung Duvauchelle, dice sentirse un millonario, entiendo perfectamente a qué se refiere. No existe herencia más valiosa que el cariño de la gente. Ese reconocimiento social es el patrimonio que deja quien vivió comprometido con su tiempo, quien estuvo activo durante los años más oscuros de la dictadura y quien hizo de las tablas un espacio para expresar ideas, emociones y principios. ¿Cómo no recordar aquella visita de actores estadounidenses encabezados por Christopher Reeves, que llegaron a solidarizar con el Sindicato de Actores de Chile en momentos en que la dictadura amenazaba de manera permanente al mundo artístico?
Era noviembre de 1987 y el Teatro Cariola fue escenario de una manifestación de repudio frente a ese clima hostil. Julio estuvo allí siendo uno de los actores principales en la alocución, como tantas otras veces, poniendo el cuerpo y la voz donde consideraba que era necesario hacerlo.
Aunque su gran compromiso fue siempre con el teatro, la dimensión social jamás estuvo ausente de su vida. El exilio lo llevó a Caracas, Venezuela, tras la imposición de la dictadura de Pinochet. Más tarde, como agregado cultural en Barcelona, impulsó la conmemoración de los cien años del nacimiento de Neruda. Recuerdo que me contaba, con entusiasmo, cómo había logrado involucrar a artistas como Miguel Bosé, Ana Belén, Víctor Manuel y Joan Manuel Serrat entre otros, para homenajear al poeta.
En medio de ese proyecto me comentó que buscaba una voz para declamar los poemas. Le respondí: “¿Y por qué no lo haces tú, Julio?”. Tu voz, tu presencia y tu impronta eran más que adecuadas para ello. Finalmente aceptaste, y el resultado fue, a mi juicio, uno de los homenajes más memorables realizados al Nobel chileno, trascendiendo ampliamente los límites de lo local.
Años después, cuando me correspondió ser productor general de la visita del Dalái Lama a Chile, necesitábamos una voz solemne para conducir los encuentros en la Arena Santiago. Nuevamente apareció tu generosidad. No dudaste. Me dijiste que querías estar allí y terminaste convirtiéndote en la voz de aquel momento solemne.
Si algo puedo decir de ti es que jamás recibí un “no” como respuesta. Siempre estuviste dispuesto a colaborar. Conversamos muchas veces sobre Providencia y tu paso por el concejo municipal. También comentamos la actualidad política, criticamos a ratos a Evelyn Matthei y su forma tan peculiar, aunque siempre reconociste en ella capacidades de gestión y administración. Eran conversaciones francas, matizadas por el humor, la reflexión y el afecto.
También hablamos sobre la precariedad que enfrenta el mundo del teatro y la cultura. Coincidíamos en que una sociedad que no entiende el valor del arte termina empobreciéndose a sí misma.
Todavía existen quienes consideran que la cultura es un gasto y no una inversión, incapaces de comprender que detrás de ella existe identidad, pensamiento, trabajo e industria. Hoy, con tu partida, esa discusión vuelve a hacerse evidente y adquiere una urgencia aún mayor.
En fin, Julio comienzas en julio, naciste en otoño y partes en esa misma estación. Hay algo poético en ese ciclo que se cierra donde comenzó.
No pude acompañarte en tu despedida, pero sí puedo hacerlo desde estas palabras. Porque la amistad no conoce distancias ni funerales. Permanece en la memoria, en las causas compartidas y en la gratitud.
Gracias por tu voz, por tu compromiso, por tu generosidad y por tu amistad.
Hasta la victoria siempre, querido Julio.
Con Afecto eterno, Capitán Cianuro
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