CIEN DÍAS DE KAST: DESGASTE PREMATURO Y UNA OPOSICIÓN QUE AÚN NO ENCUENTRA EL RUMBO

Por: Simon Del Valle

El Clarín Chile. 15 junio, 2026

Los primeros cien días de un gobierno suelen ser un tiempo de gracia. Un período en el que la ciudadanía otorga margen para instalar equipos, desplegar políticas y convertir promesas en decisiones. En el caso del presidente José Antonio Kast, ese crédito parece haberse consumido con inusual rapidez.

Las encuestas publicadas durante las últimas semanas dibujan un cuadro complejo para La Moneda. La desaprobación presidencial supera el 55% en distintos sondeos, mientras crece la desconfianza respecto de la capacidad del mandatario para cumplir sus promesas. El dato es especialmente relevante porque Kast llegó al poder con un capital político excepcional: obtuvo un contundente triunfo electoral y una mayoría social movilizada por la demanda de orden, seguridad y recuperación económica.

Apenas tres meses después, ese mandato comienza a mostrar fisuras.

No se trata de una crisis de gobierno. Tampoco de un colapso político. Pero sí de algo quizá más peligroso: el desgaste temprano de las expectativas.

El choque entre la campaña y el Estado

Las campañas electorales simplifican; gobernar obliga a administrar complejidades.

Pocas figuras políticas encarnaron esa lógica como José Antonio Kast. Su campaña prometió expulsiones masivas de migrantes irregulares, una rápida recuperación económica, rebajas tributarias para estimular la inversión y una restauración del orden público. El mensaje era claro: un Estado fuerte para combatir la delincuencia y un Estado más pequeño para impulsar el crecimiento.

Pero el poder tiene una costumbre: confrontar las consignas con la realidad.

Uno de los primeros tropiezos fue precisamente la migración. La promesa de expulsar a cientos de miles de migrantes irregulares en corto tiempo chocó con límites jurídicos, diplomáticos y operativos. El propio mandatario terminó relativizando declaraciones de campaña, calificando algunas de ellas como «hipérboles». o «metáforas». Lo que en la oposición parecía una muestra de realismo, para parte de su electorado fue interpretado como un ajuste forzado a la realidad.

La economía tampoco ha entregado los resultados esperados. El desempleo continúa en niveles elevados y la inflación, aunque más moderada que en años anteriores, sigue pesando sobre el presupuesto familiar. Las encuestas revelan que el costo de la vida y el empleo vuelven a instalarse entre las principales preocupaciones ciudadanas, desplazando parcialmente a la seguridad como eje exclusivo del debate público.

Es una vieja lección de la política: la seguridad moviliza votos, pero el bolsillo define apoyos duraderos.

La paradoja del gobierno fuerte

El caso de Kast presenta una paradoja singular. A diferencia de otros presidentes recientes, llegó al gobierno con una derecha relativamente alineada y con una agenda ideológica clara. Sin embargo, esa fortaleza institucional no ha impedido una rápida erosión del capital político.

Las controversias se han acumulado: el debate sobre Punta Peuco y los beneficios a condenados por violaciones a los derechos humanos; la resistencia social y política frente a la megarreforma tributaria; las críticas a recortes presupuestarios en salud y programas sociales; y las tensiones generadas por propuestas para compartir información migratoria desde servicios públicos.

Ninguna de estas controversias, por sí sola, amenaza la estabilidad del gobierno. Pero juntas configuran un cuadro de fricción permanente.

Gobernar no consiste solo en ejercer autoridad; también exige construir legitimidad. Y la legitimidad, en democracia, es un recurso agotable.

El problema para La Moneda no es únicamente que aumente la desaprobación. Es que comienza a instalarse una percepción más profunda: la duda respecto de si el gobierno podrá cumplir las expectativas que ayudaron a llevarlo al poder.

La reciente encuesta CEP lo retrató con crudeza: una amplia mayoría declara tener poca o ninguna confianza en que el Presidente cumpla sus promesas de campaña.

Cuando la confianza comienza a erosionarse, el reloj político acelera.

El retorno de la economía

Durante los últimos años, la política chilena estuvo dominada por dos grandes ejes: seguridad y migración. Ambos fueron decisivos para la victoria de Kast.

Pero las encuestas recientes sugieren un cambio de clima.

La delincuencia sigue siendo la principal preocupación ciudadana, pero el desempleo, la inflación y el estado general de la economía vuelven a ocupar lugares prioritarios. Es una señal relevante: las urgencias materiales reaparecen con fuerza en la conversación pública.

La historia política chilena ofrece ejemplos elocuentes. Ningún gobierno ha logrado sostener altos niveles de apoyo cuando las familias perciben deterioro económico, incluso en contextos de estabilidad institucional. La percepción del bienestar cotidiano suele pesar más que los indicadores macroeconómicos.

La política, finalmente, se vive en el supermercado, en la cuenta de la luz y en la búsqueda de empleo.

Una oposición que observa, pero no capitaliza

Sin embargo, el dato más llamativo de estos cien días quizá no sea el desgaste del gobierno, sino la incapacidad de la oposición para transformarlo en alternativa política.

La centroizquierda enfrenta un escenario paradójico. El oficialismo pierde apoyo, pero ese deterioro no se traduce automáticamente en un fortalecimiento opositor.

Las razones son múltiples.

El progresismo continúa marcado por las tensiones heredadas del gobierno de Gabriel Boric. Persisten diferencias estratégicas entre el Frente Amplio, el Partido Comunista, el socialismo democrático y la Democracia Cristiana. No existe un liderazgo convocante ni un relato común capaz de articular una propuesta de futuro.

En el Congreso, la oposición ha logrado victorias puntuales: el rechazo al levantamiento administrativo del secreto bancario o las resistencias a aspectos de la megarreforma económica. Pero esos éxitos parlamentarios no se han convertido aún en una mayoría política o cultural.

La oposición parece habitar un estado intermedio: ya no gobierna, pero todavía no termina de redefinirse.

La consecuencia es un vacío político peculiar: un gobierno que se desgasta antes de consolidarse y una oposición que aún no logra presentarse como alternativa creíble.

Los cien días y el largo plazo

Los primeros cien días no determinan el destino de un gobierno. La historia chilena ofrece ejemplos de administraciones que comenzaron con dificultades y lograron recuperar terreno, así como de otras que agotaron rápidamente su capital político.

Pero los símbolos importan.

Y el símbolo que emerge de estos primeros meses es el de un gobierno que descubre las restricciones del poder antes de haber consolidado sus fortalezas políticas.

Para Kast, el desafío consiste en transformar promesas en resultados. Para la oposición, en reconstruir una narrativa capaz de volver a conectar con la ciudadanía.

Porque, a cien días del inicio del nuevo ciclo político chileno, la gran pregunta ya no es únicamente cómo gobernará la derecha, sino quién será capaz de disputarle el futuro.

Simón del Valle

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