CUANDO CHILE FUE CENTRO DE LA ESPERANZA Y LA PRIMAVERA COMPARTIDA DE AMÉRICA LATINA

Por: Oscar Ortiz. El autor es escritor e historiador, y fue uno de los principales discípulos y colaboradores del fundador y primer presidente de la CUT, Clotario Blest. Es fundador e integrante de la Fundación Clotario Blest.

Crónica Digital20 junio, 2026

Recuerdo que, en los días posteriores al Golpe de Estado de septiembre de 1973, una de las angustias de mi maestro Clotario Blest Riffo era la situación que enfrentaban los extranjeros que entonces residían en Chile, al cual se habían trasladado en un gesto de solidaridad con los vientos de cambio que parecían soplar en el país.

La preocupación del fundador y primer presidente de la Central Única de Trabajadores (CUT) tenía un doble fundamento. En primer lugar, la vocación de Clotario por la unidad de los pueblos de América Latina, que marcó toda su trayectoria sindical. En segundo término, el impacto por la furibunda conducta de los golpistas, los cuales desencadenaron abierta y públicamente una cacería contra los extranjeros, movidos por la fantasía de la existencia de un imaginario ejército de decenas de miles de “guerrilleros y extremistas marxistas” llegados desde el exterior.

Ello estuvo en la base de su decisión de Clotario de reactivar el Comité de Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales (CODEHS), el cual fue el primer espacio de protección de los perseguidos en el período posterior al cruento derrocamiento del Gobierno de la Unidad Popular.

He rememorado esos días oscuros al conocer el libro “El Chile de antes: Vivencias del Chile de Salvador Allende y su destrucción por Augusto Pinochet”, escrito por la doctora argentina Irene Cutillo, quien cruzó la cordillera con su compañero de entonces, en un valiente gesto de solidaridad.

Este libro, al que tuve acceso gracias a mi amigo Víctor, nos remite a la experiencia de los miles de extranjeros y hermanos latinoamericanos que empacaron sus vidas, colgaron sus mochilas al hombro y viajaron hasta Chile. No venían de turismo, venían impulsados por una profunda e inquebrantable solidaridad internacionalista.

En los primeros años de la década de 1970, Chile se transformó en el centro de gravedad de las utopías de todo un continente. Bajo el Gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, el país inició un experimento político inédito: construir el socialismo por vías democráticas, institucionales y pacíficas. Esta “vía chilena”, con “sabor a vino tinto y empanadas”, no solo movilizó a millones de chilenos, sino que encendió una llama que cruzó fronteras.

Arribaron desde todos los rincones de América Latina, buscando en Chile un laboratorio de futuro, un espacio donde la esperanza parecía ganar la carrera a la resignación.

Esos jóvenes y profesionales extranjeros se mimetizaron con el pueblo chileno. Se les vio en las fábricas apoyando la gestión de los cordones industriales, en los campos trabajando codo a codo en la reforma agraria, en las universidades debatiendo hasta el amanecer, y en los campamentos populares atendiendo los centros de salud. No venían a imponer verdades; venían a poner el cuerpo y el alma a disposición de un sueño colectivo.

Chile los adoptó con el afecto de quien se sabe acompañado en una travesía difícil. Juntos compartieron las alegrías de las nacionalizaciones, la épica de los trabajos voluntarios y la creciente angustia de un asedio que se volvía cada día más asfixiante.

El 11 de septiembre de 1973, ese sueño fue quebrado con fuego y con metralla. Para los extranjeros que estaban en Chile, el Golpe de Estado no solo significó el fin de un proceso político y social, sino el inicio de una pesadilla feroz. Muchos de ellos, desprovistos de redes familiares y marcados por el estigma del “agitador foráneo” que impuso la dictadura y los medios de comunicación a su servicio, sufrieron con doble crueldad las persecuciones, las torturas, los encarcelamientos en los Estadios Chile y Nacional, y otros campos de reclusión a lo largo de todo el país. Incluso, la desaparición y la muerte.

Aquellos que lograron sobrevivir y pudieron regresar a sus países de origen llevaron consigo para siempre el desgarro de ver morir una primavera que también les pertenecía.

Hoy, a más de medio siglo de distancia, la memoria está incompleta si no se reconoce la huella de esos caminantes latinoamericanos. Su viaje fue el testimonio vivo de que las fronteras se diluyen cuando lo que convoca es la dignidad humana y el anhelo de un mundo más digno y justo. De todo nos habla el libro “El Chile de antes: Vivencias del Chile de Salvador Allende y su destrucción por Augusto Pinochet” de Irene Cutillo.

A los que sembraron sus mejores años en esta tierras, a los que dejaron su juventud en las calles de Santiago, Chile y la memoria de América Latina les debe guardar un respeto eterno. Su solidaridad no fue en vano: quedó grabada como uno de los capítulos más hermosos y generosos de nuestra historia continental, como ejemplo vibrante para el futuro.

Crónica Digital.

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