Jean Flores Quintana – Diario-red.com – 26 de junio 2026
Politólogo. Analista de la coyuntura política y la geopolítica latinoamericana, su trabajo se caracteriza por desafiar el cerco mediático hegemónico. Es una voz activa en la defensa de una comunicación contrahegemónica y comprometida con las transformaciones sociales
FOTO : Protestas en La Paz, Bolivia, contra el fin del subsidio al diésel. - Radoslaw Czajkowski/dpa
Nuestra cultura latinoamericana, rica en texturas y memorias compartidas demanda hoy una resiliencia monumental, recuperar el Estado exige abandonar la ingenuidad institucional, volver a la disputa cultural en los barrios y articular un horizonte de certezas económicas concretas
Amanecemos con un continente teñido de un conservadurismo revanchista. Las confirmaciones de Abelardo de la Espriella en Colombia y el triunfo de Keiko Fujimori en Perú marcan el clímax de una ofensiva estructural del bloque reaccionario. Esta correlación de fuerzas arrincona a las fuerzas democráticas desde el Río Bravo hasta la Patagonia, obligando a una reflexión política urgente.
El peso de la historia
Comprender la magnitud de este reflujo exige observar el cierre del ciclo histórico en su profundidad temporal. Las revueltas populares de 2018 a 2020 constituyeron la respuesta telúrica de nuestros pueblos a treinta años de ortodoxia neoliberal impuesta por el Consenso de Washington.
Haití encendió la chispa contra el Fondo Monetario Internacional. Los posteriores estallidos en Chile, Colombia, Ecuador y Perú, sumados a la resistencia anticolonial en Puerto Rico, la defensa de lo público en Honduras y la lucha popular contra el golpismo en Bolivia, evidenciaron el agotamiento estructural del modelo.
Aquel recetario de privatizaciones y precarización laboral fue inoculado en la región tras la sangrienta ola de dictaduras militares amparadas por la Operación Cóndor. El terrorismo de Estado pavimentó el camino y los tecnócratas construyeron el andamiaje institucional que ahogó a las mayorías.
El mapa electoral 2023-2026 exhibe un retroceso contundente, provocado en gran medida por un progresismo acomplejado. Observamos liderazgos de izquierda pidiendo disculpas por existir
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Las insurrecciones recientes prometían desmantelar finalmente esa herencia estructural. La posterior llegada de gobiernos progresistas al aparato gubernamental confirmó la advertencia de Nicos Poulantzas sobre cómo el Estado condensa una relación material de fuerzas entre clases. Ganar las elecciones representa apenas un triunfo administrativo, un peldaño distante del ejercicio real del poder y acorralado por el asedio permanente de las oligarquías tradicionales.
La izquierda culposa y el reflujo
El mapa electoral 2023-2026 exhibe un retroceso contundente, provocado en gran medida por un progresismo acomplejado. Observamos liderazgos de izquierda pidiendo disculpas por existir, obsesionados con validar credenciales democráticas ante una derecha que desprecia esas reglas. Al buscar moderación y responsabilidad fiscal, dieron la espalda a su propia base social.
Las consecuencias resultan evidentes. En Chile, el reformismo en la medida de lo posible de Gabriel Boric cedió paso al orden tradicional. Argentina entregó el Estado al desmantelamiento de Javier Milei. En Ecuador, el control corporativo se consolidó con Daniel Noboa.
En Brasil, el Congreso conservador maniató a Lula. El progresismo subestimó la maquinaria burocrática permanente. La derecha activó un entramado institucional implacable, donde jueces y medios operaron mediante la guerra judicial para paralizar la administración y destituir liderazgos.
Guerra digital y miedo mercantilizado
A este cerco burocrático se sumó una brutal ofensiva en la trinchera digital. La disputa política contemporánea ocurre directamente en las pantallas de los teléfonos. Las fuerzas reaccionarias dominan esta infraestructura tecnológica global, bombardeando el sentido común con desinformación algorítmica para destruir la cohesión comunitaria.
Este autoritarismo germina velozmente en la mercantilización del miedo. Al fracasar el progresismo en garantizar el orden barrial, el pueblo entrega sus libertades buscando protección. La derecha aprovecha esta vulnerabilidad para imponer una transición definitiva hacia el Estado policial, desmantelando la red de protección social y respondiendo exclusivamente con encarcelamiento masivo.
Intervencionismo descarado y vasallaje
El pueblo castiga implacablemente la hipocresía progresista. Tal como advierte Nancy Fraser sobre el agotamiento del neoliberalismo progresista, cuando la dirigencia elude confrontar la concentración de la riqueza, las mayorías canalizan su desesperación votando a sus propios verdugos.
Este sufragio por la oligarquía funciona como un castigo visceral contra una izquierda convertida en mera administradora del statu quo. En este escenario de orfandad popular, las élites locales consolidan su rendición para garantizar el vasallaje extractivista de la periferia latinoamericana que sostiene al centro global.
Washington confiesa abiertamente sus operaciones de asfixia y celebra los bloqueos criminales contra Cuba y Venezuela, mientras manipula con absoluta desfachatez nuestros procesos electorales
Esta humillación continental alcanza su clímax con la brutalidad de la intervención extranjera. Hoy sobran los documentos desclasificados de la CIA frente al descaro de Donald Trump operando a plena luz del día. Washington confiesa abiertamente sus operaciones de asfixia y celebra los bloqueos criminales contra Cuba y Venezuela, mientras manipula con absoluta desfachatez nuestros procesos electorales.
Detrás de esta ofensiva opera una urgencia imperial inapelable por el saqueo absoluto de nuestros minerales críticos y reservas de agua dulce. Frente a este asedio, la derecha latinoamericana exhibe una vocación miserable y rastrera. Consolidan el neoextractivismo y subastan la soberanía nacional a cambio del oxígeno financiero y mediático estadounidense indispensable para retener el gobierno.
El horizonte
Nuestra cultura latinoamericana, rica en texturas y memorias compartidas desde la inmensidad de los Andes hasta la espesura del realismo mágico, demanda hoy una resiliencia monumental.
Tal como lo trazó Antonio Gramsci hace un siglo, la hegemonía requiere construir dirección intelectual y moral antes de asaltar el poder político. Recuperar el Estado exige abandonar la ingenuidad institucional, volver a la disputa cultural en los barrios y articular un horizonte de certezas económicas concretas.
Toca reconstruir el bloque histórico desde abajo, apelando a la memoria profunda de una América Latina capaz de encontrar siempre la fuerza para levantarse.
LAS OPINIONES VERTIDAS EN ESTE ARTICULO, SON DE EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD DEL AUTOR.
