LAS 52 HORAS Y EL VIEJO PROBLEMA DE CHILE

Por: Simon Del Valle

El Clarín Chile. 2 julio, 2026

Mientras el desempleo aumenta, la industria se contrae y la inversión continúa sin despegar, una comisión convocada por el Gobierno propone flexibilizar la jornada laboral y las normas de contratación. Más que una discusión sobre las 52 horas, el debate reabre una pregunta de fondo: ¿puede Chile salir del estancamiento aplicando las mismas recetas económicas de las últimas cuatro décadas?

Mientras los indicadores económicos siguen deteriorándose, el debate público ha encontrado un nuevo eje de controversia: la propuesta de una comisión técnica convocada por el Gobierno para flexibilizar la jornada laboral y permitir, bajo determinadas condiciones, semanas de hasta 52 horas de trabajo.

Como suele ocurrir en Chile, la discusión corre el riesgo de quedar atrapada en la superficie.

Unos dirán que se pretende volver a las jornadas laborales del siglo pasado. Otros responderán que no se aumentan las horas de trabajo, sino que solo se modifica la forma de distribuirlas a lo largo del año. Ambos tendrán parte de razón. Pero el verdadero debate es otro.

La pregunta no es si una persona puede trabajar 52 horas durante una semana determinada. La pregunta es por qué, cada vez que la economía chilena enfrenta dificultades, la solución vuelve a buscarse en el mismo lugar: el mercado laboral.

Los datos publicados durante las últimas horas son elocuentes. El desempleo continúa elevado. La producción industrial registró su mayor caída en casi una década. La construcción sigue sin recuperar dinamismo. El Imacec de mayo vuelve a mostrar una economía debilitada.

Es un escenario complejo. Nadie lo discute.

Lo interesante es observar cómo se responde a esa realidad.

Primero fue la denominada «permisología». Después, la rebaja de impuestos a las empresas. Más tarde llegaron los recortes del gasto público y la promesa de reducir el tamaño del Estado. Ahora aparece una comisión de expertos que propone mayor flexibilidad laboral, revisar las indemnizaciones por años de servicio y ampliar las causales de despido.

No son iniciativas aisladas.

Forman parte de una misma concepción económica.

Una idea que ha acompañado a Chile durante más de cuatro décadas y que sostiene que el crecimiento depende, fundamentalmente, de eliminar obstáculos al funcionamiento del mercado.

Si se reducen los impuestos, la inversión llegará.

Si se simplifican los permisos ambientales, los proyectos avanzarán.

Si el mercado laboral es más flexible, aumentará el empleo.

Esa ha sido, con distintos matices, la lógica predominante desde los años ochenta.

Incluso los gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría, aunque ampliaron derechos sociales y fortalecieron algunas políticas públicas, mantuvieron intacta esa arquitectura económica. Introdujeron correcciones importantes, pero nunca reemplazaron el principio central de que el mercado debía seguir siendo el principal organizador del desarrollo.

El actual gobierno lleva esa lógica a una versión más intensa.

Sin embargo, la realidad comienza a plantear preguntas incómodas.

Si la rebaja tributaria, la desregulación y las señales favorables a la inversión eran la condición necesaria para reactivar la economía, ¿por qué la inversión privada continúa mostrando tanta cautela?

¿Por qué la industria se contrae?

¿Por qué la construcción permanece prácticamente estancada?

¿Por qué el desempleo no retrocede?

No existen respuestas simples, pero sí una constatación evidente: los problemas de la economía chilena parecen ser más profundos que el costo del trabajo o la rapidez de un permiso administrativo.

La comisión técnica resulta especialmente reveladora porque refleja esa forma de mirar el país.

Sus recomendaciones hablan extensamente sobre jornadas laborales, indemnizaciones y adaptabilidad. Pero dicen muy poco acerca de innovación tecnológica, investigación científica, desarrollo industrial, agregación de valor a las exportaciones o construcción de nuevas capacidades productivas.

Es decir, vuelven a concentrar la atención en cómo organizar mejor el trabajo existente, antes que en cómo crear una economía diferente.

Y allí aparece la gran diferencia con las discusiones que hoy se desarrollan en buena parte del mundo.

Las economías más avanzadas están debatiendo cómo aprovechar la inteligencia artificial, cómo aumentar la productividad mediante nuevas tecnologías, cómo impulsar industrias de alto valor agregado y cómo distribuir los beneficios de esos aumentos de productividad.

Chile, en cambio, sigue discutiendo cuánto puede flexibilizar la jornada laboral para responder a las necesidades de sectores tradicionales.

No es una discusión irrelevante. Es, precisamente, la expresión de un problema mayor.

Cuando un país enfrenta una desaceleración persistente, tiene dos caminos.

Puede intentar mejorar la competitividad reduciendo costos y flexibilizando factores productivos. O puede preguntarse por qué produce siempre lo mismo, exporta casi las mismas materias primas desde hace décadas y depende tan fuertemente de sectores extractivos con escaso valor agregado.

La primera estrategia busca administrar el modelo existente.

La segunda intenta transformarlo.

Hasta ahora, el debate público chileno ha privilegiado la primera.

Por eso la discusión sobre las llamadas «52 horas» termina siendo mucho más que una controversia laboral.

Es una ventana que permite observar cómo una parte importante de la élite política y económica sigue entendiendo el desarrollo: como un problema de regulación, costos e incentivos.

Sin embargo, después de cuarenta años aplicando distintas versiones de esa receta, cabe formular una pregunta que ya no puede seguir postergándose.

Si cada vez que la economía se debilita volvemos a proponer menos impuestos, menos regulaciones y más flexibilidad laboral, y aun así el crecimiento continúa siendo insuficiente, ¿no será momento de preguntarnos si el problema está en otra parte?

Tal vez el verdadero desafío de Chile no consista en trabajar más horas cuando la demanda aumenta, sino en construir una economía capaz de crear más conocimiento, más innovación y más valor.

Porque ningún país logra desarrollarse simplemente administrando mejor el tiempo de trabajo. El desarrollo comienza cuando se es capaz de imaginar una manera distinta de producir.

Simón del Valle

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