Kast y su gobierno copa la agenda público no para comunicar . resultados o realizaciones sino por errores y conflictos.
Por: Simon Del Valle
El Clarín Chile. 5 julio, 2026
El aumento del desempleo, la caída de la producción industrial y un nuevo Imacec negativo marcaron un punto de inflexión para el Gobierno de José Antonio Kast. A cien días de asumir, el relato de la confianza y la reactivación económica comienza a enfrentarse con una realidad que no muestra resultados, mientras las explicaciones sobre la herencia recibida pierden fuerza frente a una ciudadanía que empieza a exigir respuestas y no nuevas promesas.
Durante los primeros cien días, casi todos los gobiernos viven de una concesión que les otorga la política y la ciudadanía: el beneficio de la duda. Se les permite explicar la herencia recibida, anunciar reformas, delinear prioridades y pedir tiempo para que las medidas comiencen a dar resultados.
Esa etapa terminó esta semana.
No porque exista una fecha mágica que marque el fin del período de gracia, sino porque la realidad decidió intervenir. En menos de cuarenta y ocho horas se conocieron tres cifras que cambiaron el clima político: aumentó el desempleo, la producción industrial sufrió su mayor caída desde 2017 y el Imacec volvió a retroceder.
Ya no se trata de un dato aislado. Es una tendencia.
Y las tendencias tienen la mala costumbre de desmontar los relatos políticos.
José Antonio Kast llegó a La Moneda con una promesa tan sencilla como ambiciosa: bastaba devolver confianza a los inversionistas para que Chile volviera a crecer. Menos impuestos, menos regulaciones, menos Estado. El resto —se dijo una y otra vez— vendría por añadidura.
Cien días después, esa promesa sigue siendo exactamente eso: una promesa.
La economía no despega. La inversión no muestra el dinamismo anunciado. El empleo se deteriora. La industria completa ocho meses de retroceso. La actividad económica acumula cifras negativas. Y la gran megarreforma continúa siendo, más que un resultado, una apuesta cuyo éxito aún está por demostrarse.
El problema no es solo económico.
Es político.
Porque un gobierno puede pedir paciencia mientras construye una obra, implementa una reforma o negocia una mayoría parlamentaria. Lo que no puede hacer indefinidamente es pedir paciencia mientras los resultados apuntan en dirección contraria a sus propias promesas.
Hasta ahora, el Ejecutivo ha respondido con un argumento recurrente: la culpa es de la herencia, de la administración anterior, del contexto internacional, del cobre, de los combustibles o de la baja ley del mineral.
Todo eso influye.
Pero llega un momento en que la herencia deja de explicar el presente.
Y ese momento parece haber llegado.
La paradoja es evidente. Un gobierno que hizo de la eficiencia su principal bandera comienza a ser cuestionado precisamente por su capacidad para producir resultados. Un gobierno que prometió destrabar la economía se enfrenta a una economía que sigue estancada. Un gobierno que aseguró que bastaba recuperar la confianza empresarial descubre que la confianza no se decreta desde un podio ni se aprueba por ley.
La confianza se construye cuando existen proyectos, inversión, empleo y crecimiento.
No antes.
Hay otra señal que merece atención.
En estos cien días, el Gobierno ha ocupado permanentemente la agenda pública. Pero cuesta identificar un logro equivalente a esa presencia. Lo que domina el debate son las controversias: la megarreforma tributaria, los recortes presupuestarios, las disputas culturales, los conflictos legislativos, las rectificaciones y los costos políticos de decisiones que han abierto más frentes de los que han cerrado.
Mucha agenda.
Pocos resultados.
Y cuando un gobierno llena el espacio público de conflictos, pero no consigue llenarlo de realizaciones, termina prisionero de su propio relato.
Quizás la mayor lección de esta semana sea otra.
Durante años se instaló la idea de que el principal obstáculo para el desarrollo chileno era político: demasiadas regulaciones, demasiados impuestos, demasiado Estado. Bastaría remover esos obstáculos para que la economía recuperara su impulso.
Los datos conocidos estos días obligan a preguntarse si ese diagnóstico era suficiente o si, simplemente, era demasiado cómodo.
Porque una economía con problemas de productividad, concentración, escasa diversificación e innovación limitada no cambia de rumbo únicamente reduciendo impuestos o acelerando permisos.
Eso exige una estrategia de desarrollo.
No solo una estrategia de mercado.
La política chilena acaba de entrar en una nueva etapa.
La de los resultados.
Y el Gobierno ya no podrá sostenerse únicamente en lo que prometió hacer.
Tendrá que empezar a mostrar lo que efectivamente ha conseguido.
Simón del Valle
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