By Simon Del Valle - El Clarin Chile - 17 julio, 2026
FOTO: Paulina Vodanovic, presidenta del Partido Socialista
La ofensiva ante el Tribunal Constitucional puede contener algunos artículos de la megarreforma, pero no resolverá el problema central de la oposición: después de perder el gobierno, el Congreso y la iniciativa política, la izquierda todavía no logra explicar qué país quiere construir. Su desafío no consiste sólo en resistir a la derecha, sino en comprender por qué una parte de la sociedad dejó de reconocerla como una fuerza capaz de gobernar el futuro.
La oposición llevará la megarreforma al Tribunal Constitucional. Sus abogados discutirán la invariabilidad tributaria, la igualdad ante la ley, los límites de la potestad legislativa y los procedimientos mediante los cuales el Gobierno consiguió aprobar una transformación económica de largo alcance por apenas 26 votos contra 24.
- Pero incluso si el Tribunal acogiera parte de esos argumentos, el problema político de la oposición seguiría intacto.
- El Tribunal Constitucional puede eliminar un artículo.
- Puede corregir un procedimiento.
- Puede incluso alterar el corazón jurídico de la iniciativa.
- Lo que no puede hacer es devolverle a la izquierda el proyecto político que perdió antes de llegar a esta derrota parlamentaria.
La aprobación de la megarreforma confirmó que el gobierno de José Antonio Kast posee una mayoría estrecha, pero operativa. También demostró que la oposición conserva capacidad para rechazar, denunciar y eventualmente judicializar las iniciativas del Ejecutivo. Sin embargo, dejó expuesta una carencia mucho más profunda: la falta de un relato capaz de disputar el sentido político de las transformaciones que la derecha está impulsando.
- La oposición sabe contra qué está.
- No resulta igualmente claro a favor de qué está.
Una derrota anterior a la votación
La megarreforma no fue aprobada únicamente porque el Gobierno reunió los votos necesarios. Fue aprobada en un escenario político construido durante los años anteriores.
La izquierda llegó a esta votación después de sufrir su peor derrota presidencial desde el retorno a la democracia. José Antonio Kast no sólo ganó una elección: derrotó a un oficialismo que había llegado al poder cuatro años antes prometiendo iniciar un nuevo ciclo histórico.
El gobierno de Gabriel Boric comenzó bajo la expectativa de superar el orden de la transición, ampliar derechos sociales, reformar el sistema económico y acompañar la elaboración de una nueva Constitución. Sin embargo, el rechazo al primer proyecto constitucional alteró profundamente esa trayectoria. La administración quedó obligada a gobernar en un escenario defensivo, con un Congreso fragmentado, una agenda de transformaciones debilitada y una ciudadanía crecientemente preocupada por la seguridad, la inmigración, el empleo y el costo de la vida.
- La derrota electoral de 2025 no fue, por tanto, un accidente aislado.
- Fue el desenlace de un proceso en el que la izquierda perdió progresivamente la capacidad de representar el cambio.
- Ese es quizá el dato más difícil de aceptar.
La coalición que había llegado a La Moneda como expresión de una ruptura generacional terminó apareciendo ante amplios sectores como parte de un sistema incapaz de responder a sus problemas cotidianos.
El vacío que ocupó la derecha
- La derecha radical no avanzó únicamente gracias a sus propios méritos.
- Avanzó también porque encontró un espacio abandonado.
Mientras el progresismo hablaba de derechos, reformas institucionales y reconocimiento de nuevas identidades, una parte importante de la sociedad experimentaba inseguridad, empleos precarios, endeudamiento, listas de espera, deterioro de los servicios públicos y temor frente a un futuro que parecía cada vez menos controlable.
- No existe necesariamente una contradicción entre esas dimensiones.
- Los derechos culturales y las demandas económicas pueden formar parte de un mismo proyecto emancipador.
- El problema aparece cuando se presentan como universos separados.
- Cuando la defensa de las identidades no se conecta con los salarios.
- Cuando el feminismo no dialoga con las condiciones materiales de las trabajadoras.
- Cuando el ambientalismo no ofrece una transición concreta a las comunidades que dependen del empleo industrial.
- Cuando la defensa de los migrantes no responde también a la inseguridad laboral, habitacional y territorial que afecta a quienes viven en los sectores populares.
- En esos vacíos entra la derecha.
- Lo hace con respuestas simplificadoras, a menudo autoritarias, pero comprensibles: orden, crecimiento, fronteras, inversión, castigo, autoridad.
- La izquierda ofrece matices.
- La ultraderecha ofrece certezas.
- Y en períodos de miedo, las certezas suelen imponerse, incluso cuando son falsas.
Un fenómeno que excede a Chile
La crisis del progresismo no es exclusivamente chilena.
En Argentina, el triunfo de Javier Milei expresó algo más que el rechazo a un gobierno incapaz de controlar la inflación. Reveló el agotamiento del lenguaje político del peronismo y la capacidad de una fuerza radical para convertir la frustración social en una rebelión contra el Estado, la política tradicional y las promesas incumplidas. El ascenso de Milei obligó al progresismo argentino a revisar no sólo sus políticas económicas, sino también su desconexión respecto del clima cultural de la época.
En Colombia, la derrota del proyecto asociado a Gustavo Petro y el triunfo de una derecha radical mostraron otra versión del mismo problema: un gobierno transformador que despertó enormes expectativas, pero que no logró consolidar una mayoría social estable ni traducir sus promesas en una sensación extendida de seguridad, eficacia y conducción.
- Los casos son distintos y no deben confundirse.
- Chile no es Argentina.
- Argentina no es Colombia.
Pero existe un patrón regional: gobiernos progresistas que llegaron al poder sobre la base de grandes expectativas sociales terminaron desgastados por las dificultades económicas, la fragmentación política, los problemas de seguridad y una creciente distancia entre sus lenguajes y las preocupaciones inmediatas de la población. Al mismo tiempo, fuerzas de derecha y ultraderecha consiguieron apropiarse de conceptos como cambio, rebeldía, futuro y ruptura con el sistema. Diversos análisis regionales han identificado desde 2025 un desplazamiento electoral hacia la derecha, impulsado por el descontento con los oficialismos, el bajo crecimiento y la centralidad de la seguridad.
- La paradoja es inquietante.
- La derecha, históricamente asociada a la conservación del orden, aparece ahora como la fuerza del cambio.
- La izquierda, nacida para transformar la sociedad, aparece defendiendo instituciones, procedimientos y conquistas amenazadas.
La oposición como administración del daño
Después de la derrota electoral, la oposición chilena ha conseguido algo importante: mantener una relativa unidad frente a la megarreforma.
- Todos sus senadores votaron en contra.
- Sus bancadas denunciaron el carácter regresivo de la rebaja tributaria, cuestionaron la invariabilidad para las grandes inversiones y anunciaron una presentación conjunta ante el Tribunal Constitucional. El rechazo completo permitió mostrar que la reforma pertenece políticamente al Gobierno y a los parlamentarios que la respaldaron.
- Pero la unidad en el rechazo no equivale a la existencia de un proyecto.
- Puede existir una oposición cohesionada para votar en contra y, al mismo tiempo, profundamente fragmentada respecto del futuro.
- El problema comienza el día después del Tribunal Constitucional.
- ¿Qué hará la oposición si el requerimiento es rechazado?
- ¿Qué hará si es acogido parcialmente?
- ¿Qué propondrá en reemplazo de las normas impugnadas?
- ¿Prometerá derogar la megarreforma en un próximo gobierno?
- ¿Buscará modificarla?
- ¿O terminará administrando sus efectos, como ocurrió durante décadas con numerosas instituciones heredadas del modelo económico anterior?
- Estas preguntas no son jurídicas.
- Son políticas.
- Y hasta ahora no tienen respuestas compartidas.
¿Cuál es hoy el proyecto de la izquierda?
Durante la transición, la centroizquierda tuvo un relato reconocible: recuperar y consolidar la democracia, reducir la pobreza, modernizar el Estado e integrar a Chile a la economía mundial.
- Ese proyecto tenía límites evidentes. Administró buena parte del orden neoliberal y aceptó condicionamientos que posteriormente serían cuestionados por sus propias bases sociales.
- Pero existía.
- Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet apareció otro horizonte: reforma tributaria, gratuidad educativa, fortalecimiento de los derechos laborales y un proceso constituyente.
- Después del estallido social, la nueva izquierda propuso superar el orden de la transición y construir un Estado social de derechos.
- Ese proyecto fue derrotado en las urnas.
- Primero, en el plebiscito constitucional.
- Después, en la elección presidencial.
- La izquierda chilena se encuentra ahora ante una dificultad que no puede resolver repitiendo el programa anterior como si la derrota no hubiera ocurrido.
- Pero tampoco puede asumir que la derrota demuestra que las demandas sociales desaparecieron.
- Las pensiones siguen siendo insuficientes.
- Los salarios continúan siendo bajos.
- El sistema de salud mantiene profundas desigualdades.
- El acceso a la vivienda se ha vuelto una de las principales fuentes de angustia social.
- La concentración económica no se ha reducido.
- La crisis climática no se ha detenido.
- El problema no es que las ideas de igualdad y derechos hayan dejado de ser necesarias.
- El problema es que la izquierda dejó de convencer a la mayoría de que posee la capacidad de convertirlas en una vida más segura y digna.
No basta con defender el Estado
Una izquierda que se limite a defender el Estado existente terminará defendiendo también sus fallas.
- Ese es uno de los riesgos más importantes.
- La derecha radical presenta al Estado como una carga, una burocracia, un obstáculo para la inversión y una fuente de privilegios para políticos y funcionarios.
- La respuesta progresista no puede consistir simplemente en afirmar que el Estado es necesario.
- Debe demostrar para qué sirve.
- Un Estado social que no atiende oportunamente en los hospitales pierde legitimidad.
- Un sistema educativo público que reproduce desigualdades debilita la promesa de igualdad.
- Una política de vivienda incapaz de responder a los campamentos y al precio de los arriendos alimenta la frustración.
- Una institucionalidad ambiental que no protege a las comunidades, pero demora durante años inversiones necesarias, termina desacreditada frente a todos.
- La izquierda necesita defender lo público.
- Pero también necesita transformarlo.
- No puede elegir entre un Estado grande y un Estado pequeño.
- Debe proponer un Estado capaz.
Recuperar la cuestión material
Una de las tareas centrales será volver a situar la vida material en el centro de la política.
No como abandono de las luchas feministas, ambientales, indígenas o de diversidad, sino como su articulación con un programa de redistribución, empleo, seguridad social y democratización económica.
La derecha ha conseguido presentar la desigualdad como un problema secundario y el crecimiento como una condición previa a cualquier reforma social.
- La izquierda debe demostrar que la concentración de la riqueza, la precarización del trabajo y la debilidad de los servicios públicos también limitan el crecimiento y destruyen la cohesión social.
- Eso exige abandonar ciertos lenguajes abstractos.
- Las personas no viven dentro de conceptos como “modelo de desarrollo” o “transformación estructural”.
- Viven con salarios.
- Con deudas.
- Con enfermedades.
- Con tiempos de traslado.
- Con miedo a perder el trabajo.
- Con temor a que sus hijos tengan menos oportunidades que ellas.
- Un proyecto de izquierda sólo volverá a ser mayoritario cuando logre traducir sus ideas a esas experiencias.
La seguridad también es un derecho popular
- La izquierda cometió otro error: permitió que la derecha monopolizara la seguridad.
- La delincuencia, el narcotráfico y el control territorial afectan especialmente a los sectores populares.
- Quienes poseen mayores ingresos pueden pagar vigilancia, vivir en barrios protegidos y acceder a servicios privados.
- La inseguridad cotidiana se concentra en las poblaciones, en los barrios periféricos y en los territorios abandonados por el Estado.
- Por eso la seguridad no debe ser entendida como una concesión ideológica a la derecha.
- Es un derecho social.
- La diferencia está en cómo garantizarla.
- La ultraderecha ofrece castigo, militarización y reducción de garantías.
Una izquierda democrática debe ofrecer presencia estatal, prevención, inteligencia, recuperación de los barrios, persecución del dinero del crimen organizado, control de armas y policías eficaces sometidas al poder civil.
Renunciar a esa discusión significa regalar una de las principales preocupaciones populares al adversario.
El problema de la credibilidad
- La izquierda puede elaborar el mejor programa económico del país.
- No servirá si la sociedad no cree que es capaz de ejecutarlo.
- La crisis es también de credibilidad.
- Prometió transformar las pensiones y no pudo hacerlo plenamente.
- Prometió una nueva Constitución y el proceso terminó derrotado.
- Prometió una relación distinta con el poder y terminó envuelta en conflictos internos, errores de gestión y contradicciones.
- Nada de esto significa que el gobierno de Boric haya sido idéntico a sus adversarios ni que no haya conseguido avances.
- Significa que la distancia entre las expectativas y los resultados fue suficientemente grande para abrir el camino a la derecha.
- La reconstrucción no puede comenzar mediante una campaña comunicacional.
- Debe partir por una revisión crítica de la experiencia de gobierno.
- No como ejercicio de autoflagelación.
- Tampoco como ajuste de cuentas entre el Frente Amplio, el Partido Comunista, el Socialismo Democrático y la Democracia Cristiana.
- Debe responder preguntas concretas:
- ¿Por qué las transformaciones prometidas no lograron construir una mayoría duradera?
- ¿Por qué parte de los sectores populares se alejó de la izquierda?
- ¿Por qué el discurso de la ultraderecha penetró entre jóvenes, trabajadores y habitantes de comunas que habían respaldado cambios profundos apenas unos años antes?
- Sin esa reflexión, la oposición podrá reorganizar sus candidaturas.
- Pero no reconstruirá un proyecto.
Oponerse no es esperar
- Existe una tentación comprensible: confiar en que el Gobierno se desgaste.
- La megarreforma puede producir desequilibrios fiscales.
- La rebaja tributaria puede no generar la inversión prometida.
- Los recortes pueden afectar servicios públicos.
- Las expectativas de empleo pueden frustrarse.
- La aprobación presidencial puede continuar descendiendo.
- Todo eso es posible.
- Pero esperar el fracaso de la derecha no constituye una estrategia política.
- La oposición no puede ofrecerse como simple refugio frente a los excesos del Gobierno.
- Debe construir una alternativa antes de que esos excesos produzcan consecuencias irreversibles.
- Además, la ultraderecha ha demostrado que puede utilizar sus propios fracasos para radicalizarse.
- Cuando las promesas económicas no se cumplen, culpa al Congreso, a los jueces, a los sindicatos, a los migrantes, a los movimientos sociales o al llamado “Estado profundo”.
- No necesariamente modera su proyecto.
- Puede endurecerlo.
Después del Tribunal
El recurso ante el Tribunal Constitucional es necesario si existen fundamentos jurídicos sólidos.
- Pero también puede convertirse en una trampa si la oposición deposita en los tribunales una tarea que corresponde a la política.
- El TC no construirá una mayoría social contra la megarreforma.
- No elaborará una política industrial.
- No diseñará un sistema tributario progresivo.
- No propondrá empleos de calidad.
- No resolverá la crisis de la vivienda.
- No ofrecerá seguridad democrática.
- No reconstruirá la confianza perdida.
- La oposición tendrá que hacerlo.
- Y deberá hacerlo mientras resiste un Gobierno que posee la iniciativa, controla la agenda legislativa y busca convertir su triunfo electoral en una reorganización duradera del Estado y la economía.
- Esa tarea exige algo más que unidad parlamentaria.
- Exige una nueva síntesis.
- Una izquierda capaz de articular igualdad y crecimiento, derechos y seguridad, transición ecológica y empleo, diversidad y universalidad, participación social y eficacia institucional.
- No se trata de volver al programa de la Concertación.
- Tampoco de repetir sin modificaciones el proyecto que fue derrotado.
- Se trata de aprender de ambos ciclos.
Volver a imaginar el futuro
- La mayor derrota de la izquierda no consiste en haber perdido una elección.
- Consiste en que la derecha haya logrado presentarse como dueña del futuro.
- La megarreforma expresa precisamente esa apropiación.
- El Gobierno habla de reconstrucción, crecimiento, empleo, inversión y estabilidad.
- La oposición responde con advertencias, indicaciones, recursos y defensas institucionales.
- Muchas de esas respuestas son necesarias.
- Pero ninguna de ellas, por separado, constituye una idea de país.
- La política comienza a cambiar cuando una fuerza deja de explicar únicamente lo que rechaza y vuelve a decir qué desea construir.
- Ese es el desafío que aparece después del Tribunal Constitucional.
- No sólo detener los aspectos más regresivos de la megarreforma.
- No sólo preparar una futura alternancia electoral.
- Sino reconstruir la esperanza de que existe otra forma de organizar la economía, garantizar seguridad, distribuir el poder y ofrecer una vida digna.
- Las derrotas electorales pueden revertirse en cuatro años.
- Las derrotas culturales requieren mucho más tiempo.
- La izquierda chilena todavía conserva partidos, dirigentes, parlamentarios, sindicatos, organizaciones sociales, universidades, municipios y una tradición histórica profunda.
- Lo que no posee, al menos por ahora, es una narración común capaz de convertir esas fuerzas dispersas en una voluntad de futuro.
- Y mientras no la construya, podrá oponerse al Gobierno.
- Pero difícilmente podrá disputar el rumbo del país.
Simón del Valle
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