LA BATALLA EN EL PRESIDIO POLÍTICO PARA DESPEDIR A MI PADRE ASESINADO POR LA DICTADURA

Por: Vasili Carrillo. Preso político del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).

Crónica Digital19 julio, 2026

Hace 36 años, el 17 de julio de 1990, quedó marcado en mi memoria. Si bien es cierto no llovía como ahora y prácticamente pasé sin dormir durante toda la noche en mi celda de la calle 15 de la ex Penitenciaría de Santiago, estaba nervioso y ansioso. El día anterior el director nacional de Gendarmería me había comunicado que el Gobierno había autorizado mi traslado a Lota para asistir al funeral de mi padre, asesinado por la dictadura civil y militar luego del golpe de Estado de 1973.

Había estado en huelga de hambre en la prisión desde el 12 de julio de 1990, cuando los medios de comunicación anunciaron la aparición de los restos de mi padre Isidoro Carrillo Tornería y sus compañeros Danilo González Mardones, Bernabé Cabrera Neira y Wladimir Araneda Contreras. Reuní a mis compañeros Presos Políticos, que éramos 17 o 18 y les dije: “Han aparecido los restos de mi padre y sus compañeros fusilados hace 17 años, el 22 de octubre de 1973. No esperaré que los entierren sin mi presencia. Por ello iniciaré una Huelga de Hambre seca para exigir que me lleven a sus funerales”. Mis compañeros de prisión en forma inmediata me apoyaron y manifestaron que estaban dispuestos a realizar la huelga conmigo. Les dije: “Es una pelea muy personal, quizás una de las más importantes de que me toca dar, por ello la daré solo. Ustedes solo apóyenme”.

El 22 de octubre de 1973, en un predio de propiedad de Gendarmería se fusiló a mi padre y sus compañeros, luego de ser detenidos y condenados a la pena máxima en un Consejo de Guerra, causa Rol 1645–73, acusados de infracciones a la Ley sobre Control de Armas, como autores de los delitos de organización de grupos armados de combate armados; fabricación, almacenamiento y transporte ilegal de explosivos y de artefactos confeccionados con los mismos; y tenencia ilegal de bombas. Por cierto, eran falsedades. En la prensa se afirmó que en la zona eran los autores del “Plan Zeta”, una mentira monstruosa inventada por la tiranía, que sostenía que la Unidad Popular había diseñado una planificación con ese nombre, para dar un “autogolpe” e imponer la “dictadura del proletariado”, matando a los opositores.

Los cuerpos no fueron entregados a sus familiares y se les enterró por instrucciones de las autoridades militares en el Cementerio General de Concepción, sin conocimiento de sus familiares. Sólo en ese julio de 1990, pudieron ser ubicados y exhumados por orden del Segundo Juzgado del Crimen de Concepción.

El ejemplo de mi padre, antiguo luchador obrero y entonces gerente general de la Empresa Nacional del Carbón (ENACAR), designado por el Gobierno Popular, estuvo presente en mi conciencia cuando tomé la decisión en abril de 1975 de prepararme para tomar las armas y emprender la lucha frontal contra la dictadura, e integrándome después al Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), al calor de lo cual fui detenido por la tiranía, acusándome de tener participación en la “Operación Siglo XX”: el atentado contra Augusto Pinochet.

El domingo 15 de julio llegaron a la Ex Penitenciaria mi abogada Carmen Hertz y el diputado humanista cristiano Andrés Aylwin, ambos pilares fundamentales en la permanente lucha por los derechos humanos y particularmente por la libertad de los presos políticos. Ambos muy preocupados por mi estado de salud producto de la huelga de hambre. Además, desde sus roles como abogados y diputado en el caso de don Andrés, estaban realizando gestiones ante la Fiscalía Militar y el Gobierno de Patricio Aylwin, para que se me autorizara a asistir a los funerales. Ese domingo estuvimos conversando por casi dos horas. Ellos me aseguraban que me autorizarían a asistir a la ceremonia fúnebre en Lota y me instaron a dejar la huelga. Le dije que no les creía. Don Andrés insistió: “Yo me ofrezco para acompañarlo”. Finalmente decidí poner término a la Huelga de Hambre y esperar que ello sucediera.

El lunes 16 de julio de 1990 se confirmó la identidad de los restos encontrados en la fosa común del patio 16 del Cementerio Municipal de Concepción y se entregaron los restos para que fueran sepultados en el cementerio de Lota el martes 17. Ese mismo día el Director Nacional de Gendarmería, César Pinochet, me informó personalmente que debía estar listo porque a partir de ese momento me llegarían a buscar a la ex Penitenciaria, para llevarme a Lota al funeral de mi padre Isidoro y de los compañeros Danilo, Bernabé y Wladimir. Con muchos sentimientos encontrados, me preparé y comenzó una larga espera para asistir al funeral.

No dormí prácticamente la noche del 16 al 17 de julio, ansioso y muy nervioso. Ya llegado el martes 17 mi preocupación era mayor cuando transcurrían las horas y no pasaba nada. Cerca del mediodía me llamaron a la sala de abogados del penal. Ahí estaba una vez más mi queridísima abogada Carmen Hertz. Al verla, entre preocupada y triste me dijo: “En estos momentos están evaluando en el Ministerio del Interior si te llevan o no al funeral, ante diversos informes de seguridad que han entregado, donde informan desde Concepción que no sería conveniente mi traslado o asistencia al funeral”. Estábamos en ese diálogo cuando llega a la sala de abogados un compañero preso político y nos comunica que los medios de comunicación acababan de informar que no me llevarían al funeral. La información había sido entregada por quien era Ministro del Interior, Enrique Krauss, quien ha fallecido hace unos días. Me indigné y mi abogada también. Le dije: “Carmen, por favor, ve a La Moneda, exige explicaciones y diles que venga alguien a dar la cara por esa decisión”.

Inmediatamente me fui a la galería y me encerré en mi celda. Por mi cabeza pasaban miles de cosas, me cuestionaba que una de las luchas y peleas más importante en prisión la estaba perdiendo. En esos momentos ingresaron a la celda algunos de mis compañeros presos políticos y me dijeron: “Vasili, no podemos permitir esto, comenzamos a organizar un motín en la galería mientras conocíamos por la Radio Cooperativa el desarrollo masivo de los funerales, Lota salió toda a las calles y al cementerio, el comercio de la comuna declaró por duelo el cierre de sus negocios”. En medio de aquello se fueron concentrando en las afueras de la prisión nuestros familiares, amigos y compañeras de las organizaciones de derechos humanos.

Después de las 18:00 horas, se hizo un alto a las escaramuzas con Gendarmería, puesto que habíamos quemado la celda y la oficina de los gendarmes en nuestra galería y ya teníamos compañeros heridos por balines. Se me comunicó que tenía nuevamente la visita de Carmen Hertz. Eran momentos muy complejos, mis compañeros estaban preocupados de esa salida de la galería, pues se me podía “pelotear”, o sea tomarme y trasladarme a otro lado. Sabía que era un riesgo pero no podía negarme a conversar con Carmen, que incondicionalmente siempre estaba a mi lado. Fue así como salí al exterior de nuestra galería y lo primero que hizo Carmen fue abrazarme y expresarme todo su apoyo y solidaridad. Me comunicó que la acompañaba el abogado del Ministerio del Interior, Jorge Burgos, pero que tenía miedo que lo secuestráramos. Me reí y me dije: “que pendejo cobarde”. Le dije que no pasaría nada. Así, llegó Burgos. Le dije, apuntando con el dedo índice  su pecho: “¿Que se creen ustedes, que juegan con nuestro dolor? El motín solo terminará cuando se cumplan dos requisitos: primero, aseguren la presencia de todos los medios de comunicación para que nosotros, como presos políticos, demos una conferencia de prensa. Si ustedes, cómo gobierno, han entregado las razones por las que se nos engañó y no se me llevo al funeral de mi padre, tenemos derecho a entregar nuestra opinión al país. El segundo requisito es que el director nacional de Gendarmería, quien me aseguró que podría ir al funeral, se haga presente ante nosotros”. Hasta ahí llegó el diálogo con Burgos.

De regreso a la galería, continuaron las escaramuzas. Nos cortaron la luz y el agua, nos disparaban desde la torre de guardia; nosotros respondíamos con molotov, pero las Fuerzas Especiales de Gendarmería no se atrevían a ingresar porque pensaban que teníamos armas y explosivos. Cerca de las 21:00 horas, el Alcaide pidió conversar con los dirigentes en la Guardia Interna. Fuimos Demetrio Hernández y yo, corriendo el riesgo que nos “pelotearan”. Nos informaron que el Director Nacional de gendarmería vendría al otro día a conversar con nosotros y que a las 10:00 hora se realizaría la conferencia de prensa, por lo cual se nos pide poner término al motín. Demetrio y yo dijimos que no, que el motín terminaría cuando se cumplieran las exigencias. Añadimos que, si en algún momento se nos pretende “pelotear”, que no cometieran tal error, ya que ahí si quedaría la “embarrada”. Así, acordamos una tregua durante la noche, a cambio de ello pedimos que se nos repusiera el agua y la luz, que se autorizara a una representación de nuestros familiares a entrar, para que se cercioraran que estábamos bien y que además se nos comunicara con los dirigentes de los prisioneros políticos de la Cárcel Pública. Cumplidas todas esas exigencias, dimos comienzo a la tregua.

Transcurrida la noche sin novedad alguna, llegó el director nacional de Gendarmería y ahí aprovechamos de solicitar una serie de peticiones para mejorar nuestras condiciones de vida en la ex Penitenciaria. A las 10:00 horas con la presencia de todos los medios de comunicación dimos la conferencia de prensa, entregando claramente nuestra posición ante el engaño del gobierno al no cumplir su palabra de llevarme al funeral de mi padre y también informando todo lo relacionado al motín. A esas alturas, tanto el funeral de los compañeros en Lota y el motín eran principal noticia de las portadas de todos los diarios. Ello reafirmaba que no había otro camino que luchar por nuestra libertad cómo presos y presas políticas. En medio de la conferencia de prensa, una periodista me preguntó: “¿Qué pasará ahora?”… Le respondo: “Le danos una semana al gobierno para que me lleven a la tumba de mi padre y sus compañeros en Lota”….

Es así como transcurrida exactamente una semana,  el miércoles 25 de julio a tempranas horas de la mañana se me trasladó desde la ex Penitenciaria al Aeropuerto de Cerrillos y se me trasladó en una avioneta de la Policía de Investigaciones al aeropuerto Carriel del Sur en Concepción. Desde ahí y con un fuerte contingente policial se me trasladó al cementerio de Lota, donde me esperaba mi madre, los familiares de los otros compañeros asesinados y muchos lotinos y lotinas que me expresaban toda su solidaridad y su cariño.

Cuando se han cumplido 36 años desde el funeral de nuestros mártires, asesinados por la dictadura civil y militar el 22 de octubre de 1973, reflexiono que tuvieron que pasar 17 años para que sus restos aparecieran y fueran sepultados con dignidad. La brutal y cobarde acción de enterrar en forma clandestina sus cuerpos fue obra de mentes crimínales y fascistas, las mismas que ahora desde la derecha y la ultraderecha no tendrían ningún problema para repetir tales crímenes. Por ello es importante no olvidar y mantener viva la memoria.

Agradezco a los panteoneros que perdieron el miedo y entregaron los datos del lugar donde estaban enterrados nuestros compañeros y a quienes en forma permanente se dedicaron a buscar sus restos, como los abogados Gilberto Grandon y Manuel Montiel; al compañero Luis Fuentealba; nuestros familiares, amigos y compañeros y, por cierto, a las organizaciones de derechos humanos. Un reconocimiento especial para mi querida madre Isabel Nova González, a mis queridas abogadas Carmen Hertz y Norma Henríquez y a mi amigo Andrés Aylwin, hombre de profunda convicción cristiana. Un especial recuerdo a mis compañeros presos políticos que fueron parte de estas históricas jornadas, que confirmaron que, a pesar de todas las adversidades, siempre será justo y posible luchar para tomar el cielo por asalto.

Vasili Carrillo.

Santiago, 19 de julio de 2026.

Crónica Digital.

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