LA RELEVANCIA DEL CONGRESO DEL FRENTE AMPLIO

Por: Javier Ahumada Guerrero. Secretario Directivo del Frente Amplio. Encargado coordinador del Congreso del Frente Amplio.

El Mostrador. 4 agosto, 2026

El Primer Congreso del Frente Amplio se cierra con una pregunta abierta sobre lo que viene después de un ciclo de gobierno. La respuesta que da no es de balance, sino de apertura: la convicción de que el Frente Amplio, con el orgullo que mira su historia, puede apostar a más.

La relevanci de un Congreso de un partido con la convicción de constituirse como proyecto histórico de un país, se mide no solo por la grandilocuencia de sus conclusiones ni la satisfacción de sus integrantes. Se mide también por la capacidad que tengan sus conclusiones de viabilizar acciones sobre procesos históricos.

La historia de la izquierda chilena tiene múltiples experiencias de congresos cuyas conclusiones no lograron intervenir sobre procesos históricos de forma eficiente. Congresos que ven cómo la distancia entre lo declarado y lo practicado termina sepultando sus propias resoluciones; asambleas capturadas por pugnas de poder interno en lugar del debate de fondo sobre qué proyecto de país se quiere construir; certámenes que terminan siendo, en el mejor de los casos, una válvula de escape para el descontento de las bases, sin consecuencia real. Ese riesgo siempre es una amenaza latente.

Pero, por otro lado, hay congresos que sí fueron relevantes porque definieron conclusiones estratégicas sustantivas y lograron escribir un capítulo en la historia del país.

Una conferencia del Partido Comunista en 1933 fue un primer paso hacia la estrategia de alianzas amplias que, ya en sintonía con el giro de la Internacional Comunista de 1935, desembocó en el Frente Popular de 1936. Un congreso de esa misma colectividad, en noviembre de 1969, definió la estrategia que un mes después dio origen a la Unidad Popular. Y una secuencia de congresos socialistas, entre 1983 y 1990, reconstruyó un socialismo dividido por la dictadura y sostuvo, después, una coalición política con veinte años de gobierno.

El Frente Amplio se inserta en ese tronco histórico, con una tesis que ha avanzado en una trayectoria reconocible. Nace con un congreso en enero de 2017, como una coalición fundacional de 14 partidos y movimientos que decidieron construir una alternativa al modelo neoliberal, apostando por la disputa institucional antes que por la marginalidad. Ese mismo año se posiciona como tercera fuerza política.

El proyecto llega a gobernar en 2022, se convierte en partido único entre 2023 y 2024 y hoy es la mayor fuerza política del país en número de afiliados, que cuenta con la bancada más grande de la oposición.

De su paso por el gobierno quedan avances que son demandas históricas del socialismo: jornada laboral reducida, aumento histórico del sueldo mínimo, deudas históricas pagadas, entre otras.

Esta tesis viabilizó acciones concretas que permiten refrendar la relevancia de ese Congreso fundacional. Hoy, esa tesis se evalúa y proyecta en el primer congreso ideológico-estratégico del Frente Amplio como partido unificado.

La propia Comisión Congresal lo dijo con precisión al cerrar el proceso: mientras buena parte del sistema político responde a la coyuntura “con improvisación o con simplificación”, este Congreso eligió “pensarse a fondo”. Vivimos tiempos donde la política enfrenta amenazas que, de cierta forma, banalizan su sentido: el caudillismo, la burocratización, el cinismo, la captura de las dinámicas basadas en algoritmos, el espectáculo y la vocerización, expresiones que estrechan y desorientan su propósito como vía para representar intereses de clase, resolver problemas colectivamente y promover una forma de convivir basada en la razón.

A esto se suma un riesgo mayor sobre la propia democracia: el diagnóstico del Congreso describe una ultraderecha que avanza a nivel global, que no solo disputa elecciones sino que busca deslegitimar al Estado y desfinanciar la protección social, que niega la crisis climática para sostener un modelo basado en combustibles fósiles, y que se apoya en un puñado de multimillonarios capaces de concentrar más poder que los propios Estados, alterando a su favor las dinámicas de mercado mediante el control de los algoritmos y trayendo consigo una crisis en el trabajo. Pensarse a fondo en ese contexto —y no solo reaccionar a él— es la prueba que eleva la relevancia de este Congreso, y las conclusiones la sostienen en cuatro planos.

Primero, la reafirmación del proyecto socialista no como etiqueta, sino como definición explícita orientada a “la superación del capitalismo, especialmente en su fase neoliberal”. Esta reafirmación, en un contexto de una abierta estrategia de parte de la ultraderecha internacional de desprestigiar, perseguir y eliminar expresiones de izquierda, no se da como un voto de nostalgia, sino como una convicción de que el socialismo es la vía alternativa que trae mayor desarrollo, prosperidad y felicidad que el modelo de depredación que conlleva el capitalismo.

Segundo, un modelo de desarrollo alternativo frente al estancamiento y la desigualdad. El diagnóstico es duro: Chile enfrenta un estancamiento estructural y una caída severa de la productividad, fruto de un modelo primario-exportador que ya no da respuestas. La respuesta que ofrece el Congreso no es administrar ese modelo, sino superarlo mediante una industrialización estratégica en litio, hidrógeno verde y cobre, con un Estado que planifica en vez de limitarse a corregir fallas de mercado. Es, precisamente, la clase de debate de fondo sobre proyecto país cuya ausencia es el síntoma de un congreso que se ha vuelto ritual.

Tercero, la construcción de una alianza político-social amplia. El Congreso no asume al sujeto popular como algo ya dado, sino como “una multitud heterogénea, atravesada por la precarización laboral” — y se propone representar explícitamente a trabajadores de plataformas, deudores del CAE, el mundo rural, pueblos originarios, disidencias, juventudes no estudiantiles. Donde haya personas organizándose, el Frente Amplio tiene que estar ahí, acompañando y potenciando esa organización.

A esto es importante sumar una visión internacionalista que reafirma el Congreso. El Frente Amplio reconoce que el contexto actual requiere coordinación, solidaridad y articulación entre partidos y movimientos de izquierda, sobre todo en Latinoamérica. Esto no está basado en un identitarismo, sino en una visión estratégica necesaria y sustentable para promover la integración regional y así enfrentar el contexto geopolítico actual.

Cuarto, la vocación de volver a gobernar para las grandes mayorías. El Congreso mandata disputar el gobierno en 2029 “sobre la base de un partido consolidado”, entendiendo que la organización territorial y la capacidad programática son la base que permite sostener cualquier transformación futura: no un balance de lo ya hecho, sino la declaración de que se quiere abrir el próximo ciclo.

Ningún congreso es relevante por decreto propio. Lo es si lo que resuelve sobrevive a la rutina partidaria, pero sobre todo lo es cuando sus conclusiones se vuelven relevantes y logran orientar el quehacer del partido para construir condiciones que habiliten sus objetivos.

El Primer Congreso del Frente Amplio se cierra con una pregunta abierta sobre lo que viene después de un ciclo de gobierno. La respuesta que da no es de balance, sino de apertura: la convicción de que el Frente Amplio, con el orgullo que mira su historia, puede apostar a más y puede iniciar un nuevo ciclo político hacia transformaciones sustantivas.

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