Por: Luis Ruz Olivares. Cientista Político Pdte. Centro Democracia y Comunidad
El Mostrador. 22 agosto, 2026
A pesar de la incomodidad que provoca este tipo de interpelaciones, es valorable que un expresidente esté dispuesto a señalar sus propios errores en público, sin la protección del poder y sin la comodidad que ofrece el paso de los años.
La presentación de un libro siempre es una invitación para reflexionar, más aún si se trata de un texto acerca de la política chilena post estallido social.
Fue precisamente la presentación del reciente libro del sociólogo Eugenio Tironi que Gabriel Boric eligió para hacer una autocrítica de su paso por La Moneda. Ese martes 11 de agosto, en el Centro Cultural Ceina, el expresidente habló 45 minutos. No dio un discurso. Hizo un balance. Y ese balance lo realizó frente a sus propios exministros y una audiencia diversa.
Lo que ocurrió esa noche fue una demostración del aprendizaje político que implicó ejercer por cuatros años la presidencia de la República. Y, sin duda, es la clave para entender la distancia entre dos Boric: el candidato del 2021 y el expresidente del 2026.
El Boric candidato hablaba en clave de ruptura. “Chile fue la cuna del neoliberalismo, será también su tumba”, señaló con vehemencia. Su horizonte no era administrar el Estado: era hacer un cambio profundo en las estructuras del poder. Ese lenguaje contestatario no era casualidad. Era la gramática propia de un ciclo de impugnación a la transición a la democracia, el del estallido social y todo el proceso de cambio que ebullía en aquellos años. Era la política “del todo o nada”.
Pero el Boric que presentó el libro de Tironi habló distinto. Reconoció con franqueza que “esos signos… no fueron leídos con la ponderación adecuada”. Admitió que el diseño de su primer gabinete privilegió el cuoteo político por sobre el conocimiento del Estado, y asumió con hidalguía: “la responsabilidad de esto es mía”. Llamó “un gran error” a los retiros previsionales que su sector respaldó en oposición. Y en seguridad, la autocrítica es lapidaria: “no fuimos creíbles”.
¿Cómo entender este cambio? ¿Cómo dimensionar al Boric crítico de la obra de la Concertación, al Boric que terminó por reconocerla? Se puede interpretar como una traición ideológica. Sin embargo, parece más bien el realismo que supone asumir el peso institucional de la vida política. Esto no es nuevo y tampoco novedoso.
El estudio de la política lo describe con exactitud: es la transición del outsider “insurgente” al actor de gobierno que internaliza los costos reales del poder. En este encuadre, también es útil la clásica distinción de Weber que distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad frente a los asuntos públicos. El candidato Boric, sin duda, estaba inspirado en una profusa ética de la convicción, pero el expresidente Boric terminó, quizás sin advertirlo, “habitando” la inexorable y concreta ética de la responsabilidad. Esto no es un cuestionamiento, más bien es un reconocimiento a un rasgo de madurez política que habla bien de Gabriel Boric como líder político.
Esta evolución de uno de los principales liderazgos de la nueva izquierda chilena también se puede comprender desde otra perspectiva. Se trata de la tensión entre la tarea de representar y la labor de gobernar. Son las dos caras de la política democrática: representar los anhelos y los sueños de las personas para luego tomar decisiones complejas en los impersonales pasillos del poder. Los liderazgos que sobreviven son los que logran, aunque sea tarde, procesar esa inevitable tensión sin quebrarse.
Por ello, la autocrítica de Boric es exactamente eso: el reconocimiento explícito de que representar el ciclo del estallido y gobernar el Chile post estallido eran dos tareas distintas. Cuando dice, sin ambigüedad, que la izquierda “no puede repetir ahora las mismas prácticas que posteriormente criticó en la derecha”, en referencia a las acusaciones constitucionales, está describiendo, con otras palabras, lo que implica el precio de gobernar.
El pasaje más revelador de esa noche de reflexión fue sobre la seguridad pública. El expresidente lo dijo sin rodeos: la izquierda debe tomar la seguridad “como bandera”, porque “el uso de la fuerza por parte del Estado no solamente es legítima, sino que es necesaria”. Bajo el tamiz de la discusión actual, no es un dato menor.
Frente a los dichos del expresidente, pensando en el presente, pero principalmente en el futuro, las preguntas son obvias: ¿Esta punzante autocrítica hasta dónde es compartida por sus compañeros de ruta? Y ¿En qué se traducirá para esta izquierda joven la experiencia de haber gobernado?
Desde la distancia, ojalá que esta autocrítica permita consolidar una agenda política mayor: asumir la seguridad sin complejos; propiciar una economía pujante, sin abandonar la protección de los derechos sociales; gobernar con equilibrio técnico sin renunciar a la convicción y abandonar toda lógica populista que tanto daño hacen a las democracias.
A pesar de la incomodidad que provoca este tipo de interpelaciones, es valorable que un expresidente esté dispuesto a señalar sus propios errores en público, sin la protección del poder y sin la comodidad que ofrece el paso de los años. Sin duda, es una valiosa autocrítica porque la política sin reflexión y sin ideas se queda sumisa frente al pragmatismo del poder.
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