Por Óscar Contardo – La tercera – 19 de septiembre 2026
Leer y escribir no es algo para lo que nuestros cerebros estén preparados “naturalmente”, sino el resultado de un largo y delicado proceso artificial en el que se ajustan piezas y se cablean áreas de nuestro cerebro que, de no ser por ese aprendizaje, no se relacionarían del mismo modo. El sicólogo cognitivo Steven Pinker lo ilustró de la siguiente manera: “Los niños están cableados para ver y emitir sonidos, pero no para registrar esos sonidos en letras. El de la lectura se trata, por tanto, de un accesorio opcional que debe ser cuidadosamente atornillado”.
Una vez que aprendemos a leer y en la medida en que los años transcurren tendemos a olvidar el tiempo que nos tomó lograrlo, las dificultades que superamos en las primeras etapas y el momento en que juntar palabras se transformó en algo parecido a sumergirse en una realidad muchísimo más interesante que la cotidiana. Esa nueva capacidad no nos hace mejores personas -lo que quiera que eso signifique- ni más inteligentes, ni necesariamente más felices, pero nos da un salvoconducto de pertenencia a una cultura, la capacidad de navegación en una forma de vida que está moldeada desde la lectura y la escritura; en nuestra civilización la idea Libro con mayúsculas está, además, vinculada al poder en sus diferentes dimensiones: libros sagrados, manifiestos ideológicos, tratados de conocimiento.
La posibilidad de leer nos acerca también a algo tan alegremente inútil como la literatura, estableciendo entre el libro y el lector una relación misteriosa con un efecto intrincado en nuestra mente, algo que un joven Marcel Proust describió en un ensayo titulado Sobre la lectura, publicado antes de que el autor cobrara fama con En busca del tiempo perdido. En aquel texto breve de 1905 Proust le responde al crítico de arte inglés John Ruskin, quien describía lo que nos ocurre cuando leemos como algo parecido a sostener una conversación con el autor del texto. El autor francés refutaba esa simplificación reconstruyendo, gracias a su buena memoria, todas las sensaciones, emociones, reflexiones y cavilaciones que experimentaba en su infancia cada vez que se tumbaba a disfrutar de una obra literaria.
Ese proceso complejo, descrito con pormenores y echando mano a todas las frases subordinadas posibles, no podía ser simplemente una conversación simulada con un escritor ausente, sino algo profundamente íntimo que involucraba al lector de un modo definitivo. No era un mero traspaso de información ni un intercambio de ideas. Era un proceso complejo, el resultado de lo que un siglo más tarde sería descrito por la neurociencia como la interacción de zonas del cerebro que de otro modo no se relacionarían.
Es lo que explica que un número acotado de signos -letras, puntos, comas, espacios, guiones- que forman palabras, que ordenadas bajo determinadas reglas, combinadas y dispuestas de la manera apropiada, nos pueda emocionar, asquear, atemorizar, ilusionar, apasionar o hacernos reír hasta cambiarnos la vida. Es decir, para que todo eso ocurra es necesario un aprendizaje y una práctica que exige que confluyan al menos dos factores entrenados con voluntad y disciplina: concentración y memoria.
Los últimos resultados de lectura del programa de evaluación internacional PISA arrojaron un desplome en el rendimiento entre los países de la OCDE. El descenso fue generalizado para los países europeos y latinoamericanos, Chile incluido, y en los distintos niveles socioeconómicos de una medición que se aplica a escolares de 15 años. Las razones para la caída en las competencias de lectura aún no están claramente identificadas, pero en la lista de causas probables aparece la masificación de las nuevas tecnologías de comunicación fácilmente accesibles para niños y niñas: smartphones, tablets y aplicaciones de redes sociales.
Los adolescentes actuales nacieron y se han criado en un mundo en donde nada está hecho para ejercitar ni la concentración ni la memoria. Desde el mantra de consumo que llama a que todo sea “vivir una experiencia” -desde comprar un auto hasta tomar un café-, la idea de acudir a estímulos intensos de manera permanente se repite en discursos de todo tipo -buscar siempre lo nuevo, salir de la zona de confort-, hasta el propósito perpetuo de evitar la experiencia del aburrimiento recurriendo a la interacción con la pantalla del teléfono.
La puesta en marcha hace una década de una tecnología de interacción como el scroll infinito, el deslizamiento de un flujo continuo de “contenidos” breves que permiten pasar de un estímulo al siguiente de manera automática, sin solución de continuidad ni posibilidad de profundizar en un relato, es lo totalmente opuesto a la experiencia de lectura detallada por Proust en su ensayo. El acto de leer es al del scrolling lo que un paseo en bicicleta es a subirse a una montaña rusa. Algo nos indica que pasar horas en una montaña rusa acarreará algún tipo de consecuencias. De un modo similar la masificación de la inteligencia artificial acelerará la extinción del ejercicio de la memoria individual, en adelante externalizada en una aplicación del teléfono.
A cada generación le corresponde un desafío particular, que en muchos casos se ha traducido en el cliché de la necesidad de cambiar el mundo. Lo que les está tocando a los más jóvenes de hoy, sin embargo, es enfrentarse a un mundo que inició una transformación sin consulta previa con rumbo hacia un sitio que aún es una incógnita, una mutación que comenzó justamente con ellos, alojándose en su manera de percibir la realidad, los hechos externos y el modo de relacionarse con el mundo. Los resultados de la prueba PISA en lectura pueden ser considerados un síntoma de ese cambio, y de cómo el cableado cerebral que durante dos milenios expandió en Occidente una forma de civilización está siendo alterado por las nuevas tecnologías en desarrollo.
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